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domingo, 11 de octubre de 2015

Un pueblo tranquilo

El pueblo donde nunca pasa nada. El mayor problema del día puede ser que el periódico esté ocupado cuando llego a la cafetería. ¿Existe la vida sin preocupaciones?

Los abuelitos descansan a la sombra en los bancos del parque, que en algunos rincones aún huele a primavera a pesar de que el calendario dicta ya el final del verano. Se citan cada mañana, con sus bastones y sombreros, para hablar los unos con los otros. De qué, lo desconozco. Llevan años viéndose y supongo que contándose las mismas cosas. El silencio se rompe de vez en cuando por el sonido del agua de la fuente o por el paso de algún coche. Las doce campanadas del reloj del ayuntamiento abren la veda del vermú.

Un compañero del colegio, que no había visto desde hace al menos diez años, me cuenta que está de vacaciones. Hoy no tiene más ocupación que ir a buscar a Lidia, su hija de cuatro años, a la salida del colegio.

A veces me creo que podría vivir en un pueblo tranquilo, sin prisas, sin preocupaciones y sin agobios, sabiendo dónde encontrar todo lo que necesito. Aunque a ratos necesitaría salir de la asfixiante quietud para tomar aire más allá. En última instancia preferimos la emoción y el desastre al aburrimiento y la seguridad.

Septiembre 2013

lunes, 5 de octubre de 2015

Oviedo en una tarde de otoño

La estación de autobuses, que hasta ahora siempre había calificado como "la nueva estación", cada vez está más gastada. Sólo al recordar la antigua estación, incrustada en los bajos de unos feos edificios de los años sesenta, el adjetivo "nueva" vuelve a tu mente. 

La gente termina su día tomando los autobuses de regreso a casa. Hombres de traje, una adolescente que habla nerviosa al teléfono mientras masca chicle y algunas señoras mayores que llevan bolsas de la compra nutren el espectro humano de la dársena 16.

Saliendo de la ciudad me fijo en un comercio de saldo, de esos qué venden cosas que se romperán enseguida, o regalos que ni se piden ni se quieren, hechos por puro trámite, comprados en el último minuto "porque algo hay que comprar" y que irán directamente a la basura. "Comprar, usar y tirar" se nos queda demasiado largo para engullir la producción de basura plastificada venida de China. 

Al lado, un viejo bar, el Mesón Valdés. Me pregunto como logra sobrevivir en el año 2015. En una de las principales calles de la ciudad, vemos a la derecha la entrada al centro comercial. Una señora está sentada pacientemente en uno de los bancos exteriores, bien abrigada con una chaqueta de invierno. Al pasar por la churrería de la esquina, la churrera, de pie, inmóvil, sin nada que vender ni freír a estas horas, luce su impoluto traje blanco, mirando al infinito de esa calle que debe conocer mejor que el salón de su casa.

Poco después cruzamos los semáforos donde hace dos o tres años un indecente mató a tres familiares en un taxi una noche de fiesta regada con alcohol. En la siguiente esquina la chica tras el mostrador de la tienda de cartuchos de impresora, no muestra tanto entusiasmo como la rotulación de sus lunas - 60% más barato! - , lo único que quiere es salir de ese asqueroso establecimiento en el que lleva encerrada desde las nueve de la mañana. En la pared del siguiente local, que no ha sido ocupado, destaca una pintada que llama al movimiento obrero. Dos señoras que caminan por la acera pasan ante la pintada sin inmutarse. La segunda mira los zapatos de la primera cuando esta se aleja al caminar más deprisa que ella. ¿Qué pensará de esos zapatos? ¿Son iguales que los que ella tiene? ¿Le gustan? ¿Se gusta pensando que los suyos son mejores o más caros? 

El autobús se detiene para recoger gente en el mismo punto donde ya hace años la compañera de clase del instituto que me gustaba casi me atropelló, con su nuevo BMW blanco. En el café D´Cora la camarera y la única cliente del local charlan, sin ninguna prisa, sentadas en la barra. ¿De qué? ¿De las notas de los niños? ¿De los problemas para llegar a fin de mes? Veinte metros más adelante, un cabrio negro indica con un brillante intermitente LED que su conductor se dirige al centro esta tarde.

Saliendo de la ciudad me despido de la misma caseta que lleva décadas sobre una de las naves de la Fábrica de Armas, imperecedera al paso del tiempo. Un cristal roto, señalizado con una cinta roja y blanca es la única diferencia de la que puedo dar cuenta desde la última vez que la vi ahí arriba, casi colgando sobre la carretera y vigilando continuamente San Julián de los Prados.

sábado, 16 de julio de 2011

Producto español

Estoy convencido de que España como marca funciona. O funcionaría si le sacásemos partido como los italianos hacen de forma natural. La unión y el orgullo que tienen por Italia - a pesar la vergüenza que pasan en estos últimos años por su primer ministro - marca la diferencia entre ellos y nosotros. Todo lo que venga del sur se vende “solo” en el norte de Europa En lugar de aprovecharlo nos limitamos a recibir aviones llenos de gente rubia y pálida en las costas del Levante.

Últimamente trato de ver un rato la televisión todos los días mientras ceno. Así puedo pillar algunas palabras en holandés leyendo los subtítulos. Un día de esta semana, mientras zapeaba, me detuve por casualidad en la BBC Two al ver algunas imágenes de España - siempre pica la curiosidad por saber que se ve desde fuera. El canal británico ofrecía un programa que constará de seis episodios en el que su presentador - Rick Stein - se mueve en su furgoneta por la geografía de nuestro país descubriendo los platos típicos de cada región.

La introducción durante los primeros minutos me pareció patética. Procesiones de Semana Santa, duelos a caballo, sevillanas, bailes en tablao flamenco, paellas en la playa y demás estereotipos. Los mismos que me hierven la sangre cuando alguien los menciona y tengo que desmentir que esas no son las labores en las que los españoles ocupan sus vidas cada día. Lo dejé unos minutos más. Le di una oportunidad, y valió la pena.

El inicio de este primer episodio fue Galicia. Metido en la cocina de un restaurante, a Stein le explicaban como hacían el cocido galego. Él comentaba que hay algo parecido en Gales, pero en ese caso lo cuecen todo junto. A diferencia del cocido galego en el que van cociendo grelos, patatas, garbanzos, cabeza y rabo de cerdo, lacón y chorizos de forma separada, aunque aprovechando el agua de todas las cocciones para recoger el sabor de todos los ingredientes. En su segunda parada, en Santiago de Compostela disfrutaba con dos jóvenes, al cargo de un pequeño bar, de la compra en el mercado del pescado. Éstos prepararon unas navajas a la plancha – que yo casi podía oler a través del televisor. Únicamente con aceite, ajo y perejil. Otra sorpresa para el inglés, que admira los platos simples. Las referencias al marisco, en especial al pulpo; y a las empanadas eran constantes en cada uno de los bares que visitaba.

Para mi sorpresa este episodio también cubría Asturias. Comenzando con una espicha en Gijón, donde además de ver como se escancia la sidra, Stein prueba la fabada, los callos, el Queso de Cabrales y el chorizo a la sidra. Hacía una visita a las cuevas de un productor de Queso de Cabrales, donde se dejan los quesos curando. Se sorprende de lo rústico del lugar, oscuro, húmedo, sin instalación de luz, todo hecho en madera como hace años. Él esperaba las baldas de acero inoxidable. En las visitas a dos restaurantes asturianos le enseñan de forma breve como se prepara, como no, la fabada. Y un plato que me encanta: la merluza a la sidra. Al ver como el cocinero prepara la salsa para la merluza, comenta que la cocina de las regiones del norte de España se ayuda mucho de las salsas para sus platos. ¡Somos unos salseros!

Algo que me chocó fue que mostrase la Semana Santa de Oviedo. Sin menospreciarla en absoluto, creo que Andalucía sería mejor escenario para esas fechas. Sentado en la escalera de la Iglesia de San Isidoro, Stein notaba la diferencia entre las ciudades italianas y las españolas por el ambiente más relajado de las nuestras. Sin carteles en cada restaurante anunciando que se sirve el mejor plato de la ciudad. Aquí no se compite - decía -, cada uno hace las cosas lo mejor que se sabe. Hay que probar varios restaurantes para encontrar la especialidad de cada uno.

Tanto en los minutos dedicados a Galicia como a Asturias me gustó el montaje de la serie, mezclando paisajes y explicaciones históricas con el verdadero objetivo de la serie, que es la gastronomía. En Santiago explicó la historia del Camino, que ha sido destino turístico desde la edad media. En la introducción de Asturias se le veía subir con la furgoneta a los Lagos de Covadonga, mientras explicaba porque ese lugar es tan especial.

Más breve fue el tiempo dedicado a Cantabria. Donde una señora le enseñaba como hacía las morcillas con arroz, cebolla, pimentón, tripas y sangre de cerdo, en su casa. El presentador lamentaba que estas costumbres se pierdan con el paso del tiempo. La última parada fue la ciudad de San Sebastián. Desde la antigüedad los pescadores vascos se reúnen de forma esporádica para cocinar e intercambiar recetas. Eran los hombres quienes cocinaban en estas reuniones, no sus mujeres que no asistían. Pues esto es algo que ha llegado hasta nuestros días, donde grupos de hombres se reúnen en locales privados para cantar, beber, cocinar y comer. Sentado a la mesa con uno de estos grupos, se explicaba la historia de las cocochas mientras los hombres entonaban canciones. Yo ya he comido cocochas alguna vez, pero no sabía que las cocochas son la garganta de las merluzas. Stein decía que tiempo atrás, los marineros comían las cocochas antes de vender el pescado, al estar dentro del cuerpo del pescado se puede quitar sin que el comprador se de cuenta.

Siento envidia al ver que este hombre - extranjero en mi país - es capaz de meterse tan a fondo en nuestra cultura. Tendrá un buen equipo detrás que le prepara las visitas y contacta con la gente que explica las tradiciones gastronómicas españolas. Pero aún así, es una pena ver que nosotros tenemos a mano todo lo que se vio en el programa y lo ignoramos inconscientemente sin explotarlo.

viernes, 1 de abril de 2011

Sevilla tiene un color especial

¡Pues sí! ¿Quién me lo iba a decir? Me encantó Sevilla. A mí que nunca tuve una especial admiración por la idiosincrasia andaluza a pesar de tener ascendencia de la tierra. Si, la última vez que alguien me recordó que soy un intolerante fue hace cuatro días como quien dice...

La Maestranza de Sevilla al otro lado del Guadalquivir


Ingenuo de mí que pensaba que esa frase tan repetida de "Sevilla huele a azahar o a primavera" era una exageración. Pues no, no lo es. Y desde el primer minuto que empiezas a caminar lo hueles, hay naranjos por todas partes que en primavera dan un olor a la ciudad distinto a todo. Por cierto, esas naranjas se utilizan para hacer mermelada de naranja agria que gusta en el Reino Unido.

Llevaba unas semanas echando la cuenta atrás para volver a sentir lo que es estar de vacaciones, buen tiempo, gafitas de sol, cámara de fotos y a caminar. El propósito del viaje no era solo ir a Sevilla, era reencontrarse con el compadre Lapresta con todo lo que ello conlleva, que además de tratarme como un rey, hacer de guía y traductor andaluz - no andaluz, cuando le das las gracias te dice que las gracias las dejamos para los curas y los santos. Qué tío más grande mi compadre, ¡si es que es un señor! No se me olvida el café y la copa en la terraza del Hotel Doña María, casi tocando la Giralda con la mano. Ya de paso quedé con Helena, que me dio pie a recordar lo bien que lo pasamos en aquella clase del instituto (y lo mucho que nos tuvo que aguantar). No hubo más remedio que comentar también otras aventuras y desventuras de nuestro pueblín y sus diversas gentes. Cómo presta hablar con alguien después de tanto tiempo y ver que si, que eso, que se puede hablar con la otra persona casi como si no haya pasado el tiempo.


Como les dije a ambos dos cuando íbamos de camino al tablao flamenco el lunes por la noche, el centro de Sevilla parece un parque de atracciones, es como el Far West de Disney World, solo que esta vez hay gente y vidas detrás de cada pared y cada ventana. Como puntos obligados de paso me quedo con la Plaza de España que es indescriptible, la Alameda de Hércules, las callejuelas de Santa Cruz son un encanto, perderse en los jardines del Real Alcázar por un par de horas está más que justificado mientras disfrutas de la compañía o tomarse una servesita en la calle Betis depués de caminar hasta allí desde la Torre del Oro y cruzar el Guadalquivir en el puente de Isabel II para entrar en Triana. Y como no la catedral, con su Giralda y con los coches de caballos a sus pies que te hacen preguntarte donde está tu sombrero cordobés.


Aunque lo parezca, los camareros y la gente en la calle no actúan, ellos son así, a los "forasteros" nos parece estar en una película al oír sus comentarios y discusiones o ver como toman confianza y entran en detalles a la mínima, como el camarero que tras dos minutos de conversación sobre las multas de tráfico decía "hombreeee por trehsientoh euroh me voy con mi señiora y mih niñios a comer gambah a Huelva, ¿sabe uhte?", o una niña discutiendo con su hermano en la calle "mmm Pedro mira tu me ehtáh tocando musho la morá(l) hoy eh, luego no digah que no hah hesho na"

Patio andalúz

Lo de forasteros lo digo para definirme de alguna manera dentro de un entorno donde te sientes como un extranjero aunque estés en tu propio país. Alfonso, el cantaor de flamenco decía a esto que "no digan uhtedeh que zoih forahteroh viniendo de Ahturiah que de ezo nada eh", además de contarnos su visita a nuestra región de la que recordaba el arroz con leche con azúcar requemada. Alfonso, que respondía diciendo "¿yo maeztro?¿yo maeztro de qué hombre? Uhte me dirá..." cuando Lapre le pidió que nos hiciéramos una fotografía con el, empezó haciendo un programa de radio con el cual conoció a los míticos cantaores pero no se decidió a cantar hasta hace quince años. Nos decía que con el flamenco puedes estar de gira todo el año por Europa, Japón, Estados Unidos, Australia, y que los cantaores de flamenco son los artistas a nivel amateur que más viajan; pero a el lo de volar no le hace mucha gracia. No pudo contenerse las ganas de decir que no le gustan los grupos de nueva creación que se hacen llamar grupos de flamenco-pop, flamenco-rock, flamenco-fussion o flamenco lo que sea: "no oigan, ponerle uhtedeh el nombre que queráis pero ezo no eh flamenco".

Dos asturianos, un granaino y el maestro

Reconozco que también volví a España pensando en comida, ¿cómo no? Lo hicimos bien; chuletón de buey a la parrilla para empezar, y luego las tapitas en esas tascas de toda la vida donde te apuntan la cuenta con una tiza en la barra de madera, calamares, croquetas, solomillo al whisky, tortillita de camarones, piripi, mantecaitos, pringá, tortilla de papas, pescaito frito, jamón serrano ¡y olé!

Mantecaitos

Dos apuntes para no olvidar:
  • La bofetada de sevillanía que recibí el viernes de madrugada, de camino a casa al ver a un hombre tocando la guitarra con ocho o diez personas alrededor cantando, en una de esas calles estrechas y empedradas que riegan con agua por las noches, cuando yo aún no estaba inmunizado al olor del azahar y lo sentía cada vez que respiraba.
  • El olor a hierba buena y lima que venía de algún mojito al tiempo que empezaba a soñar la canción El Kilo de Orishas mientras Helena y yo esperábamos por nuestra tosta con queso provolone, salmorejo y jamón. Esa sensación es la guinda de un gran pastel que fue el lunes de terraceo, paseos, cervezas, tapas y cafés.
Ahí te dejo Sevilla, nos volveremos a ver.