Mostrando entradas con la etiqueta Camino de Santiago. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Camino de Santiago. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de septiembre de 2010

Camino de Santiago VI


Etapa 6 (sábado 13 de Agosto de 2010): Palas de Rei – Santiago de Compostela.


Bueno, ya estamos ante el último día de nuestro camino, solo 60 kilómetros nos separan de Santiago. Hoy por fin, conseguimos levantarnos a una hora prudente y salir antes de las diez de la mañana. La etapa comenzaba justo enfrente de nuestro hostal, por una senda de tierra al lado de la carretera general.


Cuando todavía no habíamos cogido postura en el sillín de las bicicletas, hay que parar porque el saco de dormir que llevaba Chous enganchado a su sillín se caía. Justo cuando terminamos de fijarlo, antes de incorporarnos a la carretera para continuar con el camino aparece a nuestro lado el componente masculino de “la parejina” que llevábamos viendo durante todo el camino. Aunque faltaba su compañera de viaje, Noé y César ponen un ritmo fuerte durante las primeras horas de la mañana con un propósito firme, llegar por una vez antes que ellos, y así sentirse un poco menos estúpidos por las mofas del primer día que los vimos. La respuesta de Jaime a este ritmo fue “oye yo así aguanto, pero todo el día no eh”.

En algo más de una hora ya habíamos pasado Melide y estábamos de camino a Arzúa. En esta última etapa nos encontramos más peregrinos que los vistos hasta ese día. Tampoco nos extrañó porque siendo sábado, creímos que no es del todo extraño que alguna gente decida hacer las últimas dos etapas del Camino de Santiago durante un fin de semana. Entre tanto peregrino unas cuantas veces tuvimos que bajar la velocidad y esperar a tener un hueco para adelantarlos de forma cómoda y segura, daros cuenta de que en algunos tramos íbamos prácticamente rodeados de peregrinos a pie, como si fuésemos en bicicleta por una calle peatonal concurrida de cualquier ciudad. Ante estas situaciones, Chous y Jaime insistieron en que avisásemos con el timbre que hay en la bicicleta de César. Pero César defendía que avisar con el timbre es un poco violento, es como ir pidiendo a distancia que te abran paso, y era algo que no le gustaba.

En cuanto a la dificultad del camino, fue fácil y nada duro a lo largo de todo el día. Rodando por camino de tierra casi siempre, con alguna bajada y alguna subida un poco más intensa de lo esperado. Incluso atravesamos un par de riachuelos de forma gratuita pudiendo pasar por el puente solo por “la emoción”. Justo antes de uno de estos riachuelos adelantamos un grupo grande de adultos con adolescentes, que en cuanto que nos oyeron acercarnos a ellos despejaron el camino utilizando silbatos. El gesto es de agradecer, pero te hace sentir un poco mal; nadie tiene prioridad sobre nadie en el camino, y por esperar unos segundos y aminorar la marchar para pasar no pasa nada, no teníamos prisas. En esta ocasión Noé iba liderando el grupo, seguido de César que oyó como una de las monitoras de ese grupo de gente decía “¡que valor!” cuando Noé se tiraba en bicicleta para atravesar el riachuelo.

Aparte de esto y salvando algunas confusiones en un par de cruces, en los que siempre alguno de nosotros se daba cuenta y corregía la ruta siguiendo la flecha amarilla; llegamos a la hora de comer. Es curioso como en esta última etapa, cuando quedaban unos 30 kilómetros empezábamos a ver máquinas de refrescos en casas particulares, “chiringuitos de playa” prácticamente en cada cruce que tenía el camino y botellas, papeles, bolsas y botes tirados a los lados del camino. Esto hace que el camino pierda el encanto que había tenido hasta ahora, y parezca más bien una playa del levante español.

Debió de ser en el tercer o cuarto chiringuito de estos que comento, cuando Chous dijo que había que parar a comer. En todos los chiringuitos que habíamos visto anunciaban el plato de huevo frito, chorizo y patatas como la estrella del menú, así que cuando pedimos fuimos a tiro fijo: fritangada.

Según entramos en la terraza vemos tres jóvenes comiendo bocadillos en una de las mesas, en otra estaban dos señoras sentadas con dos tipos, y en una de esas mesas largas había otro señor mayor. Cuando nos acercamos a la barra, uno de los tipos que acompañaban a las dos señoras se levanta a atendernos. El personaje era lo más auténtico que vimos en el camino. Con melenita rizada, pendiente y diversos tatuajes, entre ellos uno de Dartacán en el antebrazo derecho. Además su forma de hablar, las expresiones que utilizaba para tratar a la gente como “rey”, “reina” o “princesa”, y su voz rota; no podían ser más compatibles con la entonación de chico malo de barrio que tenía.

Mientras esperamos a que nos atiendan, podemos ver como en la pared de la barra del bar hay mensajes de otros peregrinos escritos. Esos típicos mensajes de “el grupo de Medicina Granada 2008 estuvo aquí”, “Los halcones de Almendrajelo sobrevivieron al Camino”. Uno de ellos decía “Las sorpresas del Camino: Yo de valenciana a gallega, de maestra a camarera y de soltera a casada. Te quiero Alex”. Este último mensaje no debía habernos llamada más la atención sino fuese porque pocos minutos después descubrimos cuál era el nombre del camarero, y como se las gastaba con las peregrinas que allí paraban.

Camarero (Alejandro): Buenos días chicos, ¿qué queréis?
César: ¿Puedes hacernos unos platos de huevo frito, patatas y chorizo frito?
Alejandro: Si, tenemos de todo, vosotros pedirme lo que queráis.
César: Pues yo con chorizo.
Alejandro: Aquí chorizo ninguno eh, que somos todos muy legales.
Noé: Yo quiero huevo frito, patatas y bacon.
Chous: Yo con chorizo.
Jaime: Yo con chorizo también.
Alejandro: Bueno, entonces tres de chorizo y uno de bacon.
Jaime: No, no, espera, yo con bacon.
Alejandro: A ver tío, aclárate, ¿bacon o chorizo?
Jaime: Bacon.
Alejandro: ¿Pero seguro no?
Jaime: Si, si.
Alejandro: Vale chicos pues ir sentándoos y cuando estén os los llevo a la mesa.

Cuando nos sentamos vemos que Alejandro desaparece a la cocina y se queda su amigo hablando con las dos señoras en la otra mesa.

Al cabo de unos diez o quince minutos, viene Alejandro con nuestros platos, de los que dimos buena cuenta... Mientras comíamos los tres jóvenes que estaban sentados en otra mesa (un chico y dos chicas) se fueron, y al marchar...

Alejandro: Bueno chicos, que tengáis buen camino y suerte.
Jóvenes: Gracias.
Alejandro: Ssschh oye tu, cuidame a las chicas eh...
Alejandro: ¿chicas que es que no os cuida bien?
[Los tres jóvenes se ríen.]
Alejandro: Venir para aquí conmigo que ya os cuido yo, hay...
Alejandro: Venga lo dicho, buen camino chicos.

La cosa iba a mejor por momentos, a estas alturas ya teníamos claro que estábamos ante un Personaje, y que nos iba a amenizar la comida de tal modo que querríamos quedarnos más tiempo con tal de seguir viendo el show. Justo al irse los tres chicos, se sienta un hombre con una niña pequeña.

Tras despedir a los jóvenes, Alejandro y su amigo continúan hablando con las dos señoras. Y fue en este momento fue cuando nos dimos cuenta de que Alejandro y su amigo estaban intentando hacerse a las dos peregrinas, diciéndoles que por qué no se quedaban en el bar con ellos hasta que cerrasen y luego se iban los cuatro de fiesta a Santiago. Una de las señoras dijo que quería terminar el camino, entonces ellos propusieron verse de noche en Santiago para salir. Hay que decir que las dos señoras estaban ya un poco ebrias hablando de temas personales y orbitando alrededor de temas de conversación como “los hombres sois unos cabrones” y “no quiero que me vuelvan a hacer daño...”. Si amigos, en el camino te encuentras peregrinos de todo tipo, gente como nosotros haciéndolo solo por diversión, gente haciéndolo buscando luz en su vida, o gente buscando un cambio, lo que se llama cambiar de aires, extranjeros que se juntan entre ellos y comparten todo el camino... Pero volvamos a lo que nos ocupa. Ante tales declaraciones de las señoras, Alejandro se dirige a nosotros para preguntarnos y autorresponderse a si mismo “¡Chicos! ¿Cómo somos los hombres..? Mmmmm, unos cabrones ¡si señor!”. Esto sin darse cuenta de que detrás nuestro estaba el señor con la niña pequeña, cuando fue consciente de ello intentó arreglarlo “Uy, perdón eh, es que no me había dado cuenta” dirigiéndose a la otra mesa, y luego “A ver niña ven conmigo que te doy un Chupa Chups, a ver coge el que quieras, que ya que no está el jefe y aprovechamos” mientras acercaba el bote de los Chupa Chups a la mesa. “¿Quieres coger otro para tu papá? Bueno tu papá no tiene cara de comer Chupa Chups, así que coge otro para ti”. Al padre de la niña no le pareció mal, se reía tímidamente, a diferencia de nosotros que estábamos ahogados de tanto reírnos.

Mientras comemos César comenta que los platos tienen pocas patatas fritas, cosa un tanto rara porque es el ingrediente más barato de los que teníamos delante. Y Noé da la clave “pues no tendría ganas de pelar más patatas...” refiriéndose a Alejandro. Mientras tanto en la mesa de las dos señoras continúa la acción.

Minutos después llega un peregrino y se sienta en otra mesa contigua a la nuestra. Bueno, en el camino se entabla conversación a la mínima así que el hombre empezó preguntándonos si servía comidas, lo que habíamos pedido y terminamos hablando de la etapa que hacíamos hoy, de la etapa que estaba haciendo el y demás. Cuando Alejandro viene a atenderle...

Alejandro: Hola buenas, ¿qué le pongo?
Peregrino: Pues un plato con huevo frito, patatas y chorizo o bacon, como el de estos chicos (apuntando a nosotros).
Alejandro: ¿Patatas?¿Me vas a hacer pelar patatas?
[En este momento nosotros nos reímos]
Peregrino: Bueno, lo que mejor te venga a ti, no se...
Alejandro: No, lo que mejor me venga a mi no, porque si te hago lo que yo quiero va a ser una porquería. Ven para la cocina y miras lo que tengo.
[Van para la cocina y al rato vuelven]
Peregrino: Entonces patatas, huevo y chorizo.
Alejandro: Es que no me quedan huevos rey... Bueno ya te hago yo lo que me de la gana, tu tranquilo.
[Alejandro va para la cocina y sale a los pocos segundos]
Alejandro: Mira, voy a hacerte unos huevos recién puestos, del corral del vecino, espera ahí.
[Sale de la finca del bar y se va camino arriba en dirección a unas casas para volver a los pocos minutos con cuatro o cinco huevos en las manos]
Alejandro: Mira eh, para que veas, que los acabo de coger del corral. Recién puestos, de casa.

Nosotros ya habíamos terminado de comer, cuando sale a servirle el plato al peregrino, que ahora estaba acompañado de dos peregrinas extranjeras, nos comenta:

Alejandro: Oye chicos, perdonad que os he tratado muy mal eh, me acabo de dar cuenta de que las patatas no tienen sal... Las tuyas tampoco que lo sepas (dirigiéndose al peregrino).
Nosotros: No pasa nada, con el hambre que teníamos... Estaba todo perfecto.
Alejandro: Es que si fueseis chicas se os hubiese tratado mejor, perdonar de verdad.
Noé: ¿Cuánto te debemos?
Alejandro: Pues no se, a ver darme.... Lo que queráis, venga tres euros por plato y las cervezas... Pues son 19€.
Noé: Chous, paga. (Chous tenía la cartera con el bote de dinero que habíamos puesto)
Alejandro: ¿Qué paga él?
Nosotros: si, si.
César: es su cumpleaños.
Alejandro: Entonces os traigo a unos chupitos venga, ¿de qué los queréis?
Noé: ¿Hay de café?
Alejandro: Pues claro, como no va a haber.
Nosotros: Pues cuatro de café.

Se va a la barra y nos trae los vasos de chupito y la botella de licor, para luego atender a una de las peregrinas extranjeras tratándola de “reina”. Cuando terminamos el chupito nos levantamos, salimos y ya cuando estamos fuera...

Chous levantando la botella de licor de café con la que celebramos su NO 
cumpleaños. Al fondo se puede ver al mismo Alejandro sirviendo a una 
"reina" en la barra.


Alejandro: Eh eh, chicos, ¡que estos chupitos hay que pagarlos! ¡El del cumpleaños!
Alejandro: Que es broma hombre, venga buen camino chicos y gracias.

Si durante todo el día teníamos la sensación de estar rozando ya el final, ahora tras esta última parada para comer esa sensación se acrecentaba mucho más. Sabíamos que la próxima vez que nos parásemos estaríamos en Santiago de Compostela.

Por la tarde el camino seguía siendo cómodo y estando abarrotado de peregrinos y el día era soleado y cálido. Cuando pensábamos que alcanzaríamos Santiago incluso antes de las cinco de la tarde, César empieza a notar extraños en la bicicleta, se aquejaba de notar las piedras y los cambios de superficie, Noé y Jaime que iban detrás miraron la rueda y... pinchazo.

Bueno, esta vez la cosa iba a ser rápida. Teníamos la llave para sacar la rueda, teníamos cámaras, y sobre todo, teníamos práctica. Pero no, no fue tan fácil; y es que algún problema con las bombas de Jaime y de Noé nos impidió poder hinchar la cámara nueva. Probamos un montón de veces, en distintas posiciones y éramos incapaces de hincharla, ¿estaríamos bajo los efectos de un meigallo en esos bosques gallegos? Por suerte, el camino iba paralelo a la carretera general, cruzándola cada pocos kilómetros en ese tramo así que Jaime y Noé llevaron la rueda deshinchada a una gasolinera y volvieron con ella lista para montar en unos minutos.

Último pinchazo del viaje.
A ver si ahora éramos capaces de terminar el viaje sin más pinchazos. El final estaba cerca, aún recuerdo las pistas de tierra en los alrededores del aeropuerto de Santiago de Compostela, kilómetros en los cuales dejamos a Chous tirar del grupo durante un rato. El tiempo este último día había pasado volando, el estar cerca del final es lo que tiene.

Casi sin darnos cuenta, estábamos entrando ya en el Monte Do Gozo. Para no variar una parte de la etapa que temíamos y subimos sin la más mínima complicación, y es que los cinco días anteriores en bicicleta nos habían puesto en forma. Realmente no sabíamos donde terminaba la etapa, en el mapa que teníamos aparecían unas antenas o unos estudios de la Televisión Galega y de TVE, esa era toda la referencia que teníamos. En la parte baja del Monte Do Gozo Noé y César se escapan para jugarse el final de etapa un día más y por última vez.


Con algo menos de cinco minutos de adelanto sobre Jaime, y casi diez sobre Chous, llegan al monumento a Juan Pablo II. Al lado de éste, había un mirador hecho con una estructura metálica de tres pisos de altura con cientos de botes de colores colgando. Todavía recuperando la respiración una chica se dirige a Noé y César para hablarles de la organización 1 Botella, 1 Mensaje; que busca gente en España para apadrinar a niños en países hispanoamericanos. La gracia estaba en comprar uno de esos botes, como los que colgaban del mirador, que tenía un mensaje escrito por un niño diciendo lo que querían ser de mayores. Cuando Jaime y Chous ya estaban allí fuimos a buscar a nuestros niños. Jaime quería un futbolista y César quería un ingeniero. Al final Jaime consiguió su futbolista pero César se quedó con un mensaje de Rebeca de tres añitos, natural de Guatemala que de mayor quería ser Rebeca. Tras comprar nuestros botes subimos al mirador, para comprobar que las vistas eran bastante malas por cierto. Y al bajar la misma chica que nos atendió nos explica como ir al albergue del Monte Do Gozo, que estaba solo 200 metros más adelante.

Nuestro plan era llegar al albergue, dejar los equipajes y bicicletear hasta Santiago para informarnos de como enviar nuestras bicicletas de vuelta a Asturias. Así lo hicimos, y tras salir del albergue lo primero que buscamos fue la estación de autobuses. Allí decidimos que Noé, sin mucha gana de estar en Santiago, se iría al día siguiente en un Alsa a las ocho y media de la mañana. Los demás esperarían hasta el Alsa Supra de las seis de la tarde. Coincidió que Noé no tenía interés en quedarse a pasar el domingo en Santiago, pero si hubiera querido tampoco habría podido porque cada autobús solo puede llevar cuatro bicicletas y ya había una plaza de bicicleta cubierta en el Supra de las seis.

De la estación de autobuses directos a la Praza do Obradoiro, bajando por la Praza Cervantes. Por fin habíamos llegado al destino, cuando entramos en la plaza el Sol estaba ya muy bajo, y brillando con tonos anaranjados y daba la sombra en gran parte de la plaza por culpa del edificio del Ayuntamiento. En lo que a mi respecta, la sensación de haber alcanzado la plaza no fue ninguna. Es extraño porque durante todo el camino estuve pensando que sentiría al llegar al final, y no sentí nada especial aparte de pensar “ya lo he hecho una vez, y no tengo ganas de repetirlo”. En ese momento tampoco sentía una gran satisfacción, como la que sentí los días de Grandas de Salime o Pola de Allande. La experiencia fue divertida, gratificante, en definitiva me lo pasé muy bien, pero no tenía, ni aún tengo, ninguna gana de repetirlo. Así que antes de hacernos la fotografía delante de la catedral, les agradecí a mis tres compañeros el viaje diciéndoles que estaba orgulloso de ellos.

Sin embargo, alrededor nuestro cientos de peregrinos llegaban a la plaza cantando, saltando o besándose, para sentarse o tumbarse luego en el suelo y quedarse con la mente en blanco sin pensar en nada. He de reconocer que sentí algo de envidia al verlo, porque mi estado mental era el mismo que si estuviese delante del ayuntamiento de mi pueblo. Por supuesto tengo en cuenta que hacer el camino con un grupo de amigos desde el principio, no es tan interesante como irse de casa en solitario e ir conociendo gente a lo largo de los días. En todos los sentidos nuestro camino, fue un camino descafeinado en cuanto a experiencia personal.


Después de la fotografía, nos dividimos para enterarnos de dónde debíamos sellar la Credencial por última vez para solicitar la Compostela, Chous quería comprar unas zapatillas Victoria para salir por la noche y César necesitaba comprar una camiseta en una tienda de souvenirs para ponérsela por la noche. La Compostela quedaría para el día siguiente, lo que significa que Noé al no estar presente no podría recogerla; y Chous encontró todos los comercios ya cerrados a excepción de bares, restaurantes, tiendas de recuerdos y el Coronel Tapioca donde el calzado se le salía del presupuesto.

Cuando nos volvemos a reunir, decidimos ir al albergue para ducharnos, cambiarnos de ropa antes de salir a cenar. Noé, al marcharse al día siguiente a las ocho y media de la mañana sube con su bicicleta hasta el albergue del Monte Do Gozo, Jaime, Chous y César dejan las suyas en la consigna de la estación de autobuses para recogerlas allí al día siguiente antes de subirse al autobús.

Atardecer desde el albergue del Monte Do Gozo.

Cuando volvimos al albergue para prepararnos para salir, tuve más sensación de satisfacción por haber terminado el camino, que la que había tenido en la Praza Do Obradoiro, no se porque. El albergue estaba lleno de gente, pero había un ambiente familiar, muchos niños, muchos padres corriendo detrás de sus niños, gente cocinando su propia cena en las cocinas de cada uno de los edificios, otra gente bebiendo cervezas en salas de reuniones o en la calle, jugando a juegos de mesa... Cuando llegamos a la habitación duchita rápida, llamada a un taxi y vuelta a la ciudad. Y es que el Monte Do Gozo está a unos cinco minutos en coche del centro de Santiago. En los tiempos muertos entre ducha y ducha aprovechamos para hacer una foto de la que llevábamos hablando días, y era utilizar la bolsa de agua de la mochila de César a modo de gotero. Le decimos al taxista que nos lleve directamente a un buen restaurante para cenar, pero que tampoco sea prohibitivo. El taxista después de dudar entre dos opciones nos deja finalmente a la puerta del restaurante Rey, en la zona antigua de Santiago tras circular unos metros por las calles de la zona peatonal.


Nuestra última cena iba a ser de órdago, mientras veíamos como el FC Barcelona caía en el Sánchez Pizjuán ante el Sevilla FC en el partido de ida de la Supercopa de España, para regocijo de Jaime. De primero, pote galego, luego raciones de lacón con chorizo y patatas, croquetas, racho, calamares y pulpo antes de terminar con un flan de la casa y una infusión. Después de cenar buscamos algún pub donde tomar algo, y aunque cuando salimos del albergue estábamos muy convencidos de que aprovecharíamos la noche en Santiago, ahora con la panza llena y el cansancio acumulado la idea de ir a dormir iba ganando peso. Aún así tomamos unas cerveza en un pub irlandés, eso si sentados, antes de coger un taxi de vuelta al albergue.

Merecida cena para los cuatro peregrinos polesos.

La habitación tenía cinco literas, como era habitual en los albergues del camino con lo más básico y necesario, literas, colchones, almohada, papelera y unos casilleros. Ya por la tarde habíamos visto que había un peregrino de origen asiático en nuestra habitación, cuando llegamos por la noche las demás camas estaban libres a excepción de la suya. Intentamos ser lo menos ruidosos posible, aunque César tiene que decirles a Noé y a Jaime que hablen bajo o no hablen, antes de repetírselo a Chous. Cuando ya estamos cada uno en su cama, a César le llega un mensaje de Chous al móvil “Ta 'xinau' ya cudeiro”, estallido de risa y reenviando a Noé que también se ríe cuando lo lee.

Al día siguiente cuando el servicio de la limpieza despierta a Chous, Jaime y César (por segunda vez), Noé ya no está en la habitación. De hecho prácticamente estaban ellos solos en todo el albergue, que debía desalojarse a las nueve de la mañana y eran más de las diez.


Tras desayunar en la estación de autobuses unos churros con chocolate se dirigen al centro de la ciudad para hacer lo propio, pedir la Compostela, entrar a la Catedral y abrazar al Santo. Noé les había dejado su Credencial para que pidiesen su Compostela, pero éstas se entregan de forma personal. La cola para pedir la Compostela no fue demasiado larga, poco más de media hora, dónde si hubo que esperar casi dos horas fue para entrar a la Catedral a abrazar al Santo.

En esa espera, la señora que estaba delante de nosotros nos pregunta desde dónde veníamos, buscando conversación y para pasar el tiempo más que otra cosa. Ella venía desde Nueva York, o New York como ella dijo con un acento hispanoamericano. Era la segunda vez que venía a Santiago, y esta vez lo hacía acompañada de su hermana, que al estar ya mayor la esperaba sentada en uno de los bancos de la plaza mientras ella hacía cola. Por eso, esta señora venía y se iba de la fila contantemente para hablar con su hermana y hacer fotografías. Llegado un momento determinado, con la señora delante nuestro...

Chous: ¿Qué? Vaya palique que le disteis a la paisana de New York eh.

La señora estaba solo cuarenta centímetros delante de Chous, por lo que pudo oirlo sin ningún problema y se giró al oir a Chous decir New York. En ese momento, César mira a Chous fijamente tratando de decirle por telepatía “¿Qué haces tío?”. A lo que...

Chous: ¿Qué? Si si, menos mal que se puso Jaime a hablar con ella jaja

César y Jaime se miran uno a otro, siendo conscientes de que la señora “de New York” estaba delante de nosotros. Cuando Chous va a decir una nueva frase referente a la señora, César le pisa el pie para ver si éste se entera de una vez por todas de que la señora “de New York” estaba delante nuestro y oyéndolo todo. En ese momento Chous baja la mirada y ve el pelo canoso blanquecino de la señora justo delante de el y su cara refleja un claro sentimiento de metepatas.

Pero bueno, la señora no se lo tomó a mal, de hecho cuando la cola seguía avanzando volvió a hablar con nosotros para explicarnos que al pasar por la Puerta Santa en año Xacobeo y rezar una oración todos los pecados quedan perdonados. Sinceramente me quedé con ganas de preguntarle más a la señora sobre su procedencia, quizás hija de emigrantes españoles a américa y ahora ciudadana estadounidense. Y es que la emigración de los españoles a América me llama la atención, como las historias de los tantos Indianos que se iban a hacer dinero durante unos años al otro lado del charco y luego volvían a España, o no.

Expositor de uno de los restaurantes de Santiago.

Después del abrazo al Santo, vamos a buscar algo que comprar en las tiendas de souvenirs. Y tras entrar, yo creo, en todas y cada una de las tiendas de recuerdos de Santiago de Compostela, decidimos ir a comer a un buffet libre que César había visto mientras Chous y Jaime hacían cola para entrar a la Catedral. Se ofrecía comida y un postre o café por ocho euros. Nada más entrar vemos un mostrador con helados, y una tarta de chocolate negro. Nos atiende una camarera muy simpática, y nos sienta al lado de dos expositores con ocho o diez tartas diferentes, no podía faltar la tarta Santiago por supuesto, pero también había Selva Negra y esa tarta hecha con capas de galletas y chocolate, entre otras.

La comida estaba más que bien, había varios platos a elegir, ternera guisada con patatas, cordero con patatas, coliflor con queso gratinado, ensalada de garbanzos, salmón frito y además un mostrador para hacer ensaladas con todo tipo de ingredientes.

Mientras comíamos, ya íbamos comentando lo que íbamos a pedir de postre.

César: Para los postres tengo que levantarme a mirar el otro expositor con más tartas.
Chous: Yo creo que voy a pedir la de chocolate negro que hay a la entrada.
César: Ah, si, en esa me fijé yo también, tiene buena pinta.
Jaime: Yo creo que pediré un café.

Cuando terminamos de comer la ternera guisada y el cordero con patatines, viene otro camarero distinto a retirarnos los platos.

Camarero: Bueno chicos, ¿vais a comer más?
Nosotros: No, no.
Camarero: ¿Seguro?¿Os plantáis?
Nosotros: Si, vamos a los postres ahora.
Camarero: Vale, pues os recojo esto y ahora vengo.
(…)
Camarero: De postre tenemos piña en almíbar y melocotón en almíbar.
[César pensaba que el camarero estaba de broma, osea que estamos rodeados de tartas, ¿y de postre nos ofrece piña y melocotón? Tiene que estar de coña]
César: jajaja, ¿pero...?
Chous interrumpe: ¿Y las tartas estas?
Camarero: Son a cuatro euros la ración.
[César y Jaime se parten la caja de risa, mientras Chous mantiene la cara de sorpresa.]
Chous: Venga pues yo melocotón...
César: Y yo, anda...
Jaime: Yo un café con leche con hielo.

Mientras el camarero nos sirve los postres comentamos que la jugada del buffet es bastante sucia. La verdad es que nadie nos dijo que los postres eran o piña o melocotón, pero nos engañaron de forma subconsciente al ver tartas por todas partes. El camarero se acerca con los dos platos de postre y los posa en la mesa diciendo...

Camarero: Tarta de chocolate por aquí. (Dejando las dos mitades de melocotón en almíbar delante de Chous)
Camarero: Tarta de queso por allá. (Haciendo lo propio con el plato de César)
Camarero: Y un chocolate. (dejando la taza de café delante de Jaime)
Camarero: Bien fresquito. (al posar el vaso con los cubitos de hielo)

En esta situación lo mejor que puedes hacer es reírte de ti mismo y de la tomadura de pelo que te acaban de hacer, además con recochineo.

Tras pagar, de camino a la salida vemos a una pareja preguntándole al camarero graciosete por una mesa para comer. Intentando evitar que les pasase a ellos lo mismo que a nosotros, César pasar por delante del camarero diciendo “muy bueno el melocotón en almíbar de postre eh”, sin contar con que delante de el hay una lámpara colgando del techo bastante baja que se lleva por delante. Y el camarero todavía es capaz de rematar la faena diciendo “Gracias, y cuidado con la lámpara eh”

Siendo honestos, la comida estaba más que bien por ocho euros, a pesar de que el tamaño de los melocotones en almíbar era minúsculo. Si el menú hubiese incluido también las tartas en el postre sería un regalo.


Terminamos de comer hacia las cuatro y media pasadas, y nuestro autobús salía a las seis, pero había que ir hasta la estación y empaquetar las bicis (envolverlas con cinta adhesiva). Así que poco tiempo nos sobró para volver a la Praza Do Obradoiro, pedir que nos hicieran otra fotografía y tomar un refresco en la cafetería de la estación de autobuses antes de embarcar en el Supra que nos traería de vuelta a Oviedo, dónde nuestros padres iban a recogernos con los coches para llevar las bicicletas finalmente hasta el que fue nuestro punto de partida, Pola de Siero.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Camino de Santiago V


Etapa 5 (viernes 13 de Agosto de 2010): Cádavo – Palas de Rei.

¡Un nuevo día nos espera! A ver que nos pasa hoy... Esto es lo que piensas los primeros minutos cada día cuando estás haciendo el Camino de Santiago. Luego, a lo largo del día se te van olvidando los incidentes, detalles y todo lo acontecido el día anterior, pero mientras desayunas, te duchas y preparas la salida le das vueltas a lo ocurrido, bien comentándolo con los compañeros o pensando en ello tu mismo.

Para César, y un poco también para Chous, la mayor de las preocupaciones esa mañana era si la ropa que habían tendido el día anterior estaría seca por la mañana o no. Por suerte, estaba seca y pudieron meter toda la ropa en la alforja sabiendo que no era necesario volver a lavar ropa en los dos días de Camino que quedaban por delante.

Hoy, nos despertamos a las nueve de la mañana. Cuando César y Chous llegaron al polideportivo de Cádavo solo estaban Jaime y Noé terminando de recoger. Viendo el polideportivo por la mañana era difícil creer que habían pasado la noche allí 20 o 30 personas, como así había sido. Cuando Jaime y Noé terminan de recoger y montamos todo el equipaje en las bicis, el grupo se dirige a desayunar. Queríamos un desayuno fuerte, contundente, no queríamos más pájaras; así que fuimos al restaurante – bar – cafetería donde habíamos cenado la noche anterior.


Cuatro cafés con leche, dos croissants a la plancha, dos tostadas y otras dos tostadas en pan de hogaza cayeron antes de pedir un bocadillo de pechuga de pollo que lo comimos pasándolo en rondo hasta terminarlo. Coincidimos desayunando con un grupo de peregrinos (a pie) que llegaban a esa hora a Cádavo. Hablando con una de las peregrinas nos comentó que ella había hecho la etapa Fonsagrada – Cádavo en autobús porque tenía una tendinitis y el médico le recomendó no forzar un par de días al menos. El grupo era de Gijón, y la situación cómica se produjo cuando estábamos terminando el desayuno (sobre las 11 y media de la mañana) y ellos nos preguntan que desde dónde habíamos salido ese día. Nuestra respuesta: no, hoy no hemos salido todavía, estamos desayunando y marchamos ahora; es que siempre salimos bastante tarde...

Apuntar que justo antes de partir, cuando estábamos ya montando en las bicicletas aparece el bicigrino que habíamos visto un par de días antes en La Mesa, por el que habíamos discutido sobre su procedencia, si andaluz, argentino, extremeño, murciano... Esta fue la última vez que lo vimos. Quizás este sea un apunte sin importancia, pero me gusta meter los personajes secundarios en la historia de nuestro Camino.

Antes del medio día empezaba nuestra quinta jornada. Como era habitual las primeras conversaciones sobre la bici se referían a las molestias en las manos, provocadas por el manillar, en las piernas por el cansancio y el las posaderas por el sillín. A parte de la procedencia del argentino – andaluz.

Como era tarde, estábamos cansados y aún nos acordábamos de la factura que habíamos pagado el día anterior para reparar las bicicletas tras el descenso mortal hasta el embalse de Grandas de Salime; decidimos empezar a rodar por carretera. Noé y César habían sido, durante todo el viaje, bastante reticentes a abandonar el Camino “real” en favor de una mayor comodidad; al contrario que Jaime y Chous que preferían rodar por carretera y dejarse de complicaciones. El caso es que esa mañana hicimos cerca de 35 kilómetros, sino más, en dos horas gracias a rodar por carretera. Chous ya lo había advertido desde el principio del viaje, que las etapas de Galicia no eran tan rompepiernas como las asturianas; y esa mañana recuerdo ver pasar los hitos kilométricos a una velocidad sorprendente. No obstante el comienzo fue bastante duro, con una subida de tres o cuatro kilómetros nada más empezar, que si bien no tenía un desnivel muy exigente no parece la mejor forma de empezar el día. Durante toda la mañana íbamos viendo peregrinos caminar en sendas contiguas a la carretera por la que nosotros circulábamos, así que a falta de cinco o siete kilómetros para alcanzar la ciudad de Lugo decidimos volver al Camino “real”, el de verdad, el de grava, polvo y piedras. Estos últimos kilómetros nos llevaron más tiempo que todos los que habíamos hecho previamente esa mañana, pero eran mucho más entretenidos.

La zona antigua de Lugo no le tiene nada que envidiar a Oviedo.

Así fue como antes de la una y media de la tarde, entrábamos en la ciudad de Lugo dónde haríamos el avituayamiento. Recuerdo, que justo antes de entrar en la ciudad, sobre uno de los puentes que salvan el cauce de uno de los ríos que rodea la ciudad estuvimos hablando con una lugareña muy amigable, que nos comentaba que a ella le gustaba hablar con los peregrinos. Nos contó que pocos días antes había hablado con un grupo de holandeses, y que abundaban también los alemanes. Lo sorprendente es que cuando nos preguntó de dónde veníamos y le enseñamos la bandera de Asturias que llevábamos en tres de las cuatro bicicletas nos dijo que no sabía como era la bandera de Asturias, para decirnos a continuación que “gallegos y asturianos son como hermanos”, y ésta no sería la última vez en oír la frase durante el viaje. Y no le faltaba razón a la señora cuando dijo que pasaban multitud de extranjeros por Lugo haciendo el camino, de hecho cuando subiamos hacia el centro de la ciudad nos encontramos a una chica alemana con la que César puso en práctica sus nociones de Deutsch...

César: Ich spreche Deutsch.
Mädchen: Alles klar!
César: Tschüs.
Mädchen: Tschüs.

La travesía por Lugo fue más fácil de lo esperado, bien es cierto que no entrañaba tanta complicación como la travesía de Oviedo, que salvamos sin problemas por jugar en casa. Para llegar hasta el ayuntamiento rodamos primero por calles transitables hasta adentrarnos en la parte antigua de la ciudad, atravesando la muralla, donde las calles eran peatonales y rodar con la bicicleta no era tan fácil debido a los viandantes caminando en cualquier dirección.

En Lugo nos dividimos, Chous y Noé a comprar comida, Jaime y César a sellar las credenciales (en la Catedral de Lugo). Después de comer unos bocadillos de jamón serrano, queso y tomate en el parque; Noé, Chous y Jaime prefieren quedarse sentados en los bancos a la sombra descansando mientras César da una vuelta por la ciudad con la cámara de fotos.




El día anterior, tras ver que los albergues de peregrinos estaban cada vez más concurridos a medida que nos acercábamos a Santiago de Compostela, habíamos buscado en las Páginas Amarillas números de teléfono de los hostales que hay en Palas de Rei, que sería el final de nuestra etapa. Antes de salir de Lugo llamamos a dos de ellos, estando el primero completo pero consiguiendo dos habitaciones dobles en nuestra segunda llamada por 50€ cada una de ellas con desayunos incluidos. ¡Hoy todos dormiríamos en cama!

Poco después de las tres de la tarde, el convoy de polesos arranca de nuevo para cubrir la segunda parte de la etapa que los llevaría hasta Palas de Rei, no sin antes hacerse una fotografía en la famosa muralla de la ciudad. Al poco de abandonar Lugo, pasábamos el hito kilométrico que marcaba los cien kilómetros restantes hasta Santiago de Compostela. Empezábamos a superar barreras psicológicas.


Sería injusto decir que el paisaje gallego, que hasta este momento habíamos visto, no se diferencia demasiado del paisaje asturiano. Pero éste, cambiaría aún más si cabe después de Lugo. El perfil de la etapa se mostraba más o menos llano, con pequeñas subidas y bajadas uniformes, siempre con un desnivel casi inapreciable. Prácticamente todo el Camino que hicimos de tarde discurría por carreteras provinciales con un asfalto viejo y áspero, en los que cambiábamos de dirección casi en cada cruce, y los carteles de “Bienvenido a Concello de ...”, “Parroquia de ...” se sucedían continuamente, muchos de ellos casi ininteligibles por esa capa de musgo que aparece en las señales de tráfico cuando éstas se encuentran en zonas boscosas. Y es que había curvas y cruces oscuros, completamente a la sombra de los árboles; de entre los cuales parecía que nos iba a aparecer un gnomo o una meiga en cualquier momento. Las carreteras por las que circulábamos solían estar delimitadas por pequeños muros de piedra con vegetación, como no, adherida a ellos; o por arbustos. Hacía falta muy poco para imaginarse que estábamos en el mundo de los cuentos de Shrek en vez de en la Provincia de Lugo.


La tarde era calurosa y soleada, lo que hacía más cómodo el viaje, y siempre es preferible a la lluvia y al frío. Kilómetro a kilómetro yo pensaba que ese paisaje por el que estábamos pasando sería mucho más digno de ver en un día verdaderamente otoñal, nublado, con lluvia, respirando la humedad de los árboles que a veces envolvían la carretera como si fuesen auténticos túneles naturales, con una niebla que nos impidiese ver más allá de diez metros... El paisaje y los entornos que vimos y por los que pasamos nos encantaron, pero a mi me gustaría verlos en su estado más habitual, aunque quizás sea mejor disfrutar del paisaje gallego y las condiciones meteorológicas gallegas cuando viaje en coche.

En un par de ocasiones que el Camino abandonaba éstas, nos veíamos rodando por una extraña senda hecha a base de baldosas de un metro de largo por medio metro de ancho, separadas por dos o tres centímetros. Y fue en una de estas zonas, que nosotros llamamos “calzada romana”, donde con el traqueteo de las baldosas el portabultos de la bicicleta de César se desprendió de la fijación al sillín. Por suerte nada grave, apretar un par de tornillos, reírse unos minutos y a pedalear de nuevo al lado de campos de maíz, pasando entre edificios de granjas, por el medio de pueblos y equivocándonos en algún que otro cruce (en estas ocasiones es el último del grupo el que ve bien la indicación).


En la etapa de hoy la frase de Chous no fue dirigida al grupo, sino a una señora que estaba sentada en el pórtico de su casa. Sobre las cinco de la tarde, pasamos un cruce que indicaba hacia la localidad de Chousa. Obviamente no podíamos dejar pasar esta coincidencia, Chous tapó la letra a con la mano y mientras le hacíamos una fotografía una señora que estaba sentada a la entrada de su casa, delante del cruce...

Señora: Chousa son unas casas que están ahí para arriba.
Chous: ah, vale, vale.
César: que amable eres Chous
Chous: toy cansau tio, ¿qué quies que haga? ¿Le explico que yo me llamo Chous? Pues no.

Así fue como Chous se encontró a si mismo en el Camino de Santiago.

Es curioso como al ir en bicicleta y hacer dos etapas (pensadas para ir a pie) cada día, solo vemos a otros peregrinos a última hora de la mañana, cuando ellos finalizan su etapa. Este día solo vimos algunos peregrinos cuando ya estábamos muy cerca de Lugo. A eso de las seis de la tarde, y de acuerdo a nuestros cálculos hechos sobre la guía del Camino que llevábamos impresa y los kilómetros marcados en el cuentakilómetros de Jaime, pensábamos que estaríamos a punto de llegar a Palas de Rei. Además ya empezábamos a adelantar a algún que otro peregrino, que suponíamos que habría hecho la etapa Lugo – Palas de Rei y estaría a punto de llegar al final. En esta situación Noé y César se escapan de Jaime y Chous y empiezan a jugarse la etapa. Los kilómetros van pasando y no hay nada que indique una proximidad a Palas de Rei, preguntan en un pueblo por el que pasan y les comentan que quedan todavía diez u once kilómetros. Así que se paran y esperan a Jaime y a Chous para comer algo de fruta, unas barritas energéticas y descansan antes del verdadero final de etapa. Alguno kilómetros antes habíamos visto y fotografiado un hórreo gallego, que sospechábamos que era un hórreo pero no estábamos seguros. Entonces aprovechando esta parada le preguntamos a una señora que venía con un caldero de patatas...

César: Hola.
Señora: Hola.
César: oiga, ¿usted podría decirnos que es esto? (portando la cámara de fotos en la mano para enseñarle la fotografía del hórreo)
[A estas alturas César se aproximaba a la señora con la cámara de fotos en la mano aún sin encender]
Señora: Hay no, no, no tengo ni idea de que es eso...
[La señora piensa que le preguntamos si sabía lo que era la cámara de fotos]
César: no, no, espere que es una fotografía...
Señora: ¿Eso? Eso parece un hórreo, no se. Debe ser un hórreo.
César: Ah, eso nos parecía pero en Asturias los hóreos son cuadrados y más grandes.
Señora: Ah.

Hórreo gallego.

Si esta etapa se lleva la palma en cuanto a paisajes y entornos, se la lleva también en cuanto a emoción, y es que desde este punto hasta Palas de Rei, Noé, César y Jaime se jugaron el final de la etapa como si de una etapa real de La Vuelta se tratase. Tras unos kilómetros rodando los tres juntos, primero fue César el que lanzó un ataque aprovechando un desnivel favorable aunque poco duraba su fuga y tanto Noé como Jaime lo pasaban en la siguiente subida. Si bien hasta aquí el terreno no había presentado grandes desniveles, no vamos a decir que nos enfrentásemos a puertos de primera categoría, pero si a tres o cuatro subidas de entre trescientos y medio kilómetro de longitud con un desnivel considerable que nos dieron pie a que cada uno de nosotros planificara donde guardar energías y donde atacar. Fue en la penúltima de esas subidas dónde Noé emprende su fuga, que se extendería hasta la llegada a Palas de Rei; y César vuelve a pasar a Jaime, que se queda sin fuerzas para ir a neutralizar la fuga de Noé.

Llegada a Palas de Rei apoteósica. Tanto a César como a Noé no les quedó nada por dar en los últimos kilómetros y comentan...

Noé: buf, que final de etapa...
César: Dios mio, ¡que grande es el ciclismo!

Poco después llega Jaime y mientras esperan a Chous, que venía solo desde la última parada, César entra en una confitería a comprar un pastel. Un pastel como nunca lo había saboreado en toda su vida, una bomba de nata (y que solo costó 0,55€). Una vez que todo el grupo está junto de nuevo, se dirigen al hostal, que se encuentra a la salida del pueblo, en la parte más baja de éste, por lo que hay que volver a subir para cenar en alguno de los restaurantes que había en Palas de Rei.

Las fotografías no hacen justicia a los paisajes.

Nada más llegar al hostal, vamos a las habitaciones, nos duchamos y volvemos a Palas de Rei para cenar. Digo volvemos a Palas de Rei porque realmente el hostal estaba ya fuera de la localidad, y justo enfrente del mismo había una señal indicando “N-547 Santiago 60”. ¡Ya no quedaba nada!

Cual es nuestra sorpresa cuando vemos, en una de las terrazas del pueblo a “la parejina”. Un día más se habían adelantado a nosotros en el final de etapa. Y un día más que volvíamos a comentar lo bobos que fuimos poniendo en duda la valía de “la parejina” y la osadía del chaval de la pareja por querer hacer el Camino de Santiago en bicicleta con su novia. Durante la cena también se comentó que el hostal tenía una pinta un poco rara. Debatieron y deliberaron largo y tendido sobre los orígenes de aquel edificio, situado a un lado de una carretera nacional. Algunos decían que era un restaurante comedor, para bodas y banquetes; otros decían que se trataba del típico Club de carretera rehabilitado para hacer caja gracias al Camino de Santiago. Aún a día de hoy este debate sigue abierto entre los ciclistas del grupo.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Camino de Santiago IV


Etapa 4 (jueves 12 de Agosto de 2010): Grandas de Salime – Cádavo.

8:55 – Justo a punto de despertar, empiezan a escucharse unos ligeros gemidos que vienen de la habitación de al lado. César y Chous, cada uno sin saber que el otro era consciente de lo que oía, se extrañan hasta que se miran uno a otro con un gesto de cara que pregunta “¿Tu estás oyendo eso?” y al mismo tiempo responde “Si, claro que lo estoy oyendo”. Poco a poco se oyen de manera más fuerte hasta que Chous dice “¡¡Tira el bote guaje!!” (a un nivel adecuado para que solo se oiga en nuestra habitación). Noé todavía estaba dormido y Jaime preguntando que hora era. Nuestros vecinos de habitación estaban haciendo el calentamiento para subir al Puerto del Acebo.

Empezamos nuestro cuarto día de camino con un buen desayuno a base de Cola Cao y pinchos de pollo y lomo en el mismo bar donde habíamos cenado la noche anterior. Tras el desayuno, nos dirigimos a la ferretería de Grandas para reparar los pinchazos en las bicis de Jaime y de César. Jaime tuvo que comprar una cubierta nueva, y cambiar la cámara. Por su parte, César tuvo que comprar una llave hexagonal para poder desmontar la rueda y cambiar la cámara. La dependienta de la ferretería nos ofrecía la posibilidad de utilizar la llave hexagonal para hacer la reparación, sin coste alguno; pero decidimos comprarla por si nos hiciese falta para futuros pinchazos.
Últimos retoques en las bicis antes de salir.

Tras cambiar las ruedas e hincharlas en un taller de coches volvemos al hostal para poner las alforjas a las dos bicicletas averiadas y emprender por fin la etapa que nos llevaría a tierras gallegas.

Con todo este trajín, no salimos de Grandas hasta pasadas las once de la mañana. El tiempo, al contrario que en días anteriores había escondido el Sol tras un espeso manto de nubes grises que se irían convirtiendo en niebla a medida que ganábamos altura al subir el Puerto del Acebo. Y fue precisamente esta etapa la que nos hizo sentirnos profesionales, sentirnos como ciclistas de verdad, con una niebla que no dejaba ver a más de diez metros parecía que estábamos subiendo una de las grandes etapas alpinas del Tour de Francia. A pesar de salir agrupados, a medida que pasaban los kilómetros, cada uno de los integrantes del grupo adoptó el ritmo más cómodo para el. Esta vez no podíamos mirar atrás o adelante para ver dónde estaban los compañeros, cada uno de nosotros estaba solo con su bici pedaleando cuesta arriba rodeado de niebla. Intentábamos adivinar el recorrido de la carretera siguiendo las luces de los coches que nos adelantaban pero era inútil.

La llegada al Puerto del Acebo la recuerdo con niebla, viento y frío. Noé y César esperaron lo justo para reagrupar y hacer la típica fotografía con la señal del puerto y la altitud. Después de diez kilómetros en subida bastante intensos que nos hicieron sudar, pararse en el alto para descansar no apetecía nada a causa del frío.
El Puerto del Acebo nos supo a poco.

Desde el Puerto del Acebo, comienza una pequeña bajada de un par de kilómetros antes de entrar en la provincia de Lugo. Dos kilómetros después de esta encontramos el Alto del Acebo, ya en la provincia gallega. Desde ahí, casi sin darnos cuenta porque la inclinación de la carretera era muy cambiante comenzamos un descenso que nos llevaba hasta la localidad de Fonsagrada. A medida que descendíamos salíamos de la niebla y en algunos momentos soleados incluso teníamos calor con la chaqueta.
Abandonábamos Asturias.

El ritmo hasta Fonsagrada lo marcaron Noé y César, fugados desde poco después del Alto del Acebo y haciendo relevos, llegaron a Fonsagrada a eso de las dos de la tarde. Minutos después llegaron Jaime y Chous. Mientras los primeros esperaban tuvieron tiempo de encontrar un restaurante para comer y un taller de coches en el que también reparaban bicicletas.
Lo primero que vemos al entrar al restaurante es a la parejina que habíamos visto ya en Salas y el día anterior entrando en Grandas de Salime al atardecer. Toda una sorpresa, que no debiera serlo porque habíamos salido muy tarde por la mañana. Tras comer dejamos las bicicletas en el taller de reparación, para ajustar o cambiar la llanta trasera a la bicicleta de Chous, ajustar el cambio a la de César y el freno trasero a la de Jaime. El encargado nos pidió una hora y media, en la que dimos un paseo por Fonsagrada y tomamos un café.
El taller de Luis.

Cuando volvimos al taller solo estaba lista la bicicleta de César, y el jefe del taller insistió el ajustar la dirección de Jaime; que hasta el momento se movía de forma brusca en 3 posiciones de forma que era imposible hacer pequeñas variaciones de dirección, lo cual es peligroso cuando se rueda por caminos de piedras. Mientras tanto otro empleado del taller se encargaba de la llanta de Chous, a la que nosotros ya habíamos diagnosticado como insalvable desde primera hora del día. Tras mirar la llanta girar en vacío severos minutos, y decirle a Chous “pues va a haber que cambiarla eh”, escuchar a Chous decir “si si, pues a cambiarla...” dos o tres veces; finalmente cambiaron la llanta a la bicicleta. Mientras el empleado cambiaba la llanta, nosotros hablábamos con el dueño del taller (Luis) sobre el camino, los tramos que se podía hacer el bicicleta y los que eran convenientes hacer por carretera. Ante la cordialidad de éste, y después del buen trato que habíamos tenido por la mañana en la ferretería de Grandas de Salime; César calcula que la factura estará entorno a 20€ o 25€, y sugiere que si el importe es menor que ésta última cantidad paguemos 25€ por el buen trato que Luis nos había dado. Noé y Chous se quedan sin palabras ante esta sugerencia, se muestran cautos, con cara de tener una idea en mente pero sin decirla. Al final Chous le da la cartera a César y le dice que pague él. En la oficina del taller...

César: bueno, ¿me dices cuánto te debemos?
Luis: si, a ver...
Luis: 62€
Luis: ¿Quieres una notina?
[César piensa: ¿Qué? El precio de la llanta esta mañana en la ferretería de Grandas eran 10€. ¿Cómo puede cobrarnos 62€? Y pensar que yo estaba dispuesto a dejarle una propina...]
César: ehm, ¿62€ eh? (realmente esperando que fuese la típica broma que se hace cuando alguien presta un servicio de forma gratuita antes de decir “no hombre no, deja...”)
César: a ver un momento que igual tengo que ir a pedirles dinero a mis compañeros... (había poco más de 30€ en la cartera que utilizábamos para pagar los gastos comunes)
Luis: si, vale vale.
[Finalmente César paga con dinero que tenía en su cartera]
César: ¿me puedes dar una nota? (para justificar tal gasto ante Noé, Jaime y Chous)
Luis: si, si claro
[Luis coge un papel y escribe en el...]
Luis: ¡Toma!
[Luis entrega un trozo de papel en el que se ve escrito llanta, ajuste rueda, ajuste cambio, una llave agrupando las tres líneas y 62€ a la derecha de la llave]
César: vale, venga hasta luego.
Luis: Y acordaros, podéis coger el camino hasta la tercera vez que se cruza con la carretera, luego ya seguid por ella porque el camino está muy malo para ir en bicicleta.
César: si, gracias.
Al salir de la oficina del taller y verle la cara a César los demás preguntan que había pasado, y el los invita a adivinar la factura mientras pedalean poniéndose ya en la ruta. Tras las bromas correspondientes, y las caras de sorpresa nos ponemos de nuevo en ruta siguiendo las instrucciones de Luis (desde ese momento Luisín),

Con todos los retrasos acarreados, no teníamos claro cual era el final de nuestra etapa así que simplemente pedaleamos por la carretera buscando llegar a alguna población en un momento del día que no nos invitase a seguir el viaje.

Las subidas y las bajadas se sucedían en aquella carretera con buen firme y arcenes anchos. En una de las bajadas nos adelantaron dos motocicletas de alta cilindrada, en la siguiente subida una de ellas estaba metida debajo del guarda raíl del carril contrario y afortunadamente el conductor estaba llamando al seguro sin lesiones aparentes. Noé les pregunta si están bien, los moteros afirman y dan las gracias por preguntar, y pocos metros más adelante Chous se burla diciendo “¿tais bien? Por que sino sacamos de aquí el maletín de primeros auxilios y llevamos al herido al hospital en bicicleta...”.

En la tercera o cuarta subida, que tenía carril para vehículos lentos la pájara que César llevaba sufriendo durante toda la tarde se acentúa y se viene abajo. Posiblemente estaba pagando el esfuerzo de los kilómetros de fuga hechos por la mañana. Y es en este contexto cuando se produce la conversación estúpida de la jornada:

César: Oye, ¿habrá que parar donde termina el carril de vehículos lentos ho?
Chous: No se, ¿quies parar?
César: Buf, si si tío.
[Llegando ya al final del carril de vehículos lentos, donde la pendiente de la carretera era menor]
Chous: ¿Entos paramos no? A mi me va a venir bien también.
César: Na, tira, tira que recupero.
[Unos metros más arriba]
Chous: ¿Entonces paro o no paro?
César: Como quieras Chous.
[En el final del carril]
Chous: ¿No paramos entonces?
[César con la lengua fuera]
César: Na, si, para, para.
Chous: [risas]

Entorno a las ocho de la tarde entramos en la localidad de Cádavo y todo apunta a que ese sería nuestro punto final por hoy. Cabe destacar que la llegada a Cádavo la hicimos al sprint, no había fuerzas para subir las últimas tres colinas pero si para pegar una sprintada de muerte de camino al albergue con los consecuentes comentarios de Chous “ya se ve lo cansao que estás, en la subida de antes no pedaleabas así...”

Cuando llegamos al albergue, una peregrina que estaba allí nos dice que estaba lleno y en estos casos los peregrinos son acogidos en el polideportivo municipal. De camino al polideportivo, vemos en el centro del pueblo diversos tenderetes, juegos hinchables, puestos de tiro, coches de choque, feriantes, dos escenarios de orquestas y una caravana churrería; ¡por fin habíamos encontrado un pueblo en fiestas! En el gimnasio vemos que no hay ninguna colchoneta ni nada para hacer el suelo menos incómodo, con las mismas volvemos al albergue a buscar cartones o cualquier cosa que ablande el suelo para poder dormir. A estas alturas, los ánimos estaban por los suelos después del día que habíamos tenido; y pensar en dormir en el suelo no ayudaba precisamente.

De camino al albergue Noé recuerda que hay otro hostal, en el que preguntamos por habitaciones y nos ofertan la última, una doble por 35€. Noé le pregunta a la hostelera si es una habitación doble dónde puedan entrar cuatro personas haciendo un esfuerzo, recibiendo como respuesta “no, no, y no; ya se lo que quieres intentar pero no”. Ante la desesperación de César por intentar no dormir en el suelo, propone sortear la habitación de este modo al menos dos de nosotros dormiríamos “bien”. Al final, Jaime y Noé declinan la oferta y dejan a Chous y a César el placer de dormir en una cama.

Al entrar al hostal, nos damos cuenta de que llevamos ropa húmeda en las alforjas. Hoy no habíamos podido secarla al Sol como el día anterior. La hostelera no se mostraba tan amable como la gente que habíamos encontrado hasta ahora (incluso Luisín fue amable).

César: ¿Hay una lavadora que podamos usar?
Hostelera: No.
César: ¿Secadora?
Hostelera: No.
César: ¿No puedes poner un programa de secado en la lavadora y dejar nuestra ropa secando esta noche?
Hostelera: No, ando muy liada y no tengo tiempo para ocuparme de más cosas.
César: Bueno, solo es meter la ropa y poner el programa de secado...
Hostelera: No.
De camino a la habitación se ve un radiador en el pasillo del hostal...
César: una pregunta, si por la noche tenemos frío, ¿podemos coger ese radiador?
Hostelera: ¿de verdad crees que vais a tener frío por la noche?
César: bueno, hizo mal día...
La hostelera lo interrumpe.
Hostelera: ¿O lo que quieres es secar la ropa en el radiador?
César entiende esa pregunta como una pregunta retórica con una respuesta positiva.
César: Bueno, eso también jeje
Hostelera: Pues no, no lo podéis coger. La instalación eléctrica no aguanta tantas cosas enchufadas.
César: Vale.

Una vez en la habitación César y Chous buscan la manera de colgar la ropa húmeda, y buscando perchas en el armario encuentran un abrigo de invierno (también conocido como el abrigo de la tía Antonia) y un montón de maletas que sirven para hacer el tonto mientras se instalaban.

Antes de salir Noé llama por teléfono y pide algo de ropa de abrigo, la noche estaba nublada y bastante desagradable. No había duda alguna de que prenda debía vestir Noé esa noche. Y no lo olvidemos, eran las fiestas del pueblo.

Esta noche hicimos la primera gran cena de nuestro camino, con pulpo, calamares, lacón, croquetas, vino, chupitos de licor de café y pan mojado en Cola Cao de postre. ¿La cuenta? Menos de 40€, ¡sorprendente!

Después de cenar hacemos una vuelta de reconocimiento por la verbena. A la mínima le preguntamos a unas cadavesas por un bar o un pub para tomar algo, y nos llevan al pub del pueblo. Cuando nos dimos cuenta, estábamos en “el pub” de Cádavo, vestidos con ropa deportiva (algunas de ellas sudadas), calzando zapatillas, camiseta del Oviedo y del Sporting de Gijón y el abrigo de la tía Antonia, tomando unas cervezas entre la chavalería local que hacía gala de sus mejores prendas para la ocasión. Dicho de otra manera, había un postureo en Cádavo esa noche equiparable al que se puede encontrar en cualquier ciudad un sábado noche. A estas alturas el abrigo de la tía Antonia sobraba y ante la negativa de César, el grupo (principalmente Noé y Chous) deciden abandonar el abrigo a su suerte sobre un muro. Al terminar la cerveza fuimos directos a saldar la siguiente deuda que había en la verbena; los coches de choque. Y después a la orquesta Pays de Noia, de la que vimos el primer pase completo. En general todos nos animamos, tomamos unas copas y movimos el culucu en la primera fila de gente; pero en particular fueron, como no, Jaime y Noé los que disfrutaron de la orquesta. A las dos de la madrugada termina el primer pase de de Paris de Noia y ponemos punto final a este cuarto y agotador día.
De fiesta por Cádavo.

Solo un último apunte, la ventana de la habitación de Chous y César daba a un patio interno, típico sitio que se utiliza a modo de desagüe por la gente que está disfrutando de la fiesta local. Al dejar la ventana abierta (ciertamente la hostelera sabía que no tendríamos frío) pudieron escuchar a dos parejas de chicas ir a hacer sus necesidades a un par de metros de su ventana antes de caer dormidos. Por supuesto que se les pasó por la cabeza darles un susto, pero faltaron huevos y sobraron ganas de meterse en problemas, después de todo al día siguiente teníamos que madrugar.