Mostrando entradas con la etiqueta Viajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Viajes. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de enero de 2024

¿¡Pero qué cojones hacé un gallego en el Triángulo de Bernal!?

 


Acababa de enterarme de la muerte de David Bowie. Y aquí estoy, otra vez, en la frescura artificial del aire acondicionado, fumando en esta habitación de hotel. ¿Hotel Castelar esta vez? No, no, no... Castelar fue el primero, el del ascensor... No puedo evitar sonreír de la maravillosa nostalgia que me invade al recordar aquel ascensor. No logro recordar el nombre del hotel, pero ahí estaba yo, cuestionándome la dirección de mi vida, mientras esa mujer que se hace llamar mi puta hablaba en serio, ¡y vaya sobre qué cosas!

Qué placer... sentir la moqueta bajo mis pies descalzos tras la ducha, el aroma de la barra de jabón Dove impregnando el aire de la habitación, siempre y cuando el aroma a sexo condensado lo permita. Eso sí que era perder la cabeza follando, papá. Por la ventana, el zumbido constante del aire acondicionado, con una térmica de 35º C. Incluso el agua de la piscina estaba caliente esta mañana.

Buenos Aires, Enero de 2016.


Supongo que seguirá con su vida, sus cuadros y pinturas, su arquitectura, su supuesta experiencia como higienista dental y con el tal Sebas, manteniendo esa extraña relación entre lo apasionado y lo paternal. Le hablará de sus amantes, manipulándolos cordialmente entre los dos. Una vida de check-ins y check-outs en hoteles por todo el país, desde Rafaela (Santa Fe), pasando por hoteles en Avenida de Mayo y Corrientes, el departamento de "la tía de Neuquén" en Calle Armenia, ahora tengo depa en Bartolomé Mitre al toque del Congreso. También el departamento en Triángulo de Bernal... - ¡Triángulo de Bernal! "¿Pero qué cojones hacé un gallego en el Triángulo de Bernal?" decía Fer cuando arrancábamos de cargar nafta al taxi en la YPF dos cuadras más adelante - ¿Cómo será esa vida? ¿Cómo será vivir entrando y saliendo de otras vidas en días alternos de una semana? Vivir de una maleta, ya sea por un viaje de trabajo, esta semana mudanza a la casa de la hermana, tengo dos horas para merendar en London City, nos cruzamos en un encuentro fugaz en Parque Lezama... verso, verso, todo verso, puro verso gallego. Una vida insostenible, ¡pero que buen viaje le dio a la mía!

Valencia, Septiembre de 2018.

viernes, 29 de diciembre de 2023

Cloro y Lomo

 

No sé cuándo comenzó el día de hoy, quizás ayer lunes a las 9AM en Abu Dhabi (5AM España). Me pasé el día con Hansel poniéndonos al día en un mall, comiendo, hablando, comprando le pañuelo árabe ¡y porque no encontré la túnica! de postre un Balaklava y un té, después paseo, café, tienda de Lego... gigante, con zona para dejar a los niños mientras los padres hacen compras. ¡Al llegar Hansel dice “I’m bringing my kid so he can play for a while, although the does Duplo!" y pienso "How cool would be playing here". Cantidad inmensa de modelos, ciudad, Star Wars, Technic, mesas con piezas... el sueño del Legófilo.

A las 22 me despido de mi equipo belga, con el que llegamos a liderar la carrera en las primeras dos horas para terminar las Gulf 12 Hours en 15 posición general y cuartos en la clase AM para pilotos amateur, gentleman drivers. Me alegro de haber conocido a Gerard, el indio que nos ayudó con la logística y me decía que yo era un ciudadano global, que estábamos en contacto para hacer negocios, le había gustado. ¡Qué buen tipo! El taxista que me lleva al aeropuerto de Nepal, y planea quedarse dos o tres años más antes de ir a Europa, no quiere volver a Nepal. Voy al aeropuerto para volar AUH - IST. Que ocasión de pedir un turkish cafe y fumarse un cigarrillo viendo los aviones despegar desde la terraza de la terminal, enjaulado. Luego IST - VLC llegando a casa las 11:30. Voy a trabajar a la oficina, termino el report y me reúno para comer con Jesús (socio nave), llego a casa, dejo el coche mal aparcado a propósito para obligarme a hacer la bolsa de la piscina. Sin ninguna gana de ir en ese momento, pero movido por la satisfacción prevista que tan bien me sienta y me da super poderes.

Hago algo de gimnasio, con la camiseta del CABJ que me hicieron pagar a polvos y dolores de cabeza en Buenos Aires hace 8 y 7 años. Hoy más flojo que otra cosa, pero cumplí, me esforcé, no hice la siesta para poder agarrar el jetlag esta noche. Me voy a la piscina. Todo el esfuerzo se recompensa cuando llego y veo 3 calles vacías y agua plaat, de plato. Solo una mujer en la cuarta calle. Hasta me doy cuenta de que estoy sonriendo, me ducho y por supuesto que me tiro de cabeza, sin ni siquiera bajarme las gafas de la emoción jajaja me doy cuenta cuando estoy debajo del agua, menos mal que no las perdí. Desde la ducha había visto un grupo de niños de 50cm de alto vigilados (enrebañados por los monitores). En principio pensé que me iban a joder el agua, pero difícilmente iban a ser peores que los mayores del aqua-gym de las mañanas 9:30 10:30 11:30 con las más horribles canciones de los 1999-2000-01, La madre de José, Bisbal, creo que hasta Chayanne he oído, disgusting.

Como estoy cansado noto que nado más despacio y no me canso tanto. Es como si tuviese que sacarme toda la fuerza para poder nadar sin perder el ritmo por ir acelerado. Que bien aguantar despierto a pesar del cansancio, hacer gimnasio y ahora estar en la piscina. ¿cuánto aguantaré? Todavía noto el agua fría... Me cuesta empezar el tercer largo… Lo completo y descanso. Cuando estoy por empezar mi cuarto largo, que no he podido completar en un solo outing, oigo un chapuzón - con las googlees no se ve bien a los lados - se tira, o la tiran a una niña con un churro flotador. Bien, hasta que va palmeando y llega al medio de la calle, ¿y si pierde el churro? Poco a poco van entrando al agua todos, al final cuando salía quedaban los flojos agarrados a la escalera lloriqueando y mirando con cara de pena mientras me duchaba.

Los 10 o 20 largos que me eché esta tarde... con la gritería de los nanos, a uno de ellos lo vi usando los flotadores que delimitan las calles como si fuera un ábaco y pensé en si ese nano acabaría siendo ingeniero en la ESA como Pedro.

En medio de todos estos pensamientos, serían las 17:35 porque entré al agua a las 17:32, siempre me fijo en la hora. Acabo de darme cuenta que la niña se tiró al agua a las 17:33 porque fue el minuto en el que terminé mi tercer largo. Planeaba hacer cuatros largos en el 17:33. Me acuerdo, al terminar mi tercer largo y llegar al final, lamentar no poder hacer 4 para cumplir con el 17:33, ¡pero el objetivo no era completar 4 largos en ese minuto! El objetivo era recorrer el camino en sí, intentarlo para al no poder hacerlo sorprenderme por la niña que saltaba al agua con el churro, antes de adentrarse al medio de la piscina recuerdo verla girarse y hacerles el gesto con el dedo a los compañeros que se tirasen.

Cuando termino el largo en el que había visto al niño matemático del ábaco, en medio de todos estos pensamientos como decía, cuando la experiencia ya parecía completa, encienden las luces y el griterío aumenta ¡como en un concierto! Y otro largo más, y otro, y una niña que se queja porque el agua está helada, y le dices que de verdad que no lo está. Y otro largo, y recuerdo que llevo semanas queriendo escribir una entrada de blog titulada “Cloro y lomo” describiendo el recuerdo que me causa el olor del cloro en la piel después de la piscina de cuando iba al curso de natación a la hora de comer en el colegio con Pablito, y pepito y el otro y Abel y aquel... Y recuerdo comer bocadillo de lomo adobado de la carnicería del barrio, que cerró años antes de que nos cambiásemos de barrio cuando falleció el marido de la pareja que lo regentaba. Me doy cuenta de lo afortunado que soy de poder haber ido a la piscina de pequeño, y lo afortunados que son los niños que están en el agua conmigo. Y pienso, ¿qué clase de energía en forma de recuerdo o viaje en el tiempo estoy recibiendo de este chapuzón con 40 bebés? ¿WTF?

Vuelvo a sentirme como en la cola de seguridad del aeropuerto de Abu Dhabi cuando al ver una mochila abandonada en la cola pienso si sería una bomba, y si de repente todos los que estábamos allí, el indio raro con cara y pestañas de Jack Sparrow con su madre en silla de ruedas, el paki con el sombrero de ensaimada, el negro y el indio senior consultores o ingenieros, la rusa de rosa con oros y uñas a la que solo Dios puede juzgar, las familias europeas, la pareja de estudiantes franceses, los grupos de chinos, más pakis… ¡Qué mezcla que somos carajo! Mira como la señora china vieja le da la risa al verse en la cámara de la barrera del pasaporte como a mi, y al negro gigante de al lado también ¡Qué mezcla somos! Y la música sigue y me siento como en el Rey León con todos los animales caminando hacia la salida del sol… con la música de fondo es como si… ¿y si ya estuviésemos en la cola hacia el cielo? ¿Espera, espera, y si ya estuviésemos en el cielo? ¿Hace cuanto que no pienso así? ¿He podido pensar así alguna vez? ¿Alguna vez antes llegué a alcanzar este estado de paz interior y satisfacción? Sin estrés, sin prisas, sin tener que estar, ni ser, todo bien, en su sitio, resolviendo, ajustando las velas.

Y que mejor plan puedes tener para un martes 12 de diciembre, teniendo la nevera llena y algo en la cuenta, que ir a la piscina con un amigo de 50cm, con el que poder jugar a los Lego también.

 

2023-12-12

Abu Dhabi - Istanbul - València

miércoles, 19 de abril de 2023

Farinaccia


 

Como buen costumbrista que es uno, sigo llevándome algo aprendido de los encuentros casuales, inesperados, pero planeados, con amigos y conocidos en lugares no tan habituales. Sólo me falta recuperar pasarlo a papel y dejar registro de ello.

Ciertamente hay gente con mucho jugo, de la cual aprender, no como referentes ni maestros, ni mucho menos que ellos quieran serlo, sino como meros individuos o exploradores, partícipes de la vida, con una mentalidad, situación e ideales similares a los propios.

Maurizio ha sido desde que lo conocí en 2018 una de estas personas. Es de agradecer encontrar estos “bros”, que pasaron por donde tu pasaste, entendimiento pleno ahorrando explicaciones complejas de situaciones cotidianas molestas que a todos nos afectan… Un buen espejo donde mirarse, donde intercambiar notas de experiencias pasadas y presentes, preocupaciones presentes y futuras, y ver como nuestros iguales resolverían tal o cual circunstancia.

Antes de mandar a la mierda las redes sociales, recuerdo ver asiduamente las fotos y videos de los hongos y hierbas culinarias que Maurizio cultiva en su casa, para sacrificarlas en la cocina. La sangre italiana le hace poner ganas y estilo en la cocina, siempre con algo en mente que probar.

Vaya por delante que no tengo desprecio por la gente atrapada en trabajos por cuenta ajena, lamentablemente la vida es así para la gran mayoría, y ya puede uno considerarse con suerte teniendo un trabajo, sea este mejor o peor.

Confieso, eso sí, que tampoco tengo demasiado aprecio por la gente que no llega a contemplar y planificar el modo de complementar ese trabajo por cuenta ajena en un proyecto personal, así sea un ansiado y lejano sueño de meterse en un negocio propio, por muy difícil de materializar que sea de primeras. Y no hay que cegarse con resultados, pero si hay que ser constante con los esfuerzos y premiar las actitudes para avanzar a pasitos, de poco a poco, ya sea en planificación o ejecución, cada cosa a su debido tiempo, no hay prisa. Se puede cambiar de proyecto las veces que haga falta, lo que hace falta tener, y no tantos tienen, es la motivación, las ganas, la inquietud y la esperanza por progresar y acercarse a ser un individuo sin dependencias directas, ni presiones, ni coacciones de nadie por un cuenco de arroz al que unos llaman nómina y otro sueldo.

Nos pusimos al día, aunque la falta de sueño al final de la semana me dejó el cerebro frito, conduciendo por la ruta de la costa desde Sonoma a San Francisco. Después de cenar con Ale, su mujer, en su apartamento, Maurizio me mostró una de sus ocupaciones, hobbies, proyectos: la farinaccia. Un polvo que elabora el mismo a partir de distintas clases de setas y hongos deshidratados, perfecto para condimentar y saborizar comidas.

-        ¡Epa, que guay! – Dice el subconsciente del que ha tratado de cultivar albahaca, perejil y cilantro, los tres con igual suerte y seco destino.

Me gustó la idea, yo había utilizado setas deshidratadas hace años para una pasta penne con berenjena y queso feta (nos vamos a Marzo 2013 UK). Alguna vez me tiro unas setitas de esas porque el sabor que le dan al plato es otra historia completamente diferente a las setas de plástico del supermercado.

Pero sin quedarnos en la farinaccia, durante el confinamiento Maurizio se hizo su propia mesa de cocina, con tablas de 6 cm de grosor, ruedas, cajón(es?), ranuras para los cuchillos… “y si man, algo tenía que hacer, aprovechando que la dueña del apartamento nos comparte su tallercito donde tiene herramientas”.

Al día siguiente, brunchando en una terraza volvimos a hablar sobre la farinaccia, no en detalle del producto en sí, sino de la función que el proyecto farinaccia tiene para él:

-        Por ahora se lo doy a amigos, como la muestra que te llevas tú, para que me vayan diciendo que les parece y como usan. Lo suyo sería ponerme un carrito los fines de semana en ferias o en zonas con afluencia de público y vender ahí.

Las leyes que en USA regulan la venta ambulante y la ocupación de espacios públicos o privados para puestos de venta callejeros y foodtrucks es infinitamente más amigable, liberal y menos restrictiva que lo que estila en la vieja Europa. No puedo dejar de hacer un comentario a la apestosa España donde el estado te mete mano al bolso antes de prestar ni la primera ayuda en tu emprendimiento. Luego políticos, economistas y tertulianos se rascan la cabeza “España no crece, España no crece”. El puto estado comería a Dios por una pata, y aún se quedaría con hambre. Hasta aquí el comentario anarco-liberal de la entrada.

-        De hecho, el próximo finde quizás vaya a pasar el día con Ale a la playa que visitamos ayer, y allí montemos una mesita o un puestito de algún modo para vender varias mezclas, creo que sería un buen spot, y ya pensábamos ir a pasar el sábado a esa zona de todos modos. Así que hago lo que puedo con lo que tengo.

Tras oírle, sabía que esa frase se quedaría conmigo un tiempo, para reforzar con ella esa actitud con la que uno ha nacido, o le ha crecido en algún momento sin saber muy bien cómo, la actitud de maximizar las oportunidades que tenemos, mirando siempre adelante.

Otro referente, como los mellis y Poche tuneando motos en Buenos Aires, o Facu escribiendo sus libros, Alberto el italiano con su start-up de asistencia psicológica online, Edu con lo que sea que haga con blockchain, Luca con su pizzería en Ghana, Mel con sus casos de oficio en los juzgados, Jose el argentino con su tallercito de soldadura para hacer parrillas, Jesús con sus maderas, armarios, cocinas y proyectos a la carta. 

¡Que guapo ver que sí se puede! ¡Si se pueden tener hobbies productivos que terminen convirtiéndose en una actividad!


lunes, 16 de abril de 2018

Calle Armenia

“Pero vos caminá y dejá que la vida te lleve” dijo con seguridad terminando de secarse el pelo, no recuerdo si con una toalla o con el secador. A continuación, el segundero del reloj que compartía pared con varios cuadros en aquel salón se detenía. No pude no verlo y mi cara de asombro debió de extrañarle. “¿Qué te pasa?” dijo al bajar la toalla sobre sus hombros. Ahora si recuerdo que era una toalla, era yo quien había usado el secador antes. A veces la ausencia de respuesta es en sí una respuesta para el interlocutor. Mi respuesta es cerrar los ojos, extraerme del apartamento y sentir el vértigo al tiempo que la ventana en la que me apoyo se va haciendo cada vez más pequeña, alejándose y añadiéndose a su resplandor el de otras ventanas vecinas, y rápidamente las ventanas de los demás bloques, las luces de bares y coches de la calle Armenia, mezclándose unas con otras, haciéndose todas ellas una masa brillante y más tarde difusa al atravesar la tibia capa de nubes que habían descargado una torrencial lluvia de verano.

Unos seis meses después volvía a ser verano. Posiblemente el último viernes de un Agosto no planeado. Con arena en los pies y de forma casual terminamos en primera fila ante un cuarteto flamenco. Al principio agradable, más que agradable después e hipnotizador dos temas más tarde cuando una estrofa, una sucesión de palabras, de las cuales mi propio ego está convencido no tenían ningún significado especial para las personas que nos rodeaban.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Le Mans, La France

La pequeña población de Le Mans, a dos horas de París, es de sobra conocida para cualquier aficionado al automovilismo.

Desde un café francés que hace esquina, frente a la Gare du Mans, espero la salida del tren a Nantes después de mi tercera visita a Le Mans. Hoy es un lunes que sabe a viernes después de haber estado trabajando los últimos cinco días. Hace sol, calorcito, el cielo está azul, no hay ni una nube y el desayuno a base de zumo de naranja, un pain au chocolate y un cortado confirman que los pequeños placeres son los que hacen de la vida algo maravilloso.


Place du 8 Mai 1945 desde la Gare du Mans.

Mi primer Le Mans, mi primera carrera de 24 horas, era también la primera carrera en la que tenía la oportunidad de trabajar con un equipo de competición profesional. Era Junio de 2012, hace solo tres años aunque parezca una eternidad.

Si un mes antes el Lola LMP2 del equipo no hubiese acabado contra las barreras de protección de Raidillon durante los entrenamientos libres de las 6 horas de Spa, no habría perdido mi virginidad profesional en la carrera de resistencia más dura del mundo.

La semana anterior a la carrera Le Mans se llena de gente. Personal de equipos, prensa, turistas... Todas las tiendas y comercios de la ciudad se engalanan para celebrar el principal evento de la localidad. No hablo sólo de los puestos y tiendas con fotos antiguas, pósters, banderas, memorabiblia varia, gorras y camisetas. También hablo de la charcutería o la óptica que decoran su estantería o escaparate con banderas de cuadros negros y blancos, y figuras de coches de competición. 

Siempre hay demasiadas cosas que preparar de cara al fin de semana, que ya comienza con los entrenamientos diurnos y nocturnos en la jornada del miércoles, como para disfrutar del ambiente local. Pero el jueves, después de las verificaciones técnicas y administrativas en la Place de la Republique, es el único momento de toda la estancia en el que uno puede recoger un saborcito del entorno que lo rodea. Las terrazas abarrotan las calles, los bares se llenan por las noches, pilotos, personal y mecánicos de distintos equipos se encuentran cenando en los restaurantes locales, uno descubre el pastis, las calles se llenan de deportivos de lujo, hace sol, calor, y parece que todo el mundo sonríe.


Legión de aficionados holandeses clamando por Yelmer Buurman.

Las 24 horas de carrera, se convierten en un día de más de 36 horas para los equipos. Sobre las nueve de la mañana comienza la sesión de Warm Up, lo que supone salir de la cama antes de las siete. Recuerdo que aquel año había llovido a cántaros la noche anterior, la pista estaba empapada y lo único que queríamos era mantener el coche en una pieza, como los mecánicos suelen decir "que vuelva con las cuatro ruedas".

A las dos y media de la tarde los coches salen de boxes para colocarse en la parrilla. La salida de la carrera es a las cuatro de la tarde, la ceremonia de salida con las banderas y los himnos de los países de los equipos participantes llenan una hora y media de tensión y emoción. Es un verdadero espectáculo estar en la recta de salida en ese momento, poder ver las gradas llenas, los helicópteros de TV sobrevolando la zona, cámaras y periodistas caminando de un lado a otro para captar declaraciones de pilotos, jefes de equipo y gente relevante, guiños a conocidos deseándoles buena suerte y unos nervios que se intentan calmar bromeando con los compañeros.


Ceremonia de salida.

La noche llega enseguida, y resulta incluso aburrida una vez que tenemos claro que podemos hacer trece vueltas con un tanque de gasolina. A diferencia de los coches de calle, nuestro coche no tenía un sensor de nivel en el depósito, sino en el colector. El colector es un acumulador que se llena continuamente desde el depósito con unas bombas de baja presión, y desde aquí con unas bombas de alta presión se alimentan los inyectores del motor. Con el sensor de nivel del colector sabemos que el depósito está seco porque el nivel del colector disminuye. La capacidad del colector es de unos cinco o seis litros, más que suficiente para cubrir una vuelta en cualquier circuito. El circuito de las 24 horas tiene catorce kilómetros de longitud, y se consumen alrededor de siete litros por vuelta. Por lo tanto, en cualquier circuito es seguro conducir hasta que la alarma del nivel del colector dispara las luces del volante, The Christmas Tree como mi ingeniero solía referirse a ella. Pero en Le Mans se puede dar el caso de que el árbol de Navidad se encienda según has pasado la entrada a boxes, y en ese caso la gasolina restante en el colector no será suficiente para traerte de vuelta.

Estimamos el consumo por vuelta a partir de los pulsos de inyección de la centralita del coche y calculamos la diferencia con respecto al volumen indicado desde el surtidor que se utiliza para repostar. Comenzamos la carrera haciendo stints de doce vueltas, algo que no había sido posible por un motivo u otro durante los entrenamientos y clasificación esa semana, pero que las matemáticas daban como algo seguro. Después de ver que en repetidas ocasiones el volumen de gasolina cargado en cada parada era menor que la capacidad total del depósito, y que la diferencia entre ambos volúmenes era mayor que los siete litros necesarios para completar una vuelta, decidimos probar suerte con las trece vueltas.

Nuestro plan de emergencia, si la alarma se disparaba antes del punto de no retorno - la segunda chicane de la recta Mulsanne -, era decirle al piloto por radio que volviese a boxes conduciendo lo más despacio posible. Fue en la curva de Arnage cuando el colector empezó a vaciarse. Por suerte ahí comenzaba la sección del circuito desde donde recibíamos telemetría, antes de perder la comunicación al entrar en Mulsanne. El minuto y medio, o quizás dos minutos que el coche tardó en llegar a boxes, a pesar de tenerlo todo comprobado una y mil veces, tuvimos que aguantar la respiración. 

Así va pasando la carrera, hasta que el coche se va fuera de pista sobre las cuatro de la mañana. El piloto consigue traerlo a boxes sin el frontal, conduciendo a oscuras - parte del circuito de las 24 horas son normalmente carreteras públicas, con poca iluminación, que se cierran al tráfico para la carrera. Tuvo que bajarse del coche, arrancar las partes rotas de fibra de carbono que colgaban y hacer una inspección visual en el punto donde se salió antes de volver a pista. Cuando el coche entra en el pit lane, la realización de televisión lo muestra en pantalla. Se hacia raro verlo sin frontal, parecía un Batmobile. En cuanto que entra en el garaje, todos los mecánicos se tiran de cabeza a él. Cada uno sabe lo que tiene que hacer y que tiene que comprobar. Suspensiones, líneas de fluido de freno, cableado eléctrico, conductos de refrigeración, sensores de velocidad... Los mensajes por radio se suceden uno tras otro, el piloto sigue dentro del cockpit disculpándose y lamentando lo ocurrido. En menos de quince minutos, que recuerdo como horas, el coche vuelve a pista para engancharse a la cola del tren que lidera el Safety Car mientras los comisarios de pista limpian el aceite de otro accidente.


Mapa del circuito permanente y la extensión para las 24 horas.

Cuando el cielo comienza a clarear por el horizonte, y vas a hacerse un café con una excusa inventada "porque ya se va haciendo de día, y todos los otros cafés que habías tomado antes eran cafés de noche", por un breve lapso de tiempo a uno le invade la sensación de que ya va quedando menos. Pero basta una rápida mirada al reloj para recordar que acabamos de pasar la mitad de la carrera. Unas horas más tarde los familiares de los pilotos, sponsors, periodistas y otros conocidos vuelven a aparecer por el garaje. No los habíamos visto desde el principio de la noche, y su vuelta, con ropa limpia sí nos indica que ya hemos entrado de lleno en la mañana. Poco tiempo después Yelmer, que pilotaba en ese momento, comunica por radio que el coche ha muerto. La carcasa del alternador se rompió al golpear algo, posiblemente un piano, llevándose por delante uno de los cables que alimentaba la batería.


Mural en la estación de tren de Le Mans.

Así terminaron mis primeras 24 horas y termino esta pequeña memoria cuando el tren se aleja de la ciudad en este soleado lunes de finales de septiembre.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Utrecht Centraal

Utrecht Centraal me vio entrar en los Países Bajos hace ya tres años. Un medio día a finales de Diciembre del 2008. Hizo Sol durante las escasas horas que el día duró.

Allí estaba yo, apoyado en una fuente apagada que había junto a unas taquillas que ya no existen. Acababa de llegar de España. Despegué de Madrid a las 6 de la mañana. Había llegado al aeropuerto en un ALSA Valladolid - Barajas, que salía a media noche, escuchando entre otras canciones del maestro Sabina 'Tan joven y tan viejo'. Antes de partir había pasado un par de días en mi piso de estudiantes de Valladolid, - ¡ay mi pisito de estudiantes! Eso da para otra historia... - después de celebrar las Fiestas de Navidad en casa de mis tíos en León. El viaje había sido estudiado y premeditado.

En la estación, en mí estación, medio cansado, medio nervioso, sorprendido por este país, con los trenes amarillos - sí, trenes amarillos -, la apariencia elegante de la gente y cualquier otra cosa que no resultase familiar esperaba a encontrarme con una chica excepcional que había conocido apenas seis meses antes en una locura de viaje estudiantil en Rumanía. De repente esa cara conocida apareció sonriendo entre el tumulto de la estación con mas trafico de pasajeros de Holanda.

Fue como un año más tarde, cuando la misma cara me volvía a encontrar, apoyado en la misma fuente, aunque esta vez no estaba tan radiante. Justo había terminado la universidad y ante mí tenia un oscuro y difícil camino que perseguía el claro objetivo de irme de España. Desde esa misma estación comenzaría el viaje a mi querida Jena, que marcó no se sí mi entrada en la adultez o el inicio de esta inquietud que me persigue desde entones.

Así es que Utrecht Centraal también es la estación de uno de los viajes de mi vida. Creo que fueron 10 horas de trenes, con cambios en Hannover, Gothenburg y otras estaciones que no recuerdo. Mientras hubo luz podía ver las casas nevadas desaparecer de forma fugaz por la ventanilla. Recuerdo esperar emocionado el cambio de frontera, que nos llevo más de dos horas porque la locomotora de la red alemana de trenes estaba averiada. Este retraso rompió todo mi viaje. Desde entonces aseguraba la ruta preguntando en la oficina de información de cada una de las estaciones donde paraba. La actividad en las estaciones de tren de la DB no se puede comparar con el uso del ferrocarril en ningún otro país que yo haya visto. El bullicio de gente subiendo y bajando de unos andenes a otros, cafeterías, librerías, tiendas, panaderías vendiendo bollos y pretzels, todos ellos envueltos en un microclima tropical que te hace olvidar el invierno del centro de Europa que espera de puertas afuera. Una imagen, de esas que se quedan grabadas en la retina como decíamos en Jena, es la ligerísima nube de polvo de nieve que los ICE levantaban al partir.
Antiguo panel de horarios (foto de www.ho0sier.com)

Desde mi regreso a los Países Bajos, Utrecht Centraal me ha visto haciendo transbordos para ir a entrevistas de trabajo, volviendo de un viaje a Copenhague con un pequeño equipo de competición - que fue de algún modo el inicio de mi actual profesión -, haciendo el walk of shame una fría mañana de febrero después de una noche de tonteo con Lisette - una de las becarias de mi trabajo - que comenzó con una cena en Amsterdam y terminó en Utrecht, en la misma estación me reunía meses más tarde con la persona que me puso en el buen camino para llegar a donde hoy me encuentro laboralmente. Como ven, está estación... ¡No! Me corrijo a mi mismo, está fea estación - aunque ahora la están renovando - ha sido un punto de inflexión en varios momentos de mi vida, y me ha regalado otro montón de recuerdos inolvidables.

Como guinda, el fin de semana pasado me despedía de esta ciudad con una doble visita el sábado y el domingo. El primero de los días acompañaba a Bonnie - ¡qué brillo tienen sus clarísimos ojos azules a la luz blanquecina de las farolas de la plaza de la gran torre! - en uno de sus días de descanso entre exámenes. Pasamos el día sin hacer nada especial, que es como mejor se pasan estos días. Dando largos paseos con algunas pausas para entrar en calor en los típicos y marrones cafés holandeses. El domingo volvía a Utrecht con la pandilla de Leiden con plan, de esos que no se ha planeado, pensando únicamente en disfrutar de la compañía con algunas cervezas, un café y un concierto.


Leiden, 22 de Noviembre 2011

lunes, 26 de enero de 2015

Una de taxis en Buenos Aires (y II)

Después de registrarnos, dejar las cosas en nuestras habitaciones y cambiarnos de ropa, nos reencontramos en el vestíbulo del hotel para ir a comer. Justo cuando salíamos hacia un restaurante próximo llegaba el resto del pasaje de nuestro vuelo. Todos juntos en dos autobuses. Un conocido, que viajaba en el mismo vuelo me dice al pasar:

- ¿Y vuestro equipaje?
- Vinimos en taxi. Ya llegamos hace un rato.
- Bien jugado. Yo es la primera carrera de estas a la que vengo. ¡Y si lo se no vengo coño!

La cena en el hotel no era gran cosa. En realidad era bastante malo. Pero con el último medio kilo de carne que había comido en el almuerzo no necesitaba más que la macedonia servida de postre. En la sala que habían habilitado a modo de comedor provisional se podía ver la amargura del pasaje. Nosotros no podíamos quejarnos. Al no tener casi obligaciones en casa, un día más de "vacaciones" a coste cero se agradece. La siesta en la piscina después de comer es algo que recordaré en los próximos tres meses de invierno que me quedan por delante en centro Europa.

Habitación con vistas a la Estación Retiro de Buenos Aires.

Tras la cena, tomando algo en el bar del hotel decidimos repetir la operación taxi para la mañana siguiente.

- Do you want to call your friend and arrange our transportation for tomorrow morning?
- Sure!
- He will make another four hundred pesos and we avoid qeueing for the check in of our luggage.


- Fernando máquina, soy César. El español de esta tarde.
- Sí, dime dime César. Ya pensaba que eras tú por el número de teléfono.
- Mañana por la mañana tenemos que volver al aeropuerto, ¿cómo lo tienes?
- ¿A qué hora?
- Para salir del hotel a las ocho menos cuarto.
- Vale, sin problema. Yo os voy a buscar. Dime el número de tu habitación por si te duermes o pasa algo hago que te llamen.
- 1916.
- Muy bien, pues a las ocho menos cuarto.
- Oye, ¿todavía estás trabajando?
- No que va tío, acabo de llegar a casa.
- Vaya, queríamos salir. Pillaremos otro taxi entonces.
- Si, mejor yo hoy ya he hecho suficiente.
- Vale, gracias.
- Venga hasta mañana.

Al final Jules y yo cogimos un taxi que otros dos huéspedes del hotel habían acabado de dejar. Le dimos nuestro destino: Mandarine Terrazas en Punta Carrasco.

Después de diez minutos hablando de cosas varias del trabajo en el asiento de atrás, nos damos cuenta de que estamos abandonando la zona más cortés de la ciudad. La distancia entre farolas cada vez es más grande. Las aceras de las calles pasan a ser pedruscos y arenales, empiezan a verse coches desguazados aparcados, grupos de gente rebuscando en la basura y el taxi gira a la derecha en una oscura calle desierta.

- Perdona, ¿a dónde vamos?
- Where the fuck are we going?
- Aquí a Punta Carrasco, dónde me han dicho. - responde el taxista con más miedo que nosotros.
- Sí, pero te habíamos dicho a las Terrazas del Mandarine o algo así.
- Mira, esta calle lleva a Punta Carrasco y yo aquí he traído gente a recitales.

El taxi parado en medio de la nada, Jules mirando hacia atrás por la luna trasera mientras el taxista me daba su teléfono móvil para buscar el destino. El lugar era el perfecto para volver al hotel hasta sin calzoncillos. Asumimos que el Mandarine Terrazas estaba cerrado, algo bastante probable en un lunes de verano, así que pedimos que nos llevase a la Plaza Serrano, que ya conocíamos de la noche anterior.

Al esperar en un semáforo para incorporarnos a la venida vi a la derecha la típica casa fantasma de El Cabo del Miedo. El taxista explicó que era un refugio de pescadores, y que en esa zona se había estrellado un avión hace unos diez años cuando se quedó sin pista para aterrizar. Ya en la avenida, dejando Punta Carrasco a nuestras espaldas un avión de LAN pasa a no más de treinta metros de altura sobre nosotros.

Plaza Serrano

Plaza Serrano presenta el mismo ambiente que la noche anterior, aunque quizás haya algo menos de gente. Varios bares y restaurantes situados alrededor de la plaza, cada uno con su terraza. Todas llenas. Buscamos una mesa y la encontramos al lado de otra donde dos chicas hablaban medio inglés y medio español. La primera hora seguimos hablando del trabajo, principalmente de lo caótico del fin de semana. Después les preguntamos a nuestras vecinas si sabían donde ir un lunes de noche. Ellas también estaban de visita. Eran mexicanas, aunque estudiaban en Texas y cruzaban todos los días la frontera para ir a clase. Su pueblo, Laredo, dividido por el Río Bravo era un pueblo fronterizo. Ellas se consideraban mexicanas, pero tenían pasaporte americano porque sus padres las habían nacido al otro lado de la frontera. Por lo que contaban la gente cruzaba libremente de un lado a otro cada día. Una imagen bastante diferente de las imágenes con la que la televisión nos ceba casi a diario. Llevaban cuatro días en Argentina, y antes habían estado en Chile. Decían que Buenos Aires les gustaba, pero Santiago es donde se quedarían si pudiesen. Estaban haciendo un estudio de las diferencias culturales en países de Sur América. Antes de acercarse a Plaza Serrano se habían encontrado inmersas en un espectáculo de percusión que se llama La Bomba del Tiempo. Demasiados melenudos, cerveza y marihuana las hicieron salirse del grupo horrorizadas decían.

Rematamos la noche en otro bar de la plaza. No recuerdo el nombre, pero creo que es el único que tiene una terraza en la azotea y está decorado con cosas dispares, como un retrete, una silla de barbero antigua, una bicicleta y otros. ¡Mojito aquí!

Se me hacía extraño que de todos los trayectos en taxi que teníamos hechos hasta el momento, en las radios de los taxis siempre sonaba música comercial. No esperaba que todos los taxistas estuviesen sintonizados a Radio Tango, pero si escuchar algo de música nacional. Y fue entonces, cuando a las cuatro de la mañana, surcando los badenes de la Avenida Santa Fe comencé a escuchar los primeros acordes de Flaca, de Calamaro. Sin dudarlo pedí que la subiese. Ventanilla abierta, brazo colgando y cantando mano a mano con "el chofer" una de las más grandes canciones del rock latino. ¡Qué despedida me brindaba Buenos Aires!

Imagen de archivo de la Avenida Santa Fe. Fuente: La Nación.

- La verdad es que tiene una voz particular. - decía el taxista cuando la canción terminaba.
- Sí... Que grande es Calamaro.

La mañana siguiente se despertó lluviosa, con gotas frías y plomizas. Todavía se podía sentir algo de bochorno, aunque no tanto como el día anterior. En frente de la puerta del hotel estaba Fernando esperándonos.

- Buenos días César. ¿Saliste ayer?
- Si, salimos.. - me interrumpe.
- ¿Follaste o no follaste?
- No, no follamos pero estuvo bien la noche. Volvimos a Plaza Serrano porque Terrazas estaba cerrado.
- ¿Ah sí? No, pues no me lo esperaba, no - respondía sorprendido.

Saliendo de la ciudad pensaba que de verdad quería aprovechar los últimos minutos con un auténtico personaje local. Salir de fiesta con este tío tiene que ser como visitar una ciudad distinta.

- ¡Ey!, conocimos ayer por la noche a dos chavalas que habían estado en algo que se llama La Bomba del Tiempo, ¿te suena?
- ¡Ay sí hombre! Claro, como no se me ocurrió decírtelo. Perdona.
- No pasa nada, si con tal de salir, nos vale todo. Dijeron que era un espectáculo de percusión o algo así.
- Sí, se celebra en una sala multiusos del gobierno que cada día se llena con una actividad. Música, teatro, conferencias. Los lunes es la Bomba del Tiempo que está buenísimo. De los mejores espectáculos de la ciudad. Pero empieza temprano eh, a las siete u ocho, una cosa así.

- ¿Cuánto tiempo llevas con el taxi?
- Ahora cuatro años. Antes trabajaba en un supermercado y tenía un chofer para el taxi. Hasta que llegó el momento en que ganaba más el chofer que yo.
- Estoy pensando en vender el departamento que tengo ahí al lado de Plaza Serrano y comprar cuatro o cinco coches con el dinero que saque. Ahí si que puedo hacer dinero.

- Oye vi en tu tarjeta que tu nombre de usuario de Skype es Mrloboo. Como el de Pulp Fiction, ¿o qué?
- Sí, me lo hice ya hace un tiempo... Bueno.

Si el viaje del día anterior les había puesto los pelos de punta a mis compañeros ingleses, esta mañana les oíamos suspirar en el asiento de atrás cuando nos incorporábamos a la autopista cruzando dos carriles y con no más de medio metro al coche de delante. La autopista estaba encharcada. El cabrón de Fernando me miraba mientras se reían.

- ¿Qué son? ¿Americanos?
- No, ingleses. Pero tu dale dale, que les gusta - le dije con un guiño.
- Vale bien.
- The worst thing is that most of them are running almost on slick tyres, you know? - oí decir a Rob en el asiento de atrás abrazado a su mochila.

- ¿Y cómo dices que se llama el pueblo ese donde se come tan bien?
- Illas.
- Ese, ese. Me estaba acordando yo ahora de aquella comida.

Choca que mientras uno piensa en cuánto le gustaría quedarse más tiempo en Buenos Aires, alguien de allí se acuerde en una calurosa y húmeda mañana de verano de sus vacaciones en mi tierra.

Al llegar a uno de los peajes que hay en la autopista que conduce al aeropuerto nos situamos detrás de una furgoneta Mercedes Benz blanca. Destartalada. Con cortinas, o cristales tintados no se, pero opaca a cualquier mirón del exterior.

- Este se va a saltar el peaje ahora ya verás.
- ¿Cómo?
- Estos son transportes ilegales. Llevan gente desde la ciudad a las regiones.
- ¿En plan pirata?
- Sí, claro. Piensa que este tío igual hace diez viajes de ida y diez de vuelta en el día de hoy. Si no paga los cuarenta o cuarenta y dos pesos a la ida y a la vuelta, mira tú lo que se ahora.

Al momento la furgoneta sale pegada al coche que la precedía. La barrera tiene algún tipo de mecanismo elástico de tal forma que vence la fuerza del vehículo y se abre en posición horizontal. Lo ví bien cuando nosotros hicimos lo mismo detrás de la furgoneta. Las caras de Rob, Lofty y Jules eran un poema.

- ¿Se ha saltado el peaje? Esto es increíble - decían entre carcajada y carcajada.
- ¿Se piensan que yo me lo salté también?
- Sí - contesté entre risas.
- No, no. Yo no me lo salté. A mi me cobran por la placa. - explicaba mirándolos por el retrovisor - Díselo tú anda.

Igualmente, ver la barrera golpear la luna del taxi y pensar que nos habíamos saltado el peaje era mejor que la verdadera historia.

- Claro que estas furgonetas no tienen seguro ni nada. Si les pasa algo los ocupantes no están cubiertos.
- También hay furgonetas así en Europa llevando gente de los países del este al centro. Y en España, me acuerdo de ver este tipo de furgoneta blanca con cortinas en la frontera con Francia, en Irún. ¿Pero no les para la policía por saltarse el peaje?
- ¿La policía? La policía aquí está comprada. Mira, esta otra sí es una furgoneta que se dedica a lo mismo pero es legal - me señalaba otra furgoneta más moderna, bien cuidad y rotulada con el nombre de una compañía de transportes.
- ¿Y por qué el dueño de esta compañía de transportes no paga a alguien para extorsionar a la furgoneta pirata?
- No lo dudes. Pero si no lo hace es porque el de esta otra furgoneta conoce a alguien más artero todavía.

Como toda historia, mi visita a Buenos Aires también tiene su final. Y termina el la misma puerta de la terminal donde el día anterior cargábamos nuestro equipaje al taxi.

- Buenos espero que se puedan ir hoy.
- La verdad que preferiríamos quedarnos. ¿Son trescientos cincuenta otra vez?
- Sí.
- Alright mate. One, two, three and four. It´s fine. - Rob contaba los billetes de cien pesos según los entregaba.
- Thank you. Gracias. Bueno César, cuídense. Que les vaya bien.
- Igualmente Fernando. Si vuelves por Asturias avisas. - Le dije dándole mi tarjeta.
- Mirar que no os dejéis nada en el auto.
- Cuando vuelva a Buenos Aires ya tengo taxi, ¿no?
- Si claro, no lo "dudés".

- Guys have a good trip! - gritaba a Jules y Lofty levantando la mano mientras se subía al taxi.

Volvieron a retrasar el vuelo ese día, aunque solo por unas horas durante las cuales Jules y yo mantuvimos la esperanza de tener otra noche en Buenos Aires. Y esta vez sí habríamos llamado a Mr Lobo para salir.


sábado, 17 de enero de 2015

Una de taxis en Buenos Aires (I)

La reciente visita a Buenos Aires, por motivos de trabajo, no me podría haber dejado mejor sabor de boca. Se que volveré. Volveré por la gente, por encontrarte inmerso en pleno verano tras unas horas de avión, por la comida, por descubrir una ciudad inmensa que en sus tiempos hacía sombra a cualquier otra capital del mundo. No he tenido ocasión de caminar por el centro, pero lo que he visto desde los taxis son cantidad de avenidas de seis y ocho carriles. Edificios enormes, que te hacen sentir igual de insignificante que los del centro de Londres.



Cuando en los mostradores de facturación nos avisaron de que nuestro vuelo podría retrasarse debido a un fallo técnico, mis compañeros y yo debimos de ser los únicos de todo el pasaje en alegrarnos por tener unas horas extra en la ciudad. Después de un par de horas de espera nos confirman que efectivamente el vuelo se cancela hasta el día siguiente. Nos alojaremos en un hotel del centro a gastos pagados. 

Para evitar la espera por el autobús que trasladaría a todo el pasaje hasta el hotel, decidimos coger un taxi. Así seríamos los primeros en llegar al hotel y evitando la interminable cola mientras todos los pasajeros se registran.

Como yo era el único que podía hablar con la gente local, al salir de la terminal con los mismos bultos que habíamos entrado horas antes, me encomiendan la misión de encontrar un taxi que nos lleve al hotel.

En la melé de coches, pasajeros, maletas y carritos encontré un monovolumen Volkswagen, que estoy seguro no se vende en Europa, perfecto para llevar todo nuestro equipaje al centro de Buenos Aires.

- ¿Está libre?
- Si, un momento - me responde el taxista al tiempo que acaba de hablar con otra persona que se bajaba de una camioneta blanca. Una de estas mastodónticas Ford o Dodge que ahora están de moda entre raperos y narcotraficantes. - súbete, súbete.

Me acomodo en el asiento de acompañante, retirando antes las RayBan que se allí se encontraban. Al momento el taxista se sube al coche. Mientras le explico que mis compañeros esperan en la última puerta de la terminal para ser recogidos y dirigirnos al Hotel Sheraton Retiro, un hombre golpea la ventanilla del conductor con violencia. Ventanilla que estaba apuntalada con pinzas de la ropa para que no se caiga, igual que la de la puerta del acompañante.

- ¿Pero que coño te pasa? ¿Estás mal de la cabeza boludo?

Sinceramente yo no recuerdo que el otro hombre respondiese a ninguna de las preguntas con palabras, solo golpeaba el taxi.

- ¿Qué me estás diciendo de como manejo yo? A ver si me bajo y te parto la cabeza.

Hicimos un par de intentos de arrancar e incorporarnos al carril que recorre el frente de la terminal para dejar y recoger pasajeros. Pero los coches no paraban de pasar uno tras otro, y el tipo de fuera volvía a dar golpes en el taxi. La última vez el taxista se bajó, y si recuerdo haber oído al hombre de fuera decir algo.

- Mira mejor vete de aquí por tu familia.
-¿Pero me estás amenazando tarado? Flaco estás muy mal eh. - gritó el taxista al tiempo que abría la puerta y le pegaba un manotazo al hombre de fuera.

Yo solo pensaba que era una pena que yo fuese el único de mis compañeros que estaba viendo lo bien que empezaba nuestro día extra en Buenos Aires. Después de unos cuantos mano-puñetazos entre ambos una señora mayor, que yo entendí ser la madre del otro hombre, intervino entre los dos diciendole al taxista "marchate, marchate ya" (no, no lleva tilde).

Taxi porteño VW.

Cuando el taxista vuelve a subirse al coche y finalmente rodamos metidos en el tráfico, todavía duda si volver a pararse cuando el hombre de fuera grita algo. Yo le digo "venga déjalo hombre, si tiene cara de deficiente mental".

- Sí, sí que la tiene. Es verdad. - me dice golpeándome con el codo de su brazo tatuado después de meter segunda. - Nada, un loco que aparcó su camioneta al lado del taxi y le dije "oye tío, mueve el auto que no puedo salir".
- Toma - le paso las gafas de sol que había encontrado en el asiento -, no merece la pena ni pararse...
- Gracias.
- Mira tenemos que recoger a mis compañeros en la última puerta y luego nos vamos al Sheraton del centro.
- ¿Qué Sheraton? Hay dos. Está el de Retiro y el de Libertador.
- Pues no se, ahora lo miramos con mi jefe. Párate aquí que voy a buscarlos.

Cuando llego a mis compañeros, les digo que ya antes de salir he visto una medio pelea entre el taxista y otro conductor. ¡La cosa promete!

Jules, el mecánico jefe del equipo, me pregunta si éste es nuestro taxista cuando él viene a recoger su maleta. Al decirle que sí empieza a reírse y responde "he doesn´t care, you can tell just by the way he walks".

El taxista carga las maletas y nos pide la dirección del hotel, que resulta ser el de Retiro, como bien tenía apuntado Rob. Cuando estamos saliendo de la terminal, el sol vuelve a darle de lleno al coche y oigo a Rob, el jefe del equipo, decir que éste iba a ser un viaje entretenido. Jules y Lofty, primer mecánico de uno de nuestros coches, sonríen y asienten con la cabeza. A los británicos siempre les llama la atención el poco respeto al volante de españoles, portugueses e italianos. Los argentinos todavía van más allá.

Antes de abandonar el aeropuerto ya habíamos adelantado un coche por el interior, en una curva a derechas, de la que nos acercábamos a la fila para pagar el tránsito por el parking del aeropuerto.

El precio del trayecto, de una media hora, estaba apalabrado en 350 pesos argentinos. Después de ver el calibre de taxista que nos había tocado no podía menos que empezar a tirarle de la lengua como hago cada vez que me encuentro un taxista hablador.

- Pues nos cancelaron el vuelo y no nos vamos hasta mañana.
- ¡Vaya!
- La verdad es que estamos encantados porque veníamos a trabajar y así podemos aprovechar otro día por aquí. Yo de lo poco que he visto, me encanta. ¿Oye algún sitio para salir esta noche? ¿Un boliche como decís vosotros?
- Sí, a ver... Está el Terrazas, que se llena de gente. El Faena, que se pone buenísimo también. Es la discoteca de un hotel y se llena todos los días. Y luego tienes el Tequila pero creo que no abre el lunes, tienes que preguntar. Es que en esta época del año, la gente está de vacaciones en la playa. Es como si tú en Agosto vas en España a Granada, ¿quién hay? Nadie, están todos en Marbella.
- Bueno ayer salimos en la zona de Plaza Serrano, en Palermo y acabamos en una discoteca llena de gente. El Kika se llamaba, que de hecho el taxista que nos llevó al hotel nos dijo que los domingos ese sitio está lleno de putas.
- No tío, no. Qué va. ¿El Kika? ¡Si yo vivo a cuatro calles de allí! A ver el Kika es un bolichón, con minas muy putas pero no son putas.
- Bueno, no se. Eso es lo que nos dijeron ayer al volver al hotel.
- No hombre, es que las argentinas son muy putas pero en el Kika no hay putas. A lo mejor alguna... ¡Pero es que la gente tiene que comer tío! Cada uno se gana la vida como puede.

- ¿Cuánto tiempo habéis pasado aquí?
- Nada, llegamos el jueves y nos íbamos hoy.
- ¿De dónde eres tú?
- Español.
- Si, ¿pero dónde en España?
- De Asturias.
- ¿Asturias? ¡Que bueno! Conozco Asturias, he estado allí. ¿De dónde?
- De un pueblo cerca de Oviedo.
- ¿Cuál? ¿Cómo se llama?
- ¿Pola de Siero?
- Si, ¡he estado en tu pueblo tío! Con el bar ese gasolinera. - se reía. A estas alturas ya habíamos cambiado de carrir unas ocho o nueve veces aprovechando los huecos que van quedando en los carriles de la derecha y de la izquierda.
- ¿No jodas?
- Sí, sí. Y he estado en Candás, en Luanco, en Oviedo claro, en Avilés, en Gijón... ¡Hostia! ¡Las pibas de Gijón! ¡Son unas putas tío! ¡Pero es que son putísimas! - grita echandose una mano a la cabeza. - Solo les falta el lazo y el papel de regalo. Me acuerdo que las noches que salimos acabamos follando todos. Como se sale siempre por los mismos bares, la misma zona, vas cruzándolas y viéndolas a todas varias veces en la misma noche. Y al final de la noche siempre hay alguna que cae.
- ¿Tú sabes que en España decimos que los argentinos nos quitan a las tías?
- No, pero viste que solo con decirlas dos tonterías ya son tuyas.
- Un argentino que va a España a pillar lo tiene fácil.
- Yo la verdad es que les robaba besos a todas.
- ¿Y qué hacías en Asturias?
- De visita. Estuve tres o cuatro meses viajando por España. Tengo un amigo que labura en Pajares de instructor. También fuimos a otro pueblo que está entre Gijón y Avilés.
- ¿Candás?
- No, no es Candás.
-¿Luanco? - pensé que se estaba liando con la costa asturiana, pero no.
- No, no. Por el interior. Se va por una carretera por la montaña. Para comer...
- ¿Tazones?¿Lastres?
- No, ¡que va! Lastres está allá del lado de la playa esa. Yo te digo un pueblo que vas a comer. Llegas al bar y dice "Hoy para comer: lo de todos los días."
- ¡Hostia! Ya se dónde es. No me digas que has estado ahí jajajajaja que buena colega. ¡No me lo puedo creer! Que de primero hay pote, luego cordero, luego fabada, luego filetes empanados... - habíamos llegado a tal punto de excitación en la conversación que Rob, Jules y Lofty miraban como en la fila de delante hablábamos cada vez más alto con alguna carcajada y aplausos. Me doy cuenta de oír a Rob decir algo sobre como suenan el Español y el Portugués a Jules y Lofty.
- ¡Si tío! Que te ponen siete platos o una monstruosidad así. Lo lleva un hombre mayor además, ¿no? Y su señora creo. Que me dijo que si lo terminaba todo no tenía que pagar. Y total para nada porque me cogí un panzón y no pude acabarlo, ¿viste?
- Illas, ese sitio se llama Illas. Yo fui una vez con mis padres y mis tíos. Pero ni siquiera lo conoce mucha gente de Asturias.
- ¿Pues ves cómo estuve en Asturias? Joder, ahora que me acuerdo de la comida esa. Pues sí, ahí era.  - me confesaba mientras apurábamos una frenada para meter el coche en uno de los huecos de las colas del peaje.

Después del peaje cambiamos de continente y toca hablar de Argentina.

- ¿Y cómo se vive aquí?
- Jodido. Muy jodido. La inflación nos amarga la vida. Esto - apuntando a su cajetilla de tabaco - un día te cuesta ocho, al día siguiente trece, al siguiente veintiuno y luego vuelve a costar ocho, Además no nos dejan cambiar más de cuatrocientos pesos a dólares.
- ¿Los precios en dólares no cambian?
- No claro, lo bueno sería tener siempre dólares porque entonces los precios serían constantes.
- ¿Cuánto son cuatrocientos dólares en pesos?
- Pues son unos cuatro mil pesos, que viene a ser un sueldo normalito. La gasolina está al doble que cuando yo estuve en España y los sueldos son más pequeños. Cuatro mil pesos, cuatrocientos dólares o trescientos y poco euros, como quieras.
- Nos han dicho que tengamos cuidado al salir a la calle por la inseguridad y todo eso...
- Con la necesidad que hay la gente hace de todo para vivir. Está el taxi que tiene el metro trucado para cobrar de más, el que te roba cuando sales del banco, los que roban a los turistas, las putas...
- Yo no he visto nada fuera de lo normal. Alguna gente durmiendo en la calle, pero igual que se ve en Madrid o Londres. Y sí que he visto gente tomando algo en las terrazas por la noche. En ese sentido me parece todo más tranquilo de lo que nos habían advertido.
- Si, pero no te confíes. Allá a la zona donde van ustedes por la noche les va a salir caro porque necesitan taxi.
- ¿Qué está en zona mala?
- A la parte de atrás de la estación está la villa. Llena de drogadictos. Yonkis. Pero no yonkis como los yonkis de España que dan risa. Yonkis agresivos, que están del crack. Porque en España son yonkis de heroína y eso los atonta. Pero aquí los yonkis están de fumar crack y eso los pone agresivos, ¿sabés?

Se lo traduzco a mis compañeros que van en el asiento de atrás, hasta ahora cuchicheando y suspirando cada vez que cambiábamos de carril o tomábamos un desvío. El taxista se lo cuenta con una traducción más que aceptable, usando expresiones literales, mirándolos por el retrovisor.

- What´s the WIFI password? - pregunta Jules desde el asiento de atrás.
- ¿Tienes WIFI en el taxi?
- Sí, ¿viste? Si total es una tontería porque el propio aparatito lo tiene incorporado. Tú con que tengas tarifa de datos ya está.
- ¡Qué guay! Eso no lo he visto en ningún otro taxi.
- Pues ya ves, aquí cuidamos al cliente.

- ¿Y cómo se llegó a esta situación? Porque hace cincuenta años Argentina era uno de los países punteros del mundo.
- Pues se llegó con ladrones. Cada gobierno que hemos tenido aquí ha robado más que el anterior. Éstos que están ahora han sido los que más han robado de todos. La mina esta, Cristina, y su marido antes han saqueado el país con contratos para sus amigos y sus empresas. Además tiene comprados varios medios de televisión, periódicos, radios, ¿viste? Para tener a la gente controlada en lo que saben, y entretenida, y contarles mentiras porque son gobiernos de estos como Fidel Castro, Hugo Chávez y todos estos.
- Sí, populistas. Qué pena, con lo que ha tenido que ser Argentina hace cien años, con gente llegando de España, Alemania, Italia...
- Mi madre es de ascendencia polaca y mi papá era de Granada.
- ¿La gente no se da cuenta?
- ¿La gente? El sesenta por ciento de la población de Argentina es analfabeta tío. Tú al campesino le das un subsidio y tienes su voto. Tú al negro le das una ayuda mensual y tienes su voto. Y así estamos, que el cuarenta por ciento de la gente nunca podemos ganar al sesenta por ciento al que le compran los votos.
- Joder. Yo tengo familiares aquí en Argentina y mis tíos han venido a visitarlos en los años sesenta y setenta. Me contaba mi tío que la primera vez que vinieron se vivía mejor que en España, y que a nuestros familiares les iba bien aquí con negocios y eso. Pero que la segunda vez que vinieron, solo algunos años después, estaban arruinados y el país había perdido todo el esplendor que tenía.
- Así es, la historia de tantos y tantos.
- ¿Pero y todos los coches de lujo que se ven?
- ¿Cuáles?
- Mira ahí va un Audi, ahí va un Mercedes nuevo, otro todo terreno... No hay tantos como en España, pero aún así.
- ¿Esos? La mayoría traficantes de droga. Bueno no, narcotraficantes. Los vas a ver cuando vayas al boliche esta noche porque ahora en verano la gente de dinero de bien se van a la playa. A Punta del Este o a Brasil. Buenos Aires al tener puerto, como todas las ciudades con puerto, tiene el negocio de la droga dentro, muy dentro. Tu piensa que aquí un kilo de coca te cuesta dos mil euros y allá en Europa lo "comprás" por cincuenta mil. Así están las cárceles argentinas llenas de italianos y españoles que intentaron hacerse ricos.

Teníamos que sacar dinero en un cajero para pagar la carrera, así que empezamos la búsqueda desde el taxi para ver donde parar. Esto me recordó lo difícil que había sido encontrar un cajero con dinero la noche anterior.

- Oye ahora que vamos al cajero. ¿Qué pasa aquí con los cajeros? ¿Por qué no tienen dinero? Ayer tuve que probar hasta cuatro.
- Sí, es que era fin de semana y la gente no lleva dinero encima por seguridad. Sacan el dinero que necesitan cada día, cuando lo necesitan y ya está.
- Joder, otra vez con la seguridad. ¿A ti te han atracado alguna vez? Como viandante, no en el taxi.
- No, aunque lo han intentado unas cuantas pero siempre tuve suerte.
- ¿Y en el taxi?
- Si, una. - Tras un silencio continúa la frase casi susurrando mientras se escapa de un semáforo antes de que cambie de rojo a verde - Me dejaron la cara rota... vaya hostias me dieron.
- Entonces si te van a robar, ¿ es mejor dárselo todo por delante?
- Claro, porque aquí todos los robos son con violencia y la mayoría con pistola. Y total para robar nada porque la gente no tiene dinero ni para que la roben.
- Ya.
- Seguro que tú te acuerdas de que hace tres o cuatro años, vinieron una pareja de españoles a viajar por el país. Como si vienes tú y tu novia. Alquilaron un auto, viajaron por el país y ya venían a Buenos Aires a pasar aquí los últimos días antes de irse. Cuando llegaban a Buenos Aires, se equivocaron de salir. En vez de tomar la salida para Puerto Madero - zona en que se encontraba el hotel donde habíamos pasado las últimas noches -, tomaron la salida primera. Cuando el coche se detuvo en un semáforo los tirotearon. ¡Imagínate eh! Aquí como estamos tu y yo ahora con los cinturones puestos. ¡Pum pum pum pum! - apuntaba hacia delante con la mano en forma de pistola - A él no le pasó nada, pero a la novia se la mataron. Y así lo dijo "es que han matado a mi novia, me la mataron...". Imagínate tío.

Por fin encontramos un banco. Cuando nos bajamos todos los "guiris" del coche pienso que somos presa fácil mientras sigo pensando en la historia que acabo de oír. Me tranquilizó ver al taxista echando un cigarro sentado en el capó del coche al terminar de sacar el dinero.

Desde aquí estábamos a cinco minutos del hotel. En la siguiente avenida - Avenida del Libertador - me explica que detrás de la estación inmensa que se ve a la izquierda es donde se encuentra la villa. Y que de salir por la noche, lo hagamos en taxi y en dirección contraria a donde nos encontramos ahora.

Plaza Canadá y Estación del Retiro detrás. A la derecha se puede ver "la villa".

En el hotel descargamos las maletas y Rob me pide que pregunte por un recibo para declarar el viaje en taxi como un gasto de trabajo.

- No te lo voy a rellenar, te voy a dar dos recibos en blanco para que los rellenéis con lo que queráis.
- ¡Ah! Gracias.

Rob me pregunta si le dejaremos una propina y le entrega cuatrocientos pesos.

- ¿Fernando es tu nombre? - como indica en la tarjeta que nos acaba de dar el taxista para que lo llamemos si algún día volvemos a Buenos Aires y necesitamos algo.
- Sí señor, ¿y tú?
- César.
- Pues encantado César. Muchas gracias.
- A ti.
- Buena suerte y cuídense.


Mientras esperábamos para hacer el registro en el hotel, mis compañeros no dejaban de repetir una y otra vez "no hemos estado a más de un palmo de distancia del coche de al lado en todo el viaje".

sábado, 8 de octubre de 2011

Una escapada de la rutina

Hace un par de semanas tuve una entrevista en el Reino Unido, en un pueblecito cerca de Oxford. Fue un día duro de verdad. Para empezar bien la historia, me dormí por la mañana. El embarque del vuelo se cerraba a las 8.10 y me desperté a las 7.25 a pesar de poner no uno, sino dos despertadores para las 6.30. No entiendo que pasó la verdad...

La mañana empezaba corriendo por la habitación, revoloteando, metiendo cosas en una maleta - la camisa para la entrevista la quería llevar en la maleta y cambiarme de ropa justo antes de la entrevista - y diciendo todo el tiempo "no, no, no, no, hostia, hostia, hostia...". Incluso me acuerdo que en un momento estaba buscando la cartera, el móvil, las tarjetas de embarque - que había dejado dentro de la maleta ya preparado la noche anterior - y me estaba diciendo a mi mismo en voz alta "¡¡¡¡joder, ¿dónde está todo??!!!". Ni siquiera me puse reloj, ni cinturón para no perder tiempo quitándomelo en el control del aeropuerto. Ni me até los zapatos para salir de casa. Imaginaros la velocidad a la que salí. Después, carrerón en bici a la estación con la maleta en una mano. Ni aparqué la bici en el parking ni nada, la dejé al lao de la puerta aún a riesgo de que los servicios del ayuntamiento la llevasen al depósito por dejarla en su sitio prohibido. Pillé el tren a las 7.45, todavía quitándome las lagañas y sin comprar billete porque simplemente no tenía tiempo. Llegué a Schiphol a las 8 en punto,  al sonido de las puertas del tren se sucedía el de mis zapatos - ya atados - corriendo por el andén en dirección a salidas. Cola en el control de pasaportes, nervios, sudada de campeón y finalmente esperar 10 minutos para embarcar porque el vuelo venía retrasado de Londres. Cuando me subí al avión me parecía llevar tres horas despierto. Dato: de la cama al avión en 45 minutos.

Había reservado un coche de alquiler, pero no reservé el GPS suponiendo que se podía pedir sobre la marcha. El hombre de Europcar me dice que pueden darme un coche con GPS, un Mercedes clase E. Me pareció demasiado coche teniendo en cuenta que era la primera vez que conducía por la izquierda y que el seguro de ese coche iba a ser mucho más caro que el del coche de tamaño normal que había reservado. Finalmente cogí el Seat León que me habían asignado. Tenía apuntada la dirección a donde debía dirigirme, pero necesitaba un GPS. Decidí echar a andar con la esperanza de encontrar alguna gasolinera o tienda donde poder comprar uno. Después de dar vueltas durante una hora y media y preguntar unas cuantas veces, sorprendentemente volví a llegar al aeropuerto. Ya que estaba allí de nuevo, aparqué el coche en el parking de corta estancia, tomé el autobús hasta la terminal y fui a buscar la típica tienda de electrónica, iPods y cámaras de fotos que tiene cualquier aeropuerto que se precie. Pues no, London Luton solo tiene esa tienda en el área de salidas. El chico de información me indicó como llegar a un Halfords conduciendo en tres minutos. Me llevó más de media hora dar con él, y tuve que preguntar tres veces. Las explicaciones de la gente las entendía, pero la periferia de las ciudades inglesas, mezclando polígonos, casas y calles en obras es un laberinto. Por fin, a las 11.15 tenía un GPS pegado en el cristal del coche - la entrevista era a las 11.30. Ya les había dicho que como tenía que volar desde los Países Bajos podría ser que llegase un poco tarde porque bueno, con los vuelos y estas cosas nunca se sabe. Así que los llamé y les dije que estaba ahora en el aeropuerto y mi GPS indicaba 1 hora y 27 minutos. Me dijeron que no había problema, que me esperaban sobre la una.

Del viaje no se que decir. Según saqué el coche del parking me dio una sensación muy rara. Meter tercera con la mano izquierda es muy raro, y cambiar de marchas en las rotondas rarísimo porque agarrar el volante solo con la mano derecha no tienes sensación de seguridad en el brazo. Otro detalle de las rotondas es que al entrar hay que mirar a la derecha y no a la izquierda. Así fue como casi me afeitan el morro del coche cuatro o cinco veces, de hecho en 3 ocasiones frené porque me pitaron. Lo mismo al salir de los cruces, siempre miras a la izquierda a ver si viene alguien y como no ves a nadie sacas más el morro y en eso oyes PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII por tu derecha. Perdí la cuenta de los llantazos que pegué con la rueda izquierda. ¡Otro detalle! Carril cortado en una vía de doble sentido porque estaban segando el arcén. Me paro yo el primero delante del semáforo mientras vienen los coches en dirección contraria. Se pone el semáforo en verde, agarro la palanca, la empujo hacia adelante a la izquierda para meter primera y el coche arranca hacia atrás. Menos mal que el coche que tenía detrás había dejado espacio. Mantenerse en el lado izquierdo no es difícil siempre que haya otro coche delante de ti, aunque en la salida de algún cruce tuve dudas.

En el viaje de vuelta casi me duermo en la autopista. Yo iba en el carril derecho, el de los rápidos, e íbamos en caravana en una zona con obras a 50 millas por hora durante 30 Kms. Vas ahí embotellado que solo tienes coches delante, detrás y a los lados, el calorcito del Sol dentro del coche, la música tranquilita... Y el coche empezó a irse a la izquierda - cuando ya normalmente uno conduce con una tendencia a irse a la izquierda -, cerrando a quien circulase por ese carril (el de los lentos) y eso oigo MUUUUUUUUUUUUUUAAAC MUUUUUUUUUUAAAC. ¡Pegué un salto! Y ya bajé la ventanilla y empecé a adelantar cuando había hueco tanto en el carril derecho como el izquierdo, porque si seguía así me dormía. Espero que no me llegue ninguna multa. Al tomar la salida para el aeropuerto el  mismo camión me adelantaba y aprovechaba la ocasión para despedirse con otro bocinazo.

Al vuelo de vuelta llegué sin problemas, pero cuando salía de la estación de tren en Leiden descubría que los servicios de ayuntamiento había retirado mi bici de donde la dejé. Terminaba la jornada caminando a casa con la maleta en la mano y pensando en ir al día siguiente al depósito y pagar 27 euros para recuperar la bicicleta.

Cada vez que conduzco o me subo a un coche en otro país y empiezo a enredar con la radio encuentro toda la música y las emisoras de radio muy extrañas. Me pasaba en Alemania, me pasó en los Países Bajos y más de lo mismo en este viaje relámpago de un día en Inglaterra. Me acuerdo de escuchar Someone like you de Adele de camino a la entrevista manejando las rotondas en sentido horario.