La estación de autobuses, que hasta ahora siempre había calificado como "la nueva estación", cada vez está más gastada. Sólo al recordar la antigua estación, incrustada en los bajos de unos feos edificios de los años sesenta, el adjetivo "nueva" vuelve a tu mente.
La gente termina su día tomando los autobuses de regreso a casa. Hombres de traje, una adolescente que habla nerviosa al teléfono mientras masca chicle y algunas señoras mayores que llevan bolsas de la compra nutren el espectro humano de la dársena 16.
Saliendo de la ciudad me fijo en un comercio de saldo, de esos qué venden cosas que se romperán enseguida, o regalos que ni se piden ni se quieren, hechos por puro trámite, comprados en el último minuto "porque algo hay que comprar" y que irán directamente a la basura. "Comprar, usar y tirar" se nos queda demasiado largo para engullir la producción de basura plastificada venida de China.
Al lado, un viejo bar, el Mesón Valdés. Me pregunto como logra sobrevivir en el año 2015. En una de las principales calles de la ciudad, vemos a la derecha la entrada al centro comercial. Una señora está sentada pacientemente en uno de los bancos exteriores, bien abrigada con una chaqueta de invierno. Al pasar por la churrería de la esquina, la churrera, de pie, inmóvil, sin nada que vender ni freír a estas horas, luce su impoluto traje blanco, mirando al infinito de esa calle que debe conocer mejor que el salón de su casa.
Poco después cruzamos los semáforos donde hace dos o tres años un indecente mató a tres familiares en un taxi una noche de fiesta regada con alcohol. En la siguiente esquina la chica tras el mostrador de la tienda de cartuchos de impresora, no muestra tanto entusiasmo como la rotulación de sus lunas - 60% más barato! - , lo único que quiere es salir de ese asqueroso establecimiento en el que lleva encerrada desde las nueve de la mañana. En la pared del siguiente local, que no ha sido ocupado, destaca una pintada que llama al movimiento obrero. Dos señoras que caminan por la acera pasan ante la pintada sin inmutarse. La segunda mira los zapatos de la primera cuando esta se aleja al caminar más deprisa que ella. ¿Qué pensará de esos zapatos? ¿Son iguales que los que ella tiene? ¿Le gustan? ¿Se gusta pensando que los suyos son mejores o más caros?
El autobús se detiene para recoger gente en el mismo punto donde ya hace años la compañera de clase del instituto que me gustaba casi me atropelló, con su nuevo BMW blanco. En el café D´Cora la camarera y la única cliente del local charlan, sin ninguna prisa, sentadas en la barra. ¿De qué? ¿De las notas de los niños? ¿De los problemas para llegar a fin de mes? Veinte metros más adelante, un cabrio negro indica con un brillante intermitente LED que su conductor se dirige al centro esta tarde.
Saliendo de la ciudad me despido de la misma caseta que lleva décadas sobre una de las naves de la Fábrica de Armas, imperecedera al paso del tiempo. Un cristal roto, señalizado con una cinta roja y blanca es la única diferencia de la que puedo dar cuenta desde la última vez que la vi ahí arriba, casi colgando sobre la carretera y vigilando continuamente San Julián de los Prados.