“Pero vos caminá
y dejá que la vida te lleve” dijo con seguridad terminando de secarse el pelo,
no recuerdo si con una toalla o con el secador. A continuación, el segundero
del reloj que compartía pared con varios cuadros en aquel salón se detenía. No
pude no verlo y mi cara de asombro debió de extrañarle. “¿Qué te pasa?” dijo al
bajar la toalla sobre sus hombros. Ahora si recuerdo que era una toalla, era yo
quien había usado el secador antes. A veces la ausencia de respuesta es en sí
una respuesta para el interlocutor. Mi respuesta es cerrar los ojos, extraerme
del apartamento y sentir el vértigo al tiempo que la ventana en la que me apoyo
se va haciendo cada vez más pequeña, alejándose y añadiéndose a su resplandor el
de otras ventanas vecinas, y rápidamente las ventanas de los demás bloques, las
luces de bares y coches de la calle Armenia, mezclándose unas con otras,
haciéndose todas ellas una masa brillante y más tarde difusa al atravesar la
tibia capa de nubes que habían descargado una torrencial lluvia de verano.
Unos seis meses
después volvía a ser verano. Posiblemente el último viernes de un Agosto no
planeado. Con arena en los pies y de forma casual terminamos en primera fila
ante un cuarteto flamenco. Al principio agradable, más que agradable después e
hipnotizador dos temas más tarde cuando una estrofa, una sucesión de palabras,
de las cuales mi propio ego está convencido no tenían ningún significado
especial para las personas que nos rodeaban.
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