Etapa 4 (jueves 12 de Agosto de 2010): Grandas de Salime – Cádavo.
8:55 – Justo a punto de despertar, empiezan a escucharse unos ligeros gemidos que vienen de la habitación de al lado. César y Chous, cada uno sin saber que el otro era consciente de lo que oía, se extrañan hasta que se miran uno a otro con un gesto de cara que pregunta “¿Tu estás oyendo eso?” y al mismo tiempo responde “Si, claro que lo estoy oyendo”. Poco a poco se oyen de manera más fuerte hasta que Chous dice “¡¡Tira el bote guaje!!” (a un nivel adecuado para que solo se oiga en nuestra habitación). Noé todavía estaba dormido y Jaime preguntando que hora era. Nuestros vecinos de habitación estaban haciendo el calentamiento para subir al Puerto del Acebo.
Empezamos nuestro cuarto día de camino con un buen desayuno a base de Cola Cao y pinchos de pollo y lomo en el mismo bar donde habíamos cenado la noche anterior. Tras el desayuno, nos dirigimos a la ferretería de Grandas para reparar los pinchazos en las bicis de Jaime y de César. Jaime tuvo que comprar una cubierta nueva, y cambiar la cámara. Por su parte, César tuvo que comprar una llave hexagonal para poder desmontar la rueda y cambiar la cámara. La dependienta de la ferretería nos ofrecía la posibilidad de utilizar la llave hexagonal para hacer la reparación, sin coste alguno; pero decidimos comprarla por si nos hiciese falta para futuros pinchazos.
Tras cambiar las ruedas e hincharlas en un taller de coches volvemos al hostal para poner las alforjas a las dos bicicletas averiadas y emprender por fin la etapa que nos llevaría a tierras gallegas.
Con todo este trajín, no salimos de Grandas hasta pasadas las once de la mañana. El tiempo, al contrario que en días anteriores había escondido el Sol tras un espeso manto de nubes grises que se irían convirtiendo en niebla a medida que ganábamos altura al subir el Puerto del Acebo. Y fue precisamente esta etapa la que nos hizo sentirnos profesionales, sentirnos como ciclistas de verdad, con una niebla que no dejaba ver a más de diez metros parecía que estábamos subiendo una de las grandes etapas alpinas del Tour de Francia. A pesar de salir agrupados, a medida que pasaban los kilómetros, cada uno de los integrantes del grupo adoptó el ritmo más cómodo para el. Esta vez no podíamos mirar atrás o adelante para ver dónde estaban los compañeros, cada uno de nosotros estaba solo con su bici pedaleando cuesta arriba rodeado de niebla. Intentábamos adivinar el recorrido de la carretera siguiendo las luces de los coches que nos adelantaban pero era inútil.
La llegada al Puerto del Acebo la recuerdo con niebla, viento y frío. Noé y César esperaron lo justo para reagrupar y hacer la típica fotografía con la señal del puerto y la altitud. Después de diez kilómetros en subida bastante intensos que nos hicieron sudar, pararse en el alto para descansar no apetecía nada a causa del frío.
Desde el Puerto del Acebo, comienza una pequeña bajada de un par de kilómetros antes de entrar en la provincia de Lugo. Dos kilómetros después de esta encontramos el Alto del Acebo, ya en la provincia gallega. Desde ahí, casi sin darnos cuenta porque la inclinación de la carretera era muy cambiante comenzamos un descenso que nos llevaba hasta la localidad de Fonsagrada. A medida que descendíamos salíamos de la niebla y en algunos momentos soleados incluso teníamos calor con la chaqueta.
El ritmo hasta Fonsagrada lo marcaron Noé y César, fugados desde poco después del Alto del Acebo y haciendo relevos, llegaron a Fonsagrada a eso de las dos de la tarde. Minutos después llegaron Jaime y Chous. Mientras los primeros esperaban tuvieron tiempo de encontrar un restaurante para comer y un taller de coches en el que también reparaban bicicletas.
Lo primero que vemos al entrar al restaurante es a la parejina que habíamos visto ya en Salas y el día anterior entrando en Grandas de Salime al atardecer. Toda una sorpresa, que no debiera serlo porque habíamos salido muy tarde por la mañana. Tras comer dejamos las bicicletas en el taller de reparación, para ajustar o cambiar la llanta trasera a la bicicleta de Chous, ajustar el cambio a la de César y el freno trasero a la de Jaime. El encargado nos pidió una hora y media, en la que dimos un paseo por Fonsagrada y tomamos un café.
Cuando volvimos al taller solo estaba lista la bicicleta de César, y el jefe del taller insistió el ajustar la dirección de Jaime; que hasta el momento se movía de forma brusca en 3 posiciones de forma que era imposible hacer pequeñas variaciones de dirección, lo cual es peligroso cuando se rueda por caminos de piedras. Mientras tanto otro empleado del taller se encargaba de la llanta de Chous, a la que nosotros ya habíamos diagnosticado como insalvable desde primera hora del día. Tras mirar la llanta girar en vacío severos minutos, y decirle a Chous “pues va a haber que cambiarla eh”, escuchar a Chous decir “si si, pues a cambiarla...” dos o tres veces; finalmente cambiaron la llanta a la bicicleta. Mientras el empleado cambiaba la llanta, nosotros hablábamos con el dueño del taller (Luis) sobre el camino, los tramos que se podía hacer el bicicleta y los que eran convenientes hacer por carretera. Ante la cordialidad de éste, y después del buen trato que habíamos tenido por la mañana en la ferretería de Grandas de Salime; César calcula que la factura estará entorno a 20€ o 25€, y sugiere que si el importe es menor que ésta última cantidad paguemos 25€ por el buen trato que Luis nos había dado. Noé y Chous se quedan sin palabras ante esta sugerencia, se muestran cautos, con cara de tener una idea en mente pero sin decirla. Al final Chous le da la cartera a César y le dice que pague él. En la oficina del taller...
César: bueno, ¿me dices cuánto te debemos?
Luis: si, a ver...
Luis: si, a ver...
Luis: 62€
Luis: ¿Quieres una notina?
[César piensa: ¿Qué? El precio de la llanta esta mañana en la ferretería de Grandas eran 10€. ¿Cómo puede cobrarnos 62€? Y pensar que yo estaba dispuesto a dejarle una propina...]
[César piensa: ¿Qué? El precio de la llanta esta mañana en la ferretería de Grandas eran 10€. ¿Cómo puede cobrarnos 62€? Y pensar que yo estaba dispuesto a dejarle una propina...]
César: ehm, ¿62€ eh? (realmente esperando que fuese la típica broma que se hace cuando alguien presta un servicio de forma gratuita antes de decir “no hombre no, deja...”)
César: a ver un momento que igual tengo que ir a pedirles dinero a mis compañeros... (había poco más de 30€ en la cartera que utilizábamos para pagar los gastos comunes)
Luis: si, vale vale.
[Finalmente César paga con dinero que tenía en su cartera]
César: ¿me puedes dar una nota? (para justificar tal gasto ante Noé, Jaime y Chous)
Luis: si, si claro
[Luis coge un papel y escribe en el...]
Luis: ¡Toma!
[Luis entrega un trozo de papel en el que se ve escrito llanta, ajuste rueda, ajuste cambio, una llave agrupando las tres líneas y 62€ a la derecha de la llave]
César: vale, venga hasta luego.
Luis: Y acordaros, podéis coger el camino hasta la tercera vez que se cruza con la carretera, luego ya seguid por ella porque el camino está muy malo para ir en bicicleta.
César: si, gracias.
Al salir de la oficina del taller y verle la cara a César los demás preguntan que había pasado, y el los invita a adivinar la factura mientras pedalean poniéndose ya en la ruta. Tras las bromas correspondientes, y las caras de sorpresa nos ponemos de nuevo en ruta siguiendo las instrucciones de Luis (desde ese momento Luisín),
Con todos los retrasos acarreados, no teníamos claro cual era el final de nuestra etapa así que simplemente pedaleamos por la carretera buscando llegar a alguna población en un momento del día que no nos invitase a seguir el viaje.
Las subidas y las bajadas se sucedían en aquella carretera con buen firme y arcenes anchos. En una de las bajadas nos adelantaron dos motocicletas de alta cilindrada, en la siguiente subida una de ellas estaba metida debajo del guarda raíl del carril contrario y afortunadamente el conductor estaba llamando al seguro sin lesiones aparentes. Noé les pregunta si están bien, los moteros afirman y dan las gracias por preguntar, y pocos metros más adelante Chous se burla diciendo “¿tais bien? Por que sino sacamos de aquí el maletín de primeros auxilios y llevamos al herido al hospital en bicicleta...”.
En la tercera o cuarta subida, que tenía carril para vehículos lentos la pájara que César llevaba sufriendo durante toda la tarde se acentúa y se viene abajo. Posiblemente estaba pagando el esfuerzo de los kilómetros de fuga hechos por la mañana. Y es en este contexto cuando se produce la conversación estúpida de la jornada:
César: Oye, ¿habrá que parar donde termina el carril de vehículos lentos ho?
Chous: No se, ¿quies parar?
César: Buf, si si tío.
[Llegando ya al final del carril de vehículos lentos, donde la pendiente de la carretera era menor]
Chous: ¿Entos paramos no? A mi me va a venir bien también.
César: Na, tira, tira que recupero.
[Unos metros más arriba]
Chous: ¿Entonces paro o no paro?
César: Como quieras Chous.
[En el final del carril]
Chous: ¿No paramos entonces?
[César con la lengua fuera]
César: Na, si, para, para.
Chous: [risas]
Entorno a las ocho de la tarde entramos en la localidad de Cádavo y todo apunta a que ese sería nuestro punto final por hoy. Cabe destacar que la llegada a Cádavo la hicimos al sprint, no había fuerzas para subir las últimas tres colinas pero si para pegar una sprintada de muerte de camino al albergue con los consecuentes comentarios de Chous “ya se ve lo cansao que estás, en la subida de antes no pedaleabas así...”
Cuando llegamos al albergue, una peregrina que estaba allí nos dice que estaba lleno y en estos casos los peregrinos son acogidos en el polideportivo municipal. De camino al polideportivo, vemos en el centro del pueblo diversos tenderetes, juegos hinchables, puestos de tiro, coches de choque, feriantes, dos escenarios de orquestas y una caravana churrería; ¡por fin habíamos encontrado un pueblo en fiestas! En el gimnasio vemos que no hay ninguna colchoneta ni nada para hacer el suelo menos incómodo, con las mismas volvemos al albergue a buscar cartones o cualquier cosa que ablande el suelo para poder dormir. A estas alturas, los ánimos estaban por los suelos después del día que habíamos tenido; y pensar en dormir en el suelo no ayudaba precisamente.
De camino al albergue Noé recuerda que hay otro hostal, en el que preguntamos por habitaciones y nos ofertan la última, una doble por 35€. Noé le pregunta a la hostelera si es una habitación doble dónde puedan entrar cuatro personas haciendo un esfuerzo, recibiendo como respuesta “no, no, y no; ya se lo que quieres intentar pero no”. Ante la desesperación de César por intentar no dormir en el suelo, propone sortear la habitación de este modo al menos dos de nosotros dormiríamos “bien”. Al final, Jaime y Noé declinan la oferta y dejan a Chous y a César el placer de dormir en una cama.
Al entrar al hostal, nos damos cuenta de que llevamos ropa húmeda en las alforjas. Hoy no habíamos podido secarla al Sol como el día anterior. La hostelera no se mostraba tan amable como la gente que habíamos encontrado hasta ahora (incluso Luisín fue amable).
César: ¿Hay una lavadora que podamos usar?
Hostelera: No.
Hostelera: No.
César: ¿Secadora?
Hostelera: No.
César: ¿No puedes poner un programa de secado en la lavadora y dejar nuestra ropa secando esta noche?
Hostelera: No, ando muy liada y no tengo tiempo para ocuparme de más cosas.
Hostelera: No, ando muy liada y no tengo tiempo para ocuparme de más cosas.
César: Bueno, solo es meter la ropa y poner el programa de secado...
Hostelera: No.
De camino a la habitación se ve un radiador en el pasillo del hostal...
César: una pregunta, si por la noche tenemos frío, ¿podemos coger ese radiador?
Hostelera: ¿de verdad crees que vais a tener frío por la noche?
César: bueno, hizo mal día...
César: bueno, hizo mal día...
La hostelera lo interrumpe.
Hostelera: ¿O lo que quieres es secar la ropa en el radiador?
César entiende esa pregunta como una pregunta retórica con una respuesta positiva.
César: Bueno, eso también jeje
Hostelera: Pues no, no lo podéis coger. La instalación eléctrica no aguanta tantas cosas enchufadas.
César: Vale.
Una vez en la habitación César y Chous buscan la manera de colgar la ropa húmeda, y buscando perchas en el armario encuentran un abrigo de invierno (también conocido como el abrigo de la tía Antonia) y un montón de maletas que sirven para hacer el tonto mientras se instalaban.
Antes de salir Noé llama por teléfono y pide algo de ropa de abrigo, la noche estaba nublada y bastante desagradable. No había duda alguna de que prenda debía vestir Noé esa noche. Y no lo olvidemos, eran las fiestas del pueblo.
Esta noche hicimos la primera gran cena de nuestro camino, con pulpo, calamares, lacón, croquetas, vino, chupitos de licor de café y pan mojado en Cola Cao de postre. ¿La cuenta? Menos de 40€, ¡sorprendente!
Después de cenar hacemos una vuelta de reconocimiento por la verbena. A la mínima le preguntamos a unas cadavesas por un bar o un pub para tomar algo, y nos llevan al pub del pueblo. Cuando nos dimos cuenta, estábamos en “el pub” de Cádavo, vestidos con ropa deportiva (algunas de ellas sudadas), calzando zapatillas, camiseta del Oviedo y del Sporting de Gijón y el abrigo de la tía Antonia, tomando unas cervezas entre la chavalería local que hacía gala de sus mejores prendas para la ocasión. Dicho de otra manera, había un postureo en Cádavo esa noche equiparable al que se puede encontrar en cualquier ciudad un sábado noche. A estas alturas el abrigo de la tía Antonia sobraba y ante la negativa de César, el grupo (principalmente Noé y Chous) deciden abandonar el abrigo a su suerte sobre un muro. Al terminar la cerveza fuimos directos a saldar la siguiente deuda que había en la verbena; los coches de choque. Y después a la orquesta Pays de Noia, de la que vimos el primer pase completo. En general todos nos animamos, tomamos unas copas y movimos el culucu en la primera fila de gente; pero en particular fueron, como no, Jaime y Noé los que disfrutaron de la orquesta. A las dos de la madrugada termina el primer pase de de Paris de Noia y ponemos punto final a este cuarto y agotador día.
Solo un último apunte, la ventana de la habitación de Chous y César daba a un patio interno, típico sitio que se utiliza a modo de desagüe por la gente que está disfrutando de la fiesta local. Al dejar la ventana abierta (ciertamente la hostelera sabía que no tendríamos frío) pudieron escuchar a dos parejas de chicas ir a hacer sus necesidades a un par de metros de su ventana antes de caer dormidos. Por supuesto que se les pasó por la cabeza darles un susto, pero faltaron huevos y sobraron ganas de meterse en problemas, después de todo al día siguiente teníamos que madrugar.
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