lunes, 16 de abril de 2018

Calle Armenia

“Pero vos caminá y dejá que la vida te lleve” dijo con seguridad terminando de secarse el pelo, no recuerdo si con una toalla o con el secador. A continuación, el segundero del reloj que compartía pared con varios cuadros en aquel salón se detenía. No pude no verlo y mi cara de asombro debió de extrañarle. “¿Qué te pasa?” dijo al bajar la toalla sobre sus hombros. Ahora si recuerdo que era una toalla, era yo quien había usado el secador antes. A veces la ausencia de respuesta es en sí una respuesta para el interlocutor. Mi respuesta es cerrar los ojos, extraerme del apartamento y sentir el vértigo al tiempo que la ventana en la que me apoyo se va haciendo cada vez más pequeña, alejándose y añadiéndose a su resplandor el de otras ventanas vecinas, y rápidamente las ventanas de los demás bloques, las luces de bares y coches de la calle Armenia, mezclándose unas con otras, haciéndose todas ellas una masa brillante y más tarde difusa al atravesar la tibia capa de nubes que habían descargado una torrencial lluvia de verano.

Unos seis meses después volvía a ser verano. Posiblemente el último viernes de un Agosto no planeado. Con arena en los pies y de forma casual terminamos en primera fila ante un cuarteto flamenco. Al principio agradable, más que agradable después e hipnotizador dos temas más tarde cuando una estrofa, una sucesión de palabras, de las cuales mi propio ego está convencido no tenían ningún significado especial para las personas que nos rodeaban.

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