domingo, 22 de abril de 2018

Papi (Rivadavia 9252, CABA)


“Yo nunca tuve problema con nadie y eso que la gente dice que Lugano es bravo. Vas caminando por la calle y ves la nube de humo de porro. Yo no me meto con nadie, ´¿hey papi como va?’, la gente te reconoce y si vas con buena plática y eres amable nadie te rompe las bolas. Hay gente que se mete en la vida de otros, que dicen que hacen estos desperdiciando su vida, bueno es su decisión no te metas. Ahí mataron a uno hace un año, un día que estaban de coca le volaron la capea de tres tiros. Un muchachito de 16 años, ¿para qué se mete?”

Papi sigue limpiando por partes el vano motor del Chevrolet Meriva negro. Había sido un día largo y caluroso. Un lindo día para no estar aquí trabajando dijo antes riendo con su sonrisa perfecta.

“Lo que pasa que yo me aburro acá papá. No conozco mucha gente. Antes iba a pescar con un viejo Paraguayo que tenía un Fiat como este. Pero luego el viejo murió. Siempre me llamaba ‘colombiano vamos pa Entre Ríos, vamos a la costa…’. Pero se murió va a hacer un año ya. ¿Tomás mate tú? Allá en Colombia no se toma, yo empecé cuando llegué aquí hace dos años”

Noooo, es muy difícil conocer gente – decía nada más soltar la bombilla con los labios. Ni siquiera en el consulado. Che que somos todos iguales ¿no? A veces tratas de dar una buena conversa pero la gente no se abre. También porque hay tanto crimen. La primera vez que fui a pedir el permiso al consulado argentino allá habían matado a un juez acá unos colombianos. Fui y denegado, ‘vuelve en un tiempo´ me dijeron. Y ya van dos años acá. Desde el año pasado tengo a los míos conmigo. Noooo, mi señora, mis hijitas, todo. La mayor ya está en el último año de secundaria y luego se va a la universidad a hacer derecho. Como estudió para aduanas… Le gustan los números ya ves. Por eso vinimos, en Cali hay una universidad para 3 millones de personas. Hay cupos, ¿entendés vos? Y las plazas van a amigos de políticos, gente de plata. Además que la educación allá no es gratuita. Se piden 30000 pesos por semestre. Te dan crédito y todo. Pero para pagar ese crédito tienes que matar a tu mamá, vender el auto, la casa… Aquí es gratuito, y la obra social y todo.

Una lástima porque es bonito Cali. Muy bonito. Pero es peligroso. Te roban las zapatillas aunque las tengas rotas – termina riéndose mientras fuma. Hacemos el gesto de que me van a robar cuando ves a tipos peligrosos en la calle así – y se rascaba la barba de arriba abajo lentamente con una mano. Dices ‘hey marica que mira esto’ y te haces así para decir que te quieren robar.

Ahora vivo en el centro, muy tranquilo. Nunca me pasó nada, pero no ves a los vecinos, son bloques ¿entendés? Voy y vengo en bomdi, por fortuna no tengo auto. El auto sale caro che. Solo el parquimento… El auto por ahí te lo rompen. Aunque sea una poronga como este. Otro amigo mío paraguayo que es estilista ¿sí? Vive en la villa y le rajaron el capot de un 504 ¿sabés cuál? Para robarle la batería boludo. Ahora anda con una cadena y un candado así para que no le roben más. Fue lo único que le pasó en la villa igual. Él antes vivía de alquilado en el centro pero le subieron la renta y como tenía propiedad en la villa se fue para allá. Dijo, ¿para qué voy a seguir pagando? En la villa son todos paraguayos. Yo fui a visitarlo una vez y un gendarme me paró a la entrada, me dio el alto ¿viste? ‘¿Usted qué viene a hacer aquí?’ ‘Yo nada papi, a visitar a un amigo’ Me sintió el acento, colombiano y me sacó de allá. Porque pensaba que iba a vender o a comprar drogra. Entendé, colombiano a una villa. Nooo, yo le expliqué pero no me dejó hasta que me tomé el bomdi para volver. Así que nunca fui a su casa.

lunes, 16 de abril de 2018

Calle Armenia

“Pero vos caminá y dejá que la vida te lleve” dijo con seguridad terminando de secarse el pelo, no recuerdo si con una toalla o con el secador. A continuación, el segundero del reloj que compartía pared con varios cuadros en aquel salón se detenía. No pude no verlo y mi cara de asombro debió de extrañarle. “¿Qué te pasa?” dijo al bajar la toalla sobre sus hombros. Ahora si recuerdo que era una toalla, era yo quien había usado el secador antes. A veces la ausencia de respuesta es en sí una respuesta para el interlocutor. Mi respuesta es cerrar los ojos, extraerme del apartamento y sentir el vértigo al tiempo que la ventana en la que me apoyo se va haciendo cada vez más pequeña, alejándose y añadiéndose a su resplandor el de otras ventanas vecinas, y rápidamente las ventanas de los demás bloques, las luces de bares y coches de la calle Armenia, mezclándose unas con otras, haciéndose todas ellas una masa brillante y más tarde difusa al atravesar la tibia capa de nubes que habían descargado una torrencial lluvia de verano.

Unos seis meses después volvía a ser verano. Posiblemente el último viernes de un Agosto no planeado. Con arena en los pies y de forma casual terminamos en primera fila ante un cuarteto flamenco. Al principio agradable, más que agradable después e hipnotizador dos temas más tarde cuando una estrofa, una sucesión de palabras, de las cuales mi propio ego está convencido no tenían ningún significado especial para las personas que nos rodeaban.

domingo, 11 de octubre de 2015

Un pueblo tranquilo

El pueblo donde nunca pasa nada. El mayor problema del día puede ser que el periódico esté ocupado cuando llego a la cafetería. ¿Existe la vida sin preocupaciones?

Los abuelitos descansan a la sombra en los bancos del parque, que en algunos rincones aún huele a primavera a pesar de que el calendario dicta ya el final del verano. Se citan cada mañana, con sus bastones y sombreros, para hablar los unos con los otros. De qué, lo desconozco. Llevan años viéndose y supongo que contándose las mismas cosas. El silencio se rompe de vez en cuando por el sonido del agua de la fuente o por el paso de algún coche. Las doce campanadas del reloj del ayuntamiento abren la veda del vermú.

Un compañero del colegio, que no había visto desde hace al menos diez años, me cuenta que está de vacaciones. Hoy no tiene más ocupación que ir a buscar a Lidia, su hija de cuatro años, a la salida del colegio.

A veces me creo que podría vivir en un pueblo tranquilo, sin prisas, sin preocupaciones y sin agobios, sabiendo dónde encontrar todo lo que necesito. Aunque a ratos necesitaría salir de la asfixiante quietud para tomar aire más allá. En última instancia preferimos la emoción y el desastre al aburrimiento y la seguridad.

Septiembre 2013