lunes, 26 de enero de 2015

Una de taxis en Buenos Aires (y II)

Después de registrarnos, dejar las cosas en nuestras habitaciones y cambiarnos de ropa, nos reencontramos en el vestíbulo del hotel para ir a comer. Justo cuando salíamos hacia un restaurante próximo llegaba el resto del pasaje de nuestro vuelo. Todos juntos en dos autobuses. Un conocido, que viajaba en el mismo vuelo me dice al pasar:

- ¿Y vuestro equipaje?
- Vinimos en taxi. Ya llegamos hace un rato.
- Bien jugado. Yo es la primera carrera de estas a la que vengo. ¡Y si lo se no vengo coño!

La cena en el hotel no era gran cosa. En realidad era bastante malo. Pero con el último medio kilo de carne que había comido en el almuerzo no necesitaba más que la macedonia servida de postre. En la sala que habían habilitado a modo de comedor provisional se podía ver la amargura del pasaje. Nosotros no podíamos quejarnos. Al no tener casi obligaciones en casa, un día más de "vacaciones" a coste cero se agradece. La siesta en la piscina después de comer es algo que recordaré en los próximos tres meses de invierno que me quedan por delante en centro Europa.

Habitación con vistas a la Estación Retiro de Buenos Aires.

Tras la cena, tomando algo en el bar del hotel decidimos repetir la operación taxi para la mañana siguiente.

- Do you want to call your friend and arrange our transportation for tomorrow morning?
- Sure!
- He will make another four hundred pesos and we avoid qeueing for the check in of our luggage.


- Fernando máquina, soy César. El español de esta tarde.
- Sí, dime dime César. Ya pensaba que eras tú por el número de teléfono.
- Mañana por la mañana tenemos que volver al aeropuerto, ¿cómo lo tienes?
- ¿A qué hora?
- Para salir del hotel a las ocho menos cuarto.
- Vale, sin problema. Yo os voy a buscar. Dime el número de tu habitación por si te duermes o pasa algo hago que te llamen.
- 1916.
- Muy bien, pues a las ocho menos cuarto.
- Oye, ¿todavía estás trabajando?
- No que va tío, acabo de llegar a casa.
- Vaya, queríamos salir. Pillaremos otro taxi entonces.
- Si, mejor yo hoy ya he hecho suficiente.
- Vale, gracias.
- Venga hasta mañana.

Al final Jules y yo cogimos un taxi que otros dos huéspedes del hotel habían acabado de dejar. Le dimos nuestro destino: Mandarine Terrazas en Punta Carrasco.

Después de diez minutos hablando de cosas varias del trabajo en el asiento de atrás, nos damos cuenta de que estamos abandonando la zona más cortés de la ciudad. La distancia entre farolas cada vez es más grande. Las aceras de las calles pasan a ser pedruscos y arenales, empiezan a verse coches desguazados aparcados, grupos de gente rebuscando en la basura y el taxi gira a la derecha en una oscura calle desierta.

- Perdona, ¿a dónde vamos?
- Where the fuck are we going?
- Aquí a Punta Carrasco, dónde me han dicho. - responde el taxista con más miedo que nosotros.
- Sí, pero te habíamos dicho a las Terrazas del Mandarine o algo así.
- Mira, esta calle lleva a Punta Carrasco y yo aquí he traído gente a recitales.

El taxi parado en medio de la nada, Jules mirando hacia atrás por la luna trasera mientras el taxista me daba su teléfono móvil para buscar el destino. El lugar era el perfecto para volver al hotel hasta sin calzoncillos. Asumimos que el Mandarine Terrazas estaba cerrado, algo bastante probable en un lunes de verano, así que pedimos que nos llevase a la Plaza Serrano, que ya conocíamos de la noche anterior.

Al esperar en un semáforo para incorporarnos a la venida vi a la derecha la típica casa fantasma de El Cabo del Miedo. El taxista explicó que era un refugio de pescadores, y que en esa zona se había estrellado un avión hace unos diez años cuando se quedó sin pista para aterrizar. Ya en la avenida, dejando Punta Carrasco a nuestras espaldas un avión de LAN pasa a no más de treinta metros de altura sobre nosotros.

Plaza Serrano

Plaza Serrano presenta el mismo ambiente que la noche anterior, aunque quizás haya algo menos de gente. Varios bares y restaurantes situados alrededor de la plaza, cada uno con su terraza. Todas llenas. Buscamos una mesa y la encontramos al lado de otra donde dos chicas hablaban medio inglés y medio español. La primera hora seguimos hablando del trabajo, principalmente de lo caótico del fin de semana. Después les preguntamos a nuestras vecinas si sabían donde ir un lunes de noche. Ellas también estaban de visita. Eran mexicanas, aunque estudiaban en Texas y cruzaban todos los días la frontera para ir a clase. Su pueblo, Laredo, dividido por el Río Bravo era un pueblo fronterizo. Ellas se consideraban mexicanas, pero tenían pasaporte americano porque sus padres las habían nacido al otro lado de la frontera. Por lo que contaban la gente cruzaba libremente de un lado a otro cada día. Una imagen bastante diferente de las imágenes con la que la televisión nos ceba casi a diario. Llevaban cuatro días en Argentina, y antes habían estado en Chile. Decían que Buenos Aires les gustaba, pero Santiago es donde se quedarían si pudiesen. Estaban haciendo un estudio de las diferencias culturales en países de Sur América. Antes de acercarse a Plaza Serrano se habían encontrado inmersas en un espectáculo de percusión que se llama La Bomba del Tiempo. Demasiados melenudos, cerveza y marihuana las hicieron salirse del grupo horrorizadas decían.

Rematamos la noche en otro bar de la plaza. No recuerdo el nombre, pero creo que es el único que tiene una terraza en la azotea y está decorado con cosas dispares, como un retrete, una silla de barbero antigua, una bicicleta y otros. ¡Mojito aquí!

Se me hacía extraño que de todos los trayectos en taxi que teníamos hechos hasta el momento, en las radios de los taxis siempre sonaba música comercial. No esperaba que todos los taxistas estuviesen sintonizados a Radio Tango, pero si escuchar algo de música nacional. Y fue entonces, cuando a las cuatro de la mañana, surcando los badenes de la Avenida Santa Fe comencé a escuchar los primeros acordes de Flaca, de Calamaro. Sin dudarlo pedí que la subiese. Ventanilla abierta, brazo colgando y cantando mano a mano con "el chofer" una de las más grandes canciones del rock latino. ¡Qué despedida me brindaba Buenos Aires!

Imagen de archivo de la Avenida Santa Fe. Fuente: La Nación.

- La verdad es que tiene una voz particular. - decía el taxista cuando la canción terminaba.
- Sí... Que grande es Calamaro.

La mañana siguiente se despertó lluviosa, con gotas frías y plomizas. Todavía se podía sentir algo de bochorno, aunque no tanto como el día anterior. En frente de la puerta del hotel estaba Fernando esperándonos.

- Buenos días César. ¿Saliste ayer?
- Si, salimos.. - me interrumpe.
- ¿Follaste o no follaste?
- No, no follamos pero estuvo bien la noche. Volvimos a Plaza Serrano porque Terrazas estaba cerrado.
- ¿Ah sí? No, pues no me lo esperaba, no - respondía sorprendido.

Saliendo de la ciudad pensaba que de verdad quería aprovechar los últimos minutos con un auténtico personaje local. Salir de fiesta con este tío tiene que ser como visitar una ciudad distinta.

- ¡Ey!, conocimos ayer por la noche a dos chavalas que habían estado en algo que se llama La Bomba del Tiempo, ¿te suena?
- ¡Ay sí hombre! Claro, como no se me ocurrió decírtelo. Perdona.
- No pasa nada, si con tal de salir, nos vale todo. Dijeron que era un espectáculo de percusión o algo así.
- Sí, se celebra en una sala multiusos del gobierno que cada día se llena con una actividad. Música, teatro, conferencias. Los lunes es la Bomba del Tiempo que está buenísimo. De los mejores espectáculos de la ciudad. Pero empieza temprano eh, a las siete u ocho, una cosa así.

- ¿Cuánto tiempo llevas con el taxi?
- Ahora cuatro años. Antes trabajaba en un supermercado y tenía un chofer para el taxi. Hasta que llegó el momento en que ganaba más el chofer que yo.
- Estoy pensando en vender el departamento que tengo ahí al lado de Plaza Serrano y comprar cuatro o cinco coches con el dinero que saque. Ahí si que puedo hacer dinero.

- Oye vi en tu tarjeta que tu nombre de usuario de Skype es Mrloboo. Como el de Pulp Fiction, ¿o qué?
- Sí, me lo hice ya hace un tiempo... Bueno.

Si el viaje del día anterior les había puesto los pelos de punta a mis compañeros ingleses, esta mañana les oíamos suspirar en el asiento de atrás cuando nos incorporábamos a la autopista cruzando dos carriles y con no más de medio metro al coche de delante. La autopista estaba encharcada. El cabrón de Fernando me miraba mientras se reían.

- ¿Qué son? ¿Americanos?
- No, ingleses. Pero tu dale dale, que les gusta - le dije con un guiño.
- Vale bien.
- The worst thing is that most of them are running almost on slick tyres, you know? - oí decir a Rob en el asiento de atrás abrazado a su mochila.

- ¿Y cómo dices que se llama el pueblo ese donde se come tan bien?
- Illas.
- Ese, ese. Me estaba acordando yo ahora de aquella comida.

Choca que mientras uno piensa en cuánto le gustaría quedarse más tiempo en Buenos Aires, alguien de allí se acuerde en una calurosa y húmeda mañana de verano de sus vacaciones en mi tierra.

Al llegar a uno de los peajes que hay en la autopista que conduce al aeropuerto nos situamos detrás de una furgoneta Mercedes Benz blanca. Destartalada. Con cortinas, o cristales tintados no se, pero opaca a cualquier mirón del exterior.

- Este se va a saltar el peaje ahora ya verás.
- ¿Cómo?
- Estos son transportes ilegales. Llevan gente desde la ciudad a las regiones.
- ¿En plan pirata?
- Sí, claro. Piensa que este tío igual hace diez viajes de ida y diez de vuelta en el día de hoy. Si no paga los cuarenta o cuarenta y dos pesos a la ida y a la vuelta, mira tú lo que se ahora.

Al momento la furgoneta sale pegada al coche que la precedía. La barrera tiene algún tipo de mecanismo elástico de tal forma que vence la fuerza del vehículo y se abre en posición horizontal. Lo ví bien cuando nosotros hicimos lo mismo detrás de la furgoneta. Las caras de Rob, Lofty y Jules eran un poema.

- ¿Se ha saltado el peaje? Esto es increíble - decían entre carcajada y carcajada.
- ¿Se piensan que yo me lo salté también?
- Sí - contesté entre risas.
- No, no. Yo no me lo salté. A mi me cobran por la placa. - explicaba mirándolos por el retrovisor - Díselo tú anda.

Igualmente, ver la barrera golpear la luna del taxi y pensar que nos habíamos saltado el peaje era mejor que la verdadera historia.

- Claro que estas furgonetas no tienen seguro ni nada. Si les pasa algo los ocupantes no están cubiertos.
- También hay furgonetas así en Europa llevando gente de los países del este al centro. Y en España, me acuerdo de ver este tipo de furgoneta blanca con cortinas en la frontera con Francia, en Irún. ¿Pero no les para la policía por saltarse el peaje?
- ¿La policía? La policía aquí está comprada. Mira, esta otra sí es una furgoneta que se dedica a lo mismo pero es legal - me señalaba otra furgoneta más moderna, bien cuidad y rotulada con el nombre de una compañía de transportes.
- ¿Y por qué el dueño de esta compañía de transportes no paga a alguien para extorsionar a la furgoneta pirata?
- No lo dudes. Pero si no lo hace es porque el de esta otra furgoneta conoce a alguien más artero todavía.

Como toda historia, mi visita a Buenos Aires también tiene su final. Y termina el la misma puerta de la terminal donde el día anterior cargábamos nuestro equipaje al taxi.

- Buenos espero que se puedan ir hoy.
- La verdad que preferiríamos quedarnos. ¿Son trescientos cincuenta otra vez?
- Sí.
- Alright mate. One, two, three and four. It´s fine. - Rob contaba los billetes de cien pesos según los entregaba.
- Thank you. Gracias. Bueno César, cuídense. Que les vaya bien.
- Igualmente Fernando. Si vuelves por Asturias avisas. - Le dije dándole mi tarjeta.
- Mirar que no os dejéis nada en el auto.
- Cuando vuelva a Buenos Aires ya tengo taxi, ¿no?
- Si claro, no lo "dudés".

- Guys have a good trip! - gritaba a Jules y Lofty levantando la mano mientras se subía al taxi.

Volvieron a retrasar el vuelo ese día, aunque solo por unas horas durante las cuales Jules y yo mantuvimos la esperanza de tener otra noche en Buenos Aires. Y esta vez sí habríamos llamado a Mr Lobo para salir.


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