domingo, 11 de octubre de 2015

Un pueblo tranquilo

El pueblo donde nunca pasa nada. El mayor problema del día puede ser que el periódico esté ocupado cuando llego a la cafetería. ¿Existe la vida sin preocupaciones?

Los abuelitos descansan a la sombra en los bancos del parque, que en algunos rincones aún huele a primavera a pesar de que el calendario dicta ya el final del verano. Se citan cada mañana, con sus bastones y sombreros, para hablar los unos con los otros. De qué, lo desconozco. Llevan años viéndose y supongo que contándose las mismas cosas. El silencio se rompe de vez en cuando por el sonido del agua de la fuente o por el paso de algún coche. Las doce campanadas del reloj del ayuntamiento abren la veda del vermú.

Un compañero del colegio, que no había visto desde hace al menos diez años, me cuenta que está de vacaciones. Hoy no tiene más ocupación que ir a buscar a Lidia, su hija de cuatro años, a la salida del colegio.

A veces me creo que podría vivir en un pueblo tranquilo, sin prisas, sin preocupaciones y sin agobios, sabiendo dónde encontrar todo lo que necesito. Aunque a ratos necesitaría salir de la asfixiante quietud para tomar aire más allá. En última instancia preferimos la emoción y el desastre al aburrimiento y la seguridad.

Septiembre 2013

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