domingo, 11 de octubre de 2015

Un pueblo tranquilo

El pueblo donde nunca pasa nada. El mayor problema del día puede ser que el periódico esté ocupado cuando llego a la cafetería. ¿Existe la vida sin preocupaciones?

Los abuelitos descansan a la sombra en los bancos del parque, que en algunos rincones aún huele a primavera a pesar de que el calendario dicta ya el final del verano. Se citan cada mañana, con sus bastones y sombreros, para hablar los unos con los otros. De qué, lo desconozco. Llevan años viéndose y supongo que contándose las mismas cosas. El silencio se rompe de vez en cuando por el sonido del agua de la fuente o por el paso de algún coche. Las doce campanadas del reloj del ayuntamiento abren la veda del vermú.

Un compañero del colegio, que no había visto desde hace al menos diez años, me cuenta que está de vacaciones. Hoy no tiene más ocupación que ir a buscar a Lidia, su hija de cuatro años, a la salida del colegio.

A veces me creo que podría vivir en un pueblo tranquilo, sin prisas, sin preocupaciones y sin agobios, sabiendo dónde encontrar todo lo que necesito. Aunque a ratos necesitaría salir de la asfixiante quietud para tomar aire más allá. En última instancia preferimos la emoción y el desastre al aburrimiento y la seguridad.

Septiembre 2013

miércoles, 7 de octubre de 2015

Cuarto de baño

Una vez me contó cómo la mañana en que utilizó mi ducha por primera vez, pensó como sería si pudiese utilizar esa misma ducha durante todos los días de su vida. Rodeado de un pequeño cáos de botes de champús, geles, cremas exfoliantes y aceites hidratantes, algunos de ellos vacíos desde hacía tiempo. Hubiera dejado su vida confinada en ese metro cuadrado de pequeños azulejitos, circulares, azules y encharcados. Antes de terminar su primera ducha en mi ducha, con gel y champú ajenos, de esos que te extrañan durante todo el día al olerte a ti misma, ya añoraba no poder poseer un trocito de mi espacio vital, de mi apartamento, de mi vida. 

Era un soleado día de finales de Septiembre, en el que le despedí a la puerta de casa, ataviada todavía con mi albornoz y bebiendo a pequeños sorbitos mi taza de té. Él se dirigía al trabajo con una sonrisa de estúpido atontado, no sé si por tener que seguir una, para él, anormal ruta en el transporte público, o por los millones de pensamientos que orbitaban en su cabeza. Aún con una mal disimulada cara de sueño y la misma camisa con la que me encontró el día anterior, aunque hoy más arrugada, seguía estando para comérselo; pensé al verle desaparecer por las escaleras.

Ese invierno empezamos a quedar, y el cuarto de baño se convirtió en lugar de paso obligado al llegar a casa para entrar en calor. A veces el calor era tal que terminábamos sobre la lavadora los polvos que se empezaban en la ducha enjabonándonos inocentemente, como aquella vez justo antes de que mi compañera de piso llegase a casa. Aún recordábamos aquella vez.

Sin lugar a dudas los mejores recuerdos que guardo de mi cuarto de baño son nuestras duchas juntos. Cuando él me enjabonaba y me lavaba el pelo, antes de que yo hiciese lo propio con su cuerpo. Guerras de agua, fría y caliente, tupés y bigotes de espuma, apretones contra las frías paredes azulejadas, besos húmedos en la nuca, masajes de pelo, piel de carne de gallina, abrazos escurridizos, miradas infinitas dentro de otra mirada, y orgasmos que nublaban la mente por segundos. Poco después mi cuarto de baño se convirtió en nuestro cuarto de baño. Y una vez me contó que su primera semana en su nuevo cuarto de baño, al verano siguiente, fue feliz como nunca antes lo había sido. Ninguno de los dos tenía trabajo, pero fuimos felices desayunando en nuestro pequeño balcón las mañanas soleadas.

Todo eso fue antes de que la luz y el calor se fuesen del cuarto de baño, dejando paso a grises y tristes días de invierno en los que una no quiere salir de la ducha. Fue antes de que el frío de la noche se colase por el hueco que siempre había estado en el viejo y apolillado marco de la ventana, pero que él había obviado. En las peores noches el frío se colaba hasta el dormitorio, a través de la frágil puerta del cuarto de baño. Lo sé porque al despertarme por las noches le decía "cariño estás frío" tapándole el brazo que le solía gustar dejar por fuera de la cama. 

Nunca me lo dijo, pero fue entonces cuando comenzó a añorar otros cuartos de baño, con más luz, más cálidos y alegres, que ni siquiera había llegado a conocer, pero se podía imaginar. Cada mañana al cerrar los ojos bajo la ducha y oír llover se preguntaba qué había cambiado en estos pocos años para atreverse a dejar atrás nuestro cuarto de baño, el mismo del que nunca habría querido salir aquella mañana. Quizás fue la cesta de la ropa que ahora parecía estar siempre llena, recordando periódicamente las obligaciones de las tareas diarias. O a lo mejor la toalla que yacía en el polvoriento suelo. Siempre se caía del mismo gancho de la pared de donde también colgaba, sin haberse movido desde hacía más de un año, mi albornoz. Para él el brillo brillaba por su ausencia. Pelos de su barba contaminaban el lavabo y manchas de pasta de dientes hacían difícil distinguir el reflejo de una misma en el cromado del grifo.

Espero que ahora, cada vez que abra el grifo de una ducha de hotel, ajena e impersonal, apelando más a las mañanas soleadas que a los días grises, recuerde cuánto le gustaba nuestro cuarto de baño.

lunes, 5 de octubre de 2015

Oviedo en una tarde de otoño

La estación de autobuses, que hasta ahora siempre había calificado como "la nueva estación", cada vez está más gastada. Sólo al recordar la antigua estación, incrustada en los bajos de unos feos edificios de los años sesenta, el adjetivo "nueva" vuelve a tu mente. 

La gente termina su día tomando los autobuses de regreso a casa. Hombres de traje, una adolescente que habla nerviosa al teléfono mientras masca chicle y algunas señoras mayores que llevan bolsas de la compra nutren el espectro humano de la dársena 16.

Saliendo de la ciudad me fijo en un comercio de saldo, de esos qué venden cosas que se romperán enseguida, o regalos que ni se piden ni se quieren, hechos por puro trámite, comprados en el último minuto "porque algo hay que comprar" y que irán directamente a la basura. "Comprar, usar y tirar" se nos queda demasiado largo para engullir la producción de basura plastificada venida de China. 

Al lado, un viejo bar, el Mesón Valdés. Me pregunto como logra sobrevivir en el año 2015. En una de las principales calles de la ciudad, vemos a la derecha la entrada al centro comercial. Una señora está sentada pacientemente en uno de los bancos exteriores, bien abrigada con una chaqueta de invierno. Al pasar por la churrería de la esquina, la churrera, de pie, inmóvil, sin nada que vender ni freír a estas horas, luce su impoluto traje blanco, mirando al infinito de esa calle que debe conocer mejor que el salón de su casa.

Poco después cruzamos los semáforos donde hace dos o tres años un indecente mató a tres familiares en un taxi una noche de fiesta regada con alcohol. En la siguiente esquina la chica tras el mostrador de la tienda de cartuchos de impresora, no muestra tanto entusiasmo como la rotulación de sus lunas - 60% más barato! - , lo único que quiere es salir de ese asqueroso establecimiento en el que lleva encerrada desde las nueve de la mañana. En la pared del siguiente local, que no ha sido ocupado, destaca una pintada que llama al movimiento obrero. Dos señoras que caminan por la acera pasan ante la pintada sin inmutarse. La segunda mira los zapatos de la primera cuando esta se aleja al caminar más deprisa que ella. ¿Qué pensará de esos zapatos? ¿Son iguales que los que ella tiene? ¿Le gustan? ¿Se gusta pensando que los suyos son mejores o más caros? 

El autobús se detiene para recoger gente en el mismo punto donde ya hace años la compañera de clase del instituto que me gustaba casi me atropelló, con su nuevo BMW blanco. En el café D´Cora la camarera y la única cliente del local charlan, sin ninguna prisa, sentadas en la barra. ¿De qué? ¿De las notas de los niños? ¿De los problemas para llegar a fin de mes? Veinte metros más adelante, un cabrio negro indica con un brillante intermitente LED que su conductor se dirige al centro esta tarde.

Saliendo de la ciudad me despido de la misma caseta que lleva décadas sobre una de las naves de la Fábrica de Armas, imperecedera al paso del tiempo. Un cristal roto, señalizado con una cinta roja y blanca es la única diferencia de la que puedo dar cuenta desde la última vez que la vi ahí arriba, casi colgando sobre la carretera y vigilando continuamente San Julián de los Prados.