Para tener una despedida como es debido, ésta tiene que ser a pie de un andén contrastando la tranquilidad que produce el silencio que deja el tren minutos después de partir con el torrente de actividad de las últimas 48 horas. El cielo estaba gris y lanzaba gotas gordas y frías de cuando en cuando, de esas que al tocar la piel parecen hielo por la sensación de calor del aire. El solazo y el agobio de la mañana dominical ya avisaban que acabaría lloviendo. Digo bien, lloviendo porque esto era lluvia y no las cuatro gotitas sueltas que nos sacaron del lago al medio día.
Siguiendo a Catha, la noche anterior la pasamos en un club en Münster. Bueno, como todo sábado. Una pena que la música se animase cuando nuestras ganas de ir a dormir se disparaban. La ciudad estaba de festival, y nosotros de vacaciones. Eso quiere decir salchichas, carne a la parrilla y cerveza. Volvían las Becks Lemon, aunque las Becks Lime quieren robarles protagonismo este verano. Porque el verano para mí comenzó en el mismo momento en que alquilamos aquellas pedalinas en el lago.
La noche anterior, a la tocata y fuga en re menor del maestro canario le precedían varios intentos de inventar una historia de miedo. Que finalmente acababa siendo de risa cuando Nicu le llama la atención a Emilio con el mismo tono que Robert De Niro en El Cabo del Miedo diciendo "abogadoooo". Es lo bueno que tiene dormir todos juntos, durante dos noches estábamos de campamento - con las esterillas, colchonetas y sacos de dormir -, para alegría de Nicu que es la más campamentosa de todos. Por fin había un poco de cachondeo después de una sobremesa con debate político en alemán entre Guille y Nicu. Sois la monda. El padre de Catha solo había preguntado por el 15M para amenizar la cena, y entre salchicha y salchicha - rellenas de queso y que estaban de requetechupeten - darnos tiempo a respirar.
Unas horas antes, a eso de las ocho de la tarde pasadas, me plantaba en Greven y salía de su minúscula estación para dar un paseo mientras esperaba a que llegase Guille de Berlín y Catha en coche a recogernos. La alergia me dio un respiro - nunca mejor dicho - para dejarme oler los tilos que traen recuerdos y me persiguen allá donde voy. Hacía calor, mucho calor, camisa arrugada y sudada después de más de doce horas, entre trabajo y viaje. El fin de semana cumplió las expectativas, volver a ver a todos (o casi) los de siempre y alguna gente nueva. Alivio al contar las quejas del trabajo a mis compadres y mentores Bea y Emilio, Nicu y las canciones populares que le alegran el día a cualquiera, Sabrina con su niña y sus planes para el verano, Guille con sus teorías, Katrin presumiendo de novio, Escudero contando como ha sufrido la crisis del pepino español a nivel personal y una Catha excepcional haciendo de anfitriona... ¡Por fin visitamos su pueblecito y vaya si mereció la pena!
Gracias a ti y a tus padres, Catha. Por compartir su casa, jardín y compañía. Ellos sí que son majos. No se con que me quedo; si los pastelitos de Barbara, su madre; su hermano a los mandos de aquel grill el viernes por la noche en el que el carbón parecía de mentira de lo perfectamente bien que ardía con colores gris y naranja; o Helmut explicándonos Münster el sábado. La mesa del desayuno había que verla, con la taza y su platito para café, vasos de zumo, plato de desayuno, cestas de pan - ¡cómo se extraña el pan alemán! -, tabla con mermeladas de jengibre, naranja, fresa, miel, Nutella, mantequilla en mantequillera - tiernita, que no cuesta trabajo cortar -, carnes, salmón ahumado, quesos, café, zumo, yogures... ¡Impresionante! Aquel jardín parecía parte de una película de Disney. Todo ello situado adecuadamente en una mesa, con sus sillas y sus bancos alrededor - por supuesto con cojines - y rodeada por árboles y plantas, sobre un césped húmedo que parecía una alfombra y en el que la perra de los padres de Catha y Emilio ponían las tetillas al fresco, como éste último decía.
PD: ese fin de semana también empecé a leer, después de muchos intentos durante años, el libro que me compré en Barajas el mes pasado. El Asedio de Reverte, me dan ganas de ir a Cádiz.


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