sábado, 17 de enero de 2015

Una de taxis en Buenos Aires (I)

La reciente visita a Buenos Aires, por motivos de trabajo, no me podría haber dejado mejor sabor de boca. Se que volveré. Volveré por la gente, por encontrarte inmerso en pleno verano tras unas horas de avión, por la comida, por descubrir una ciudad inmensa que en sus tiempos hacía sombra a cualquier otra capital del mundo. No he tenido ocasión de caminar por el centro, pero lo que he visto desde los taxis son cantidad de avenidas de seis y ocho carriles. Edificios enormes, que te hacen sentir igual de insignificante que los del centro de Londres.



Cuando en los mostradores de facturación nos avisaron de que nuestro vuelo podría retrasarse debido a un fallo técnico, mis compañeros y yo debimos de ser los únicos de todo el pasaje en alegrarnos por tener unas horas extra en la ciudad. Después de un par de horas de espera nos confirman que efectivamente el vuelo se cancela hasta el día siguiente. Nos alojaremos en un hotel del centro a gastos pagados. 

Para evitar la espera por el autobús que trasladaría a todo el pasaje hasta el hotel, decidimos coger un taxi. Así seríamos los primeros en llegar al hotel y evitando la interminable cola mientras todos los pasajeros se registran.

Como yo era el único que podía hablar con la gente local, al salir de la terminal con los mismos bultos que habíamos entrado horas antes, me encomiendan la misión de encontrar un taxi que nos lleve al hotel.

En la melé de coches, pasajeros, maletas y carritos encontré un monovolumen Volkswagen, que estoy seguro no se vende en Europa, perfecto para llevar todo nuestro equipaje al centro de Buenos Aires.

- ¿Está libre?
- Si, un momento - me responde el taxista al tiempo que acaba de hablar con otra persona que se bajaba de una camioneta blanca. Una de estas mastodónticas Ford o Dodge que ahora están de moda entre raperos y narcotraficantes. - súbete, súbete.

Me acomodo en el asiento de acompañante, retirando antes las RayBan que se allí se encontraban. Al momento el taxista se sube al coche. Mientras le explico que mis compañeros esperan en la última puerta de la terminal para ser recogidos y dirigirnos al Hotel Sheraton Retiro, un hombre golpea la ventanilla del conductor con violencia. Ventanilla que estaba apuntalada con pinzas de la ropa para que no se caiga, igual que la de la puerta del acompañante.

- ¿Pero que coño te pasa? ¿Estás mal de la cabeza boludo?

Sinceramente yo no recuerdo que el otro hombre respondiese a ninguna de las preguntas con palabras, solo golpeaba el taxi.

- ¿Qué me estás diciendo de como manejo yo? A ver si me bajo y te parto la cabeza.

Hicimos un par de intentos de arrancar e incorporarnos al carril que recorre el frente de la terminal para dejar y recoger pasajeros. Pero los coches no paraban de pasar uno tras otro, y el tipo de fuera volvía a dar golpes en el taxi. La última vez el taxista se bajó, y si recuerdo haber oído al hombre de fuera decir algo.

- Mira mejor vete de aquí por tu familia.
-¿Pero me estás amenazando tarado? Flaco estás muy mal eh. - gritó el taxista al tiempo que abría la puerta y le pegaba un manotazo al hombre de fuera.

Yo solo pensaba que era una pena que yo fuese el único de mis compañeros que estaba viendo lo bien que empezaba nuestro día extra en Buenos Aires. Después de unos cuantos mano-puñetazos entre ambos una señora mayor, que yo entendí ser la madre del otro hombre, intervino entre los dos diciendole al taxista "marchate, marchate ya" (no, no lleva tilde).

Taxi porteño VW.

Cuando el taxista vuelve a subirse al coche y finalmente rodamos metidos en el tráfico, todavía duda si volver a pararse cuando el hombre de fuera grita algo. Yo le digo "venga déjalo hombre, si tiene cara de deficiente mental".

- Sí, sí que la tiene. Es verdad. - me dice golpeándome con el codo de su brazo tatuado después de meter segunda. - Nada, un loco que aparcó su camioneta al lado del taxi y le dije "oye tío, mueve el auto que no puedo salir".
- Toma - le paso las gafas de sol que había encontrado en el asiento -, no merece la pena ni pararse...
- Gracias.
- Mira tenemos que recoger a mis compañeros en la última puerta y luego nos vamos al Sheraton del centro.
- ¿Qué Sheraton? Hay dos. Está el de Retiro y el de Libertador.
- Pues no se, ahora lo miramos con mi jefe. Párate aquí que voy a buscarlos.

Cuando llego a mis compañeros, les digo que ya antes de salir he visto una medio pelea entre el taxista y otro conductor. ¡La cosa promete!

Jules, el mecánico jefe del equipo, me pregunta si éste es nuestro taxista cuando él viene a recoger su maleta. Al decirle que sí empieza a reírse y responde "he doesn´t care, you can tell just by the way he walks".

El taxista carga las maletas y nos pide la dirección del hotel, que resulta ser el de Retiro, como bien tenía apuntado Rob. Cuando estamos saliendo de la terminal, el sol vuelve a darle de lleno al coche y oigo a Rob, el jefe del equipo, decir que éste iba a ser un viaje entretenido. Jules y Lofty, primer mecánico de uno de nuestros coches, sonríen y asienten con la cabeza. A los británicos siempre les llama la atención el poco respeto al volante de españoles, portugueses e italianos. Los argentinos todavía van más allá.

Antes de abandonar el aeropuerto ya habíamos adelantado un coche por el interior, en una curva a derechas, de la que nos acercábamos a la fila para pagar el tránsito por el parking del aeropuerto.

El precio del trayecto, de una media hora, estaba apalabrado en 350 pesos argentinos. Después de ver el calibre de taxista que nos había tocado no podía menos que empezar a tirarle de la lengua como hago cada vez que me encuentro un taxista hablador.

- Pues nos cancelaron el vuelo y no nos vamos hasta mañana.
- ¡Vaya!
- La verdad es que estamos encantados porque veníamos a trabajar y así podemos aprovechar otro día por aquí. Yo de lo poco que he visto, me encanta. ¿Oye algún sitio para salir esta noche? ¿Un boliche como decís vosotros?
- Sí, a ver... Está el Terrazas, que se llena de gente. El Faena, que se pone buenísimo también. Es la discoteca de un hotel y se llena todos los días. Y luego tienes el Tequila pero creo que no abre el lunes, tienes que preguntar. Es que en esta época del año, la gente está de vacaciones en la playa. Es como si tú en Agosto vas en España a Granada, ¿quién hay? Nadie, están todos en Marbella.
- Bueno ayer salimos en la zona de Plaza Serrano, en Palermo y acabamos en una discoteca llena de gente. El Kika se llamaba, que de hecho el taxista que nos llevó al hotel nos dijo que los domingos ese sitio está lleno de putas.
- No tío, no. Qué va. ¿El Kika? ¡Si yo vivo a cuatro calles de allí! A ver el Kika es un bolichón, con minas muy putas pero no son putas.
- Bueno, no se. Eso es lo que nos dijeron ayer al volver al hotel.
- No hombre, es que las argentinas son muy putas pero en el Kika no hay putas. A lo mejor alguna... ¡Pero es que la gente tiene que comer tío! Cada uno se gana la vida como puede.

- ¿Cuánto tiempo habéis pasado aquí?
- Nada, llegamos el jueves y nos íbamos hoy.
- ¿De dónde eres tú?
- Español.
- Si, ¿pero dónde en España?
- De Asturias.
- ¿Asturias? ¡Que bueno! Conozco Asturias, he estado allí. ¿De dónde?
- De un pueblo cerca de Oviedo.
- ¿Cuál? ¿Cómo se llama?
- ¿Pola de Siero?
- Si, ¡he estado en tu pueblo tío! Con el bar ese gasolinera. - se reía. A estas alturas ya habíamos cambiado de carrir unas ocho o nueve veces aprovechando los huecos que van quedando en los carriles de la derecha y de la izquierda.
- ¿No jodas?
- Sí, sí. Y he estado en Candás, en Luanco, en Oviedo claro, en Avilés, en Gijón... ¡Hostia! ¡Las pibas de Gijón! ¡Son unas putas tío! ¡Pero es que son putísimas! - grita echandose una mano a la cabeza. - Solo les falta el lazo y el papel de regalo. Me acuerdo que las noches que salimos acabamos follando todos. Como se sale siempre por los mismos bares, la misma zona, vas cruzándolas y viéndolas a todas varias veces en la misma noche. Y al final de la noche siempre hay alguna que cae.
- ¿Tú sabes que en España decimos que los argentinos nos quitan a las tías?
- No, pero viste que solo con decirlas dos tonterías ya son tuyas.
- Un argentino que va a España a pillar lo tiene fácil.
- Yo la verdad es que les robaba besos a todas.
- ¿Y qué hacías en Asturias?
- De visita. Estuve tres o cuatro meses viajando por España. Tengo un amigo que labura en Pajares de instructor. También fuimos a otro pueblo que está entre Gijón y Avilés.
- ¿Candás?
- No, no es Candás.
-¿Luanco? - pensé que se estaba liando con la costa asturiana, pero no.
- No, no. Por el interior. Se va por una carretera por la montaña. Para comer...
- ¿Tazones?¿Lastres?
- No, ¡que va! Lastres está allá del lado de la playa esa. Yo te digo un pueblo que vas a comer. Llegas al bar y dice "Hoy para comer: lo de todos los días."
- ¡Hostia! Ya se dónde es. No me digas que has estado ahí jajajajaja que buena colega. ¡No me lo puedo creer! Que de primero hay pote, luego cordero, luego fabada, luego filetes empanados... - habíamos llegado a tal punto de excitación en la conversación que Rob, Jules y Lofty miraban como en la fila de delante hablábamos cada vez más alto con alguna carcajada y aplausos. Me doy cuenta de oír a Rob decir algo sobre como suenan el Español y el Portugués a Jules y Lofty.
- ¡Si tío! Que te ponen siete platos o una monstruosidad así. Lo lleva un hombre mayor además, ¿no? Y su señora creo. Que me dijo que si lo terminaba todo no tenía que pagar. Y total para nada porque me cogí un panzón y no pude acabarlo, ¿viste?
- Illas, ese sitio se llama Illas. Yo fui una vez con mis padres y mis tíos. Pero ni siquiera lo conoce mucha gente de Asturias.
- ¿Pues ves cómo estuve en Asturias? Joder, ahora que me acuerdo de la comida esa. Pues sí, ahí era.  - me confesaba mientras apurábamos una frenada para meter el coche en uno de los huecos de las colas del peaje.

Después del peaje cambiamos de continente y toca hablar de Argentina.

- ¿Y cómo se vive aquí?
- Jodido. Muy jodido. La inflación nos amarga la vida. Esto - apuntando a su cajetilla de tabaco - un día te cuesta ocho, al día siguiente trece, al siguiente veintiuno y luego vuelve a costar ocho, Además no nos dejan cambiar más de cuatrocientos pesos a dólares.
- ¿Los precios en dólares no cambian?
- No claro, lo bueno sería tener siempre dólares porque entonces los precios serían constantes.
- ¿Cuánto son cuatrocientos dólares en pesos?
- Pues son unos cuatro mil pesos, que viene a ser un sueldo normalito. La gasolina está al doble que cuando yo estuve en España y los sueldos son más pequeños. Cuatro mil pesos, cuatrocientos dólares o trescientos y poco euros, como quieras.
- Nos han dicho que tengamos cuidado al salir a la calle por la inseguridad y todo eso...
- Con la necesidad que hay la gente hace de todo para vivir. Está el taxi que tiene el metro trucado para cobrar de más, el que te roba cuando sales del banco, los que roban a los turistas, las putas...
- Yo no he visto nada fuera de lo normal. Alguna gente durmiendo en la calle, pero igual que se ve en Madrid o Londres. Y sí que he visto gente tomando algo en las terrazas por la noche. En ese sentido me parece todo más tranquilo de lo que nos habían advertido.
- Si, pero no te confíes. Allá a la zona donde van ustedes por la noche les va a salir caro porque necesitan taxi.
- ¿Qué está en zona mala?
- A la parte de atrás de la estación está la villa. Llena de drogadictos. Yonkis. Pero no yonkis como los yonkis de España que dan risa. Yonkis agresivos, que están del crack. Porque en España son yonkis de heroína y eso los atonta. Pero aquí los yonkis están de fumar crack y eso los pone agresivos, ¿sabés?

Se lo traduzco a mis compañeros que van en el asiento de atrás, hasta ahora cuchicheando y suspirando cada vez que cambiábamos de carril o tomábamos un desvío. El taxista se lo cuenta con una traducción más que aceptable, usando expresiones literales, mirándolos por el retrovisor.

- What´s the WIFI password? - pregunta Jules desde el asiento de atrás.
- ¿Tienes WIFI en el taxi?
- Sí, ¿viste? Si total es una tontería porque el propio aparatito lo tiene incorporado. Tú con que tengas tarifa de datos ya está.
- ¡Qué guay! Eso no lo he visto en ningún otro taxi.
- Pues ya ves, aquí cuidamos al cliente.

- ¿Y cómo se llegó a esta situación? Porque hace cincuenta años Argentina era uno de los países punteros del mundo.
- Pues se llegó con ladrones. Cada gobierno que hemos tenido aquí ha robado más que el anterior. Éstos que están ahora han sido los que más han robado de todos. La mina esta, Cristina, y su marido antes han saqueado el país con contratos para sus amigos y sus empresas. Además tiene comprados varios medios de televisión, periódicos, radios, ¿viste? Para tener a la gente controlada en lo que saben, y entretenida, y contarles mentiras porque son gobiernos de estos como Fidel Castro, Hugo Chávez y todos estos.
- Sí, populistas. Qué pena, con lo que ha tenido que ser Argentina hace cien años, con gente llegando de España, Alemania, Italia...
- Mi madre es de ascendencia polaca y mi papá era de Granada.
- ¿La gente no se da cuenta?
- ¿La gente? El sesenta por ciento de la población de Argentina es analfabeta tío. Tú al campesino le das un subsidio y tienes su voto. Tú al negro le das una ayuda mensual y tienes su voto. Y así estamos, que el cuarenta por ciento de la gente nunca podemos ganar al sesenta por ciento al que le compran los votos.
- Joder. Yo tengo familiares aquí en Argentina y mis tíos han venido a visitarlos en los años sesenta y setenta. Me contaba mi tío que la primera vez que vinieron se vivía mejor que en España, y que a nuestros familiares les iba bien aquí con negocios y eso. Pero que la segunda vez que vinieron, solo algunos años después, estaban arruinados y el país había perdido todo el esplendor que tenía.
- Así es, la historia de tantos y tantos.
- ¿Pero y todos los coches de lujo que se ven?
- ¿Cuáles?
- Mira ahí va un Audi, ahí va un Mercedes nuevo, otro todo terreno... No hay tantos como en España, pero aún así.
- ¿Esos? La mayoría traficantes de droga. Bueno no, narcotraficantes. Los vas a ver cuando vayas al boliche esta noche porque ahora en verano la gente de dinero de bien se van a la playa. A Punta del Este o a Brasil. Buenos Aires al tener puerto, como todas las ciudades con puerto, tiene el negocio de la droga dentro, muy dentro. Tu piensa que aquí un kilo de coca te cuesta dos mil euros y allá en Europa lo "comprás" por cincuenta mil. Así están las cárceles argentinas llenas de italianos y españoles que intentaron hacerse ricos.

Teníamos que sacar dinero en un cajero para pagar la carrera, así que empezamos la búsqueda desde el taxi para ver donde parar. Esto me recordó lo difícil que había sido encontrar un cajero con dinero la noche anterior.

- Oye ahora que vamos al cajero. ¿Qué pasa aquí con los cajeros? ¿Por qué no tienen dinero? Ayer tuve que probar hasta cuatro.
- Sí, es que era fin de semana y la gente no lleva dinero encima por seguridad. Sacan el dinero que necesitan cada día, cuando lo necesitan y ya está.
- Joder, otra vez con la seguridad. ¿A ti te han atracado alguna vez? Como viandante, no en el taxi.
- No, aunque lo han intentado unas cuantas pero siempre tuve suerte.
- ¿Y en el taxi?
- Si, una. - Tras un silencio continúa la frase casi susurrando mientras se escapa de un semáforo antes de que cambie de rojo a verde - Me dejaron la cara rota... vaya hostias me dieron.
- Entonces si te van a robar, ¿ es mejor dárselo todo por delante?
- Claro, porque aquí todos los robos son con violencia y la mayoría con pistola. Y total para robar nada porque la gente no tiene dinero ni para que la roben.
- Ya.
- Seguro que tú te acuerdas de que hace tres o cuatro años, vinieron una pareja de españoles a viajar por el país. Como si vienes tú y tu novia. Alquilaron un auto, viajaron por el país y ya venían a Buenos Aires a pasar aquí los últimos días antes de irse. Cuando llegaban a Buenos Aires, se equivocaron de salir. En vez de tomar la salida para Puerto Madero - zona en que se encontraba el hotel donde habíamos pasado las últimas noches -, tomaron la salida primera. Cuando el coche se detuvo en un semáforo los tirotearon. ¡Imagínate eh! Aquí como estamos tu y yo ahora con los cinturones puestos. ¡Pum pum pum pum! - apuntaba hacia delante con la mano en forma de pistola - A él no le pasó nada, pero a la novia se la mataron. Y así lo dijo "es que han matado a mi novia, me la mataron...". Imagínate tío.

Por fin encontramos un banco. Cuando nos bajamos todos los "guiris" del coche pienso que somos presa fácil mientras sigo pensando en la historia que acabo de oír. Me tranquilizó ver al taxista echando un cigarro sentado en el capó del coche al terminar de sacar el dinero.

Desde aquí estábamos a cinco minutos del hotel. En la siguiente avenida - Avenida del Libertador - me explica que detrás de la estación inmensa que se ve a la izquierda es donde se encuentra la villa. Y que de salir por la noche, lo hagamos en taxi y en dirección contraria a donde nos encontramos ahora.

Plaza Canadá y Estación del Retiro detrás. A la derecha se puede ver "la villa".

En el hotel descargamos las maletas y Rob me pide que pregunte por un recibo para declarar el viaje en taxi como un gasto de trabajo.

- No te lo voy a rellenar, te voy a dar dos recibos en blanco para que los rellenéis con lo que queráis.
- ¡Ah! Gracias.

Rob me pregunta si le dejaremos una propina y le entrega cuatrocientos pesos.

- ¿Fernando es tu nombre? - como indica en la tarjeta que nos acaba de dar el taxista para que lo llamemos si algún día volvemos a Buenos Aires y necesitamos algo.
- Sí señor, ¿y tú?
- César.
- Pues encantado César. Muchas gracias.
- A ti.
- Buena suerte y cuídense.


Mientras esperábamos para hacer el registro en el hotel, mis compañeros no dejaban de repetir una y otra vez "no hemos estado a más de un palmo de distancia del coche de al lado en todo el viaje".

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