Etapa 5 (viernes 13 de Agosto de 2010): Cádavo – Palas de Rei.
¡Un nuevo día nos espera! A ver que nos pasa hoy... Esto es lo que piensas los primeros minutos cada día cuando estás haciendo el Camino de Santiago. Luego, a lo largo del día se te van olvidando los incidentes, detalles y todo lo acontecido el día anterior, pero mientras desayunas, te duchas y preparas la salida le das vueltas a lo ocurrido, bien comentándolo con los compañeros o pensando en ello tu mismo.
Para César, y un poco también para Chous, la mayor de las preocupaciones esa mañana era si la ropa que habían tendido el día anterior estaría seca por la mañana o no. Por suerte, estaba seca y pudieron meter toda la ropa en la alforja sabiendo que no era necesario volver a lavar ropa en los dos días de Camino que quedaban por delante.
Hoy, nos despertamos a las nueve de la mañana. Cuando César y Chous llegaron al polideportivo de Cádavo solo estaban Jaime y Noé terminando de recoger. Viendo el polideportivo por la mañana era difícil creer que habían pasado la noche allí 20 o 30 personas, como así había sido. Cuando Jaime y Noé terminan de recoger y montamos todo el equipaje en las bicis, el grupo se dirige a desayunar. Queríamos un desayuno fuerte, contundente, no queríamos más pájaras; así que fuimos al restaurante – bar – cafetería donde habíamos cenado la noche anterior.
Cuatro cafés con leche, dos croissants a la plancha, dos tostadas y otras dos tostadas en pan de hogaza cayeron antes de pedir un bocadillo de pechuga de pollo que lo comimos pasándolo en rondo hasta terminarlo. Coincidimos desayunando con un grupo de peregrinos (a pie) que llegaban a esa hora a Cádavo. Hablando con una de las peregrinas nos comentó que ella había hecho la etapa Fonsagrada – Cádavo en autobús porque tenía una tendinitis y el médico le recomendó no forzar un par de días al menos. El grupo era de Gijón, y la situación cómica se produjo cuando estábamos terminando el desayuno (sobre las 11 y media de la mañana) y ellos nos preguntan que desde dónde habíamos salido ese día. Nuestra respuesta: no, hoy no hemos salido todavía, estamos desayunando y marchamos ahora; es que siempre salimos bastante tarde...
Apuntar que justo antes de partir, cuando estábamos ya montando en las bicicletas aparece el bicigrino que habíamos visto un par de días antes en La Mesa, por el que habíamos discutido sobre su procedencia, si andaluz, argentino, extremeño, murciano... Esta fue la última vez que lo vimos. Quizás este sea un apunte sin importancia, pero me gusta meter los personajes secundarios en la historia de nuestro Camino.
Antes del medio día empezaba nuestra quinta jornada. Como era habitual las primeras conversaciones sobre la bici se referían a las molestias en las manos, provocadas por el manillar, en las piernas por el cansancio y el las posaderas por el sillín. A parte de la procedencia del argentino – andaluz.
Como era tarde, estábamos cansados y aún nos acordábamos de la factura que habíamos pagado el día anterior para reparar las bicicletas tras el descenso mortal hasta el embalse de Grandas de Salime; decidimos empezar a rodar por carretera. Noé y César habían sido, durante todo el viaje, bastante reticentes a abandonar el Camino “real” en favor de una mayor comodidad; al contrario que Jaime y Chous que preferían rodar por carretera y dejarse de complicaciones. El caso es que esa mañana hicimos cerca de 35 kilómetros, sino más, en dos horas gracias a rodar por carretera. Chous ya lo había advertido desde el principio del viaje, que las etapas de Galicia no eran tan rompepiernas como las asturianas; y esa mañana recuerdo ver pasar los hitos kilométricos a una velocidad sorprendente. No obstante el comienzo fue bastante duro, con una subida de tres o cuatro kilómetros nada más empezar, que si bien no tenía un desnivel muy exigente no parece la mejor forma de empezar el día. Durante toda la mañana íbamos viendo peregrinos caminar en sendas contiguas a la carretera por la que nosotros circulábamos, así que a falta de cinco o siete kilómetros para alcanzar la ciudad de Lugo decidimos volver al Camino “real”, el de verdad, el de grava, polvo y piedras. Estos últimos kilómetros nos llevaron más tiempo que todos los que habíamos hecho previamente esa mañana, pero eran mucho más entretenidos.
| La zona antigua de Lugo no le tiene nada que envidiar a Oviedo. |
Así fue como antes de la una y media de la tarde, entrábamos en la ciudad de Lugo dónde haríamos el avituayamiento. Recuerdo, que justo antes de entrar en la ciudad, sobre uno de los puentes que salvan el cauce de uno de los ríos que rodea la ciudad estuvimos hablando con una lugareña muy amigable, que nos comentaba que a ella le gustaba hablar con los peregrinos. Nos contó que pocos días antes había hablado con un grupo de holandeses, y que abundaban también los alemanes. Lo sorprendente es que cuando nos preguntó de dónde veníamos y le enseñamos la bandera de Asturias que llevábamos en tres de las cuatro bicicletas nos dijo que no sabía como era la bandera de Asturias, para decirnos a continuación que “gallegos y asturianos son como hermanos”, y ésta no sería la última vez en oír la frase durante el viaje. Y no le faltaba razón a la señora cuando dijo que pasaban multitud de extranjeros por Lugo haciendo el camino, de hecho cuando subiamos hacia el centro de la ciudad nos encontramos a una chica alemana con la que César puso en práctica sus nociones de Deutsch...
César: Ich spreche Deutsch.
Mädchen: Alles klar!
César: Tschüs.
Mädchen: Tschüs.
La travesía por Lugo fue más fácil de lo esperado, bien es cierto que no entrañaba tanta complicación como la travesía de Oviedo, que salvamos sin problemas por jugar en casa. Para llegar hasta el ayuntamiento rodamos primero por calles transitables hasta adentrarnos en la parte antigua de la ciudad, atravesando la muralla, donde las calles eran peatonales y rodar con la bicicleta no era tan fácil debido a los viandantes caminando en cualquier dirección.
El día anterior, tras ver que los albergues de peregrinos estaban cada vez más concurridos a medida que nos acercábamos a Santiago de Compostela, habíamos buscado en las Páginas Amarillas números de teléfono de los hostales que hay en Palas de Rei, que sería el final de nuestra etapa. Antes de salir de Lugo llamamos a dos de ellos, estando el primero completo pero consiguiendo dos habitaciones dobles en nuestra segunda llamada por 50€ cada una de ellas con desayunos incluidos. ¡Hoy todos dormiríamos en cama!
Poco después de las tres de la tarde, el convoy de polesos arranca de nuevo para cubrir la segunda parte de la etapa que los llevaría hasta Palas de Rei, no sin antes hacerse una fotografía en la famosa muralla de la ciudad. Al poco de abandonar Lugo, pasábamos el hito kilométrico que marcaba los cien kilómetros restantes hasta Santiago de Compostela. Empezábamos a superar barreras psicológicas.
Sería injusto decir que el paisaje gallego, que hasta este momento habíamos visto, no se diferencia demasiado del paisaje asturiano. Pero éste, cambiaría aún más si cabe después de Lugo. El perfil de la etapa se mostraba más o menos llano, con pequeñas subidas y bajadas uniformes, siempre con un desnivel casi inapreciable. Prácticamente todo el Camino que hicimos de tarde discurría por carreteras provinciales con un asfalto viejo y áspero, en los que cambiábamos de dirección casi en cada cruce, y los carteles de “Bienvenido a Concello de ...”, “Parroquia de ...” se sucedían continuamente, muchos de ellos casi ininteligibles por esa capa de musgo que aparece en las señales de tráfico cuando éstas se encuentran en zonas boscosas. Y es que había curvas y cruces oscuros, completamente a la sombra de los árboles; de entre los cuales parecía que nos iba a aparecer un gnomo o una meiga en cualquier momento. Las carreteras por las que circulábamos solían estar delimitadas por pequeños muros de piedra con vegetación, como no, adherida a ellos; o por arbustos. Hacía falta muy poco para imaginarse que estábamos en el mundo de los cuentos de Shrek en vez de en la Provincia de Lugo.
La tarde era calurosa y soleada, lo que hacía más cómodo el viaje, y siempre es preferible a la lluvia y al frío. Kilómetro a kilómetro yo pensaba que ese paisaje por el que estábamos pasando sería mucho más digno de ver en un día verdaderamente otoñal, nublado, con lluvia, respirando la humedad de los árboles que a veces envolvían la carretera como si fuesen auténticos túneles naturales, con una niebla que nos impidiese ver más allá de diez metros... El paisaje y los entornos que vimos y por los que pasamos nos encantaron, pero a mi me gustaría verlos en su estado más habitual, aunque quizás sea mejor disfrutar del paisaje gallego y las condiciones meteorológicas gallegas cuando viaje en coche.
En un par de ocasiones que el Camino abandonaba éstas, nos veíamos rodando por una extraña senda hecha a base de baldosas de un metro de largo por medio metro de ancho, separadas por dos o tres centímetros. Y fue en una de estas zonas, que nosotros llamamos “calzada romana”, donde con el traqueteo de las baldosas el portabultos de la bicicleta de César se desprendió de la fijación al sillín. Por suerte nada grave, apretar un par de tornillos, reírse unos minutos y a pedalear de nuevo al lado de campos de maíz, pasando entre edificios de granjas, por el medio de pueblos y equivocándonos en algún que otro cruce (en estas ocasiones es el último del grupo el que ve bien la indicación).
En la etapa de hoy la frase de Chous no fue dirigida al grupo, sino a una señora que estaba sentada en el pórtico de su casa. Sobre las cinco de la tarde, pasamos un cruce que indicaba hacia la localidad de Chousa. Obviamente no podíamos dejar pasar esta coincidencia, Chous tapó la letra a con la mano y mientras le hacíamos una fotografía una señora que estaba sentada a la entrada de su casa, delante del cruce...
Señora: Chousa son unas casas que están ahí para arriba.
Chous: ah, vale, vale.
César: que amable eres Chous
Chous: toy cansau tio, ¿qué quies que haga? ¿Le explico que yo me llamo Chous? Pues no.
| Así fue como Chous se encontró a si mismo en el Camino de Santiago. |
Es curioso como al ir en bicicleta y hacer dos etapas (pensadas para ir a pie) cada día, solo vemos a otros peregrinos a última hora de la mañana, cuando ellos finalizan su etapa. Este día solo vimos algunos peregrinos cuando ya estábamos muy cerca de Lugo. A eso de las seis de la tarde, y de acuerdo a nuestros cálculos hechos sobre la guía del Camino que llevábamos impresa y los kilómetros marcados en el cuentakilómetros de Jaime, pensábamos que estaríamos a punto de llegar a Palas de Rei. Además ya empezábamos a adelantar a algún que otro peregrino, que suponíamos que habría hecho la etapa Lugo – Palas de Rei y estaría a punto de llegar al final. En esta situación Noé y César se escapan de Jaime y Chous y empiezan a jugarse la etapa. Los kilómetros van pasando y no hay nada que indique una proximidad a Palas de Rei, preguntan en un pueblo por el que pasan y les comentan que quedan todavía diez u once kilómetros. Así que se paran y esperan a Jaime y a Chous para comer algo de fruta, unas barritas energéticas y descansan antes del verdadero final de etapa. Alguno kilómetros antes habíamos visto y fotografiado un hórreo gallego, que sospechábamos que era un hórreo pero no estábamos seguros. Entonces aprovechando esta parada le preguntamos a una señora que venía con un caldero de patatas...
César: Hola.
Señora: Hola.
César: oiga, ¿usted podría decirnos que es esto? (portando la cámara de fotos en la mano para enseñarle la fotografía del hórreo)
[A estas alturas César se aproximaba a la señora con la cámara de fotos en la mano aún sin encender]
Señora: Hay no, no, no tengo ni idea de que es eso...
[La señora piensa que le preguntamos si sabía lo que era la cámara de fotos]
César: no, no, espere que es una fotografía...
Señora: ¿Eso? Eso parece un hórreo, no se. Debe ser un hórreo.
César: Ah, eso nos parecía pero en Asturias los hóreos son cuadrados y más grandes.
Señora: Ah.
| Hórreo gallego. |
Si esta etapa se lleva la palma en cuanto a paisajes y entornos, se la lleva también en cuanto a emoción, y es que desde este punto hasta Palas de Rei, Noé, César y Jaime se jugaron el final de la etapa como si de una etapa real de La Vuelta se tratase. Tras unos kilómetros rodando los tres juntos, primero fue César el que lanzó un ataque aprovechando un desnivel favorable aunque poco duraba su fuga y tanto Noé como Jaime lo pasaban en la siguiente subida. Si bien hasta aquí el terreno no había presentado grandes desniveles, no vamos a decir que nos enfrentásemos a puertos de primera categoría, pero si a tres o cuatro subidas de entre trescientos y medio kilómetro de longitud con un desnivel considerable que nos dieron pie a que cada uno de nosotros planificara donde guardar energías y donde atacar. Fue en la penúltima de esas subidas dónde Noé emprende su fuga, que se extendería hasta la llegada a Palas de Rei; y César vuelve a pasar a Jaime, que se queda sin fuerzas para ir a neutralizar la fuga de Noé.
Llegada a Palas de Rei apoteósica. Tanto a César como a Noé no les quedó nada por dar en los últimos kilómetros y comentan...
Noé: buf, que final de etapa...
César: Dios mio, ¡que grande es el ciclismo!
Poco después llega Jaime y mientras esperan a Chous, que venía solo desde la última parada, César entra en una confitería a comprar un pastel. Un pastel como nunca lo había saboreado en toda su vida, una bomba de nata (y que solo costó 0,55€). Una vez que todo el grupo está junto de nuevo, se dirigen al hostal, que se encuentra a la salida del pueblo, en la parte más baja de éste, por lo que hay que volver a subir para cenar en alguno de los restaurantes que había en Palas de Rei.
| Las fotografías no hacen justicia a los paisajes. |
Nada más llegar al hostal, vamos a las habitaciones, nos duchamos y volvemos a Palas de Rei para cenar. Digo volvemos a Palas de Rei porque realmente el hostal estaba ya fuera de la localidad, y justo enfrente del mismo había una señal indicando “N-547 Santiago 60”. ¡Ya no quedaba nada!
Cual es nuestra sorpresa cuando vemos, en una de las terrazas del pueblo a “la parejina”. Un día más se habían adelantado a nosotros en el final de etapa. Y un día más que volvíamos a comentar lo bobos que fuimos poniendo en duda la valía de “la parejina” y la osadía del chaval de la pareja por querer hacer el Camino de Santiago en bicicleta con su novia. Durante la cena también se comentó que el hostal tenía una pinta un poco rara. Debatieron y deliberaron largo y tendido sobre los orígenes de aquel edificio, situado a un lado de una carretera nacional. Algunos decían que era un restaurante comedor, para bodas y banquetes; otros decían que se trataba del típico Club de carretera rehabilitado para hacer caja gracias al Camino de Santiago. Aún a día de hoy este debate sigue abierto entre los ciclistas del grupo.
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