sábado, 8 de octubre de 2011

Una escapada de la rutina

Hace un par de semanas tuve una entrevista en el Reino Unido, en un pueblecito cerca de Oxford. Fue un día duro de verdad. Para empezar bien la historia, me dormí por la mañana. El embarque del vuelo se cerraba a las 8.10 y me desperté a las 7.25 a pesar de poner no uno, sino dos despertadores para las 6.30. No entiendo que pasó la verdad...

La mañana empezaba corriendo por la habitación, revoloteando, metiendo cosas en una maleta - la camisa para la entrevista la quería llevar en la maleta y cambiarme de ropa justo antes de la entrevista - y diciendo todo el tiempo "no, no, no, no, hostia, hostia, hostia...". Incluso me acuerdo que en un momento estaba buscando la cartera, el móvil, las tarjetas de embarque - que había dejado dentro de la maleta ya preparado la noche anterior - y me estaba diciendo a mi mismo en voz alta "¡¡¡¡joder, ¿dónde está todo??!!!". Ni siquiera me puse reloj, ni cinturón para no perder tiempo quitándomelo en el control del aeropuerto. Ni me até los zapatos para salir de casa. Imaginaros la velocidad a la que salí. Después, carrerón en bici a la estación con la maleta en una mano. Ni aparqué la bici en el parking ni nada, la dejé al lao de la puerta aún a riesgo de que los servicios del ayuntamiento la llevasen al depósito por dejarla en su sitio prohibido. Pillé el tren a las 7.45, todavía quitándome las lagañas y sin comprar billete porque simplemente no tenía tiempo. Llegué a Schiphol a las 8 en punto,  al sonido de las puertas del tren se sucedía el de mis zapatos - ya atados - corriendo por el andén en dirección a salidas. Cola en el control de pasaportes, nervios, sudada de campeón y finalmente esperar 10 minutos para embarcar porque el vuelo venía retrasado de Londres. Cuando me subí al avión me parecía llevar tres horas despierto. Dato: de la cama al avión en 45 minutos.

Había reservado un coche de alquiler, pero no reservé el GPS suponiendo que se podía pedir sobre la marcha. El hombre de Europcar me dice que pueden darme un coche con GPS, un Mercedes clase E. Me pareció demasiado coche teniendo en cuenta que era la primera vez que conducía por la izquierda y que el seguro de ese coche iba a ser mucho más caro que el del coche de tamaño normal que había reservado. Finalmente cogí el Seat León que me habían asignado. Tenía apuntada la dirección a donde debía dirigirme, pero necesitaba un GPS. Decidí echar a andar con la esperanza de encontrar alguna gasolinera o tienda donde poder comprar uno. Después de dar vueltas durante una hora y media y preguntar unas cuantas veces, sorprendentemente volví a llegar al aeropuerto. Ya que estaba allí de nuevo, aparqué el coche en el parking de corta estancia, tomé el autobús hasta la terminal y fui a buscar la típica tienda de electrónica, iPods y cámaras de fotos que tiene cualquier aeropuerto que se precie. Pues no, London Luton solo tiene esa tienda en el área de salidas. El chico de información me indicó como llegar a un Halfords conduciendo en tres minutos. Me llevó más de media hora dar con él, y tuve que preguntar tres veces. Las explicaciones de la gente las entendía, pero la periferia de las ciudades inglesas, mezclando polígonos, casas y calles en obras es un laberinto. Por fin, a las 11.15 tenía un GPS pegado en el cristal del coche - la entrevista era a las 11.30. Ya les había dicho que como tenía que volar desde los Países Bajos podría ser que llegase un poco tarde porque bueno, con los vuelos y estas cosas nunca se sabe. Así que los llamé y les dije que estaba ahora en el aeropuerto y mi GPS indicaba 1 hora y 27 minutos. Me dijeron que no había problema, que me esperaban sobre la una.

Del viaje no se que decir. Según saqué el coche del parking me dio una sensación muy rara. Meter tercera con la mano izquierda es muy raro, y cambiar de marchas en las rotondas rarísimo porque agarrar el volante solo con la mano derecha no tienes sensación de seguridad en el brazo. Otro detalle de las rotondas es que al entrar hay que mirar a la derecha y no a la izquierda. Así fue como casi me afeitan el morro del coche cuatro o cinco veces, de hecho en 3 ocasiones frené porque me pitaron. Lo mismo al salir de los cruces, siempre miras a la izquierda a ver si viene alguien y como no ves a nadie sacas más el morro y en eso oyes PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII por tu derecha. Perdí la cuenta de los llantazos que pegué con la rueda izquierda. ¡Otro detalle! Carril cortado en una vía de doble sentido porque estaban segando el arcén. Me paro yo el primero delante del semáforo mientras vienen los coches en dirección contraria. Se pone el semáforo en verde, agarro la palanca, la empujo hacia adelante a la izquierda para meter primera y el coche arranca hacia atrás. Menos mal que el coche que tenía detrás había dejado espacio. Mantenerse en el lado izquierdo no es difícil siempre que haya otro coche delante de ti, aunque en la salida de algún cruce tuve dudas.

En el viaje de vuelta casi me duermo en la autopista. Yo iba en el carril derecho, el de los rápidos, e íbamos en caravana en una zona con obras a 50 millas por hora durante 30 Kms. Vas ahí embotellado que solo tienes coches delante, detrás y a los lados, el calorcito del Sol dentro del coche, la música tranquilita... Y el coche empezó a irse a la izquierda - cuando ya normalmente uno conduce con una tendencia a irse a la izquierda -, cerrando a quien circulase por ese carril (el de los lentos) y eso oigo MUUUUUUUUUUUUUUAAAC MUUUUUUUUUUAAAC. ¡Pegué un salto! Y ya bajé la ventanilla y empecé a adelantar cuando había hueco tanto en el carril derecho como el izquierdo, porque si seguía así me dormía. Espero que no me llegue ninguna multa. Al tomar la salida para el aeropuerto el  mismo camión me adelantaba y aprovechaba la ocasión para despedirse con otro bocinazo.

Al vuelo de vuelta llegué sin problemas, pero cuando salía de la estación de tren en Leiden descubría que los servicios de ayuntamiento había retirado mi bici de donde la dejé. Terminaba la jornada caminando a casa con la maleta en la mano y pensando en ir al día siguiente al depósito y pagar 27 euros para recuperar la bicicleta.

Cada vez que conduzco o me subo a un coche en otro país y empiezo a enredar con la radio encuentro toda la música y las emisoras de radio muy extrañas. Me pasaba en Alemania, me pasó en los Países Bajos y más de lo mismo en este viaje relámpago de un día en Inglaterra. Me acuerdo de escuchar Someone like you de Adele de camino a la entrevista manejando las rotondas en sentido horario.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Copenhagen Historic Grand Prix

Escribo estas líneas desde la cabina del Mack II una vez que los dos camiones del equipo Tachyon Motorsport dejan el centro de la capital danesa a golpe de bocina después de asistir al Gran Premio Histórico de este año.

Ésta ha sido la segunda vez que formo parte del equipo - después de una prueba en Zandvoort semanas atrás -, y el primer viaje para un evento. El fin de semana comenzó el pasado jueves cargando el material, las herramientas y los coches - Corvette Grand Sport, Ford Mustang, Corvette Sting Ray y Ford Falcon - a los camiones. No llegamos a Copenhague hasta el viernes por la tarde, tras hacer noche en un área de servicio alrededor de Hamburgo. Descargar e instalar el campamento - coches, nevera llena de Heineken, mesas, sillas, carpa, scooters, cajones de herramientas... - nos llevo menos de lo que creía, en dos horas estaba todo hecho. En ese momento aparece Maarten - mánager del equipo - con unas pizzas. Cenamos todos juntos a la vez que se habla de lo nuestro, el mundo del motor. Hay también gente de otros equipos, conocidos de otros años, que se acera a presentarse o saludar e historias de pilotos y amigos de estos - casi todo en holandés, eso sí. Por la noche copas en Copenhague pero piano piano que el sábado hay que trabajar.

Chevrolet Corvette Grand Sport de Michiel Campaigne.

A las explicaciones recibidas en Zandvoort por Thiemo, trabajando en un Marcos 3 litros ya puedo añadir algunas tareas más de las que me he hecho cargo o he ayudado este fin de semana. Mike y yo revisamos y pusimos a punto el Ford Falcon de Frits Campaigne. No  hay que hacer gran cosa porque la reglamentación FIA para estos coches históricos da pocas o ninguna opción de modificarlos o cambiar settings. Aun así, solo quitar y poner las ruedas, revisar el nivel de líquido de la caja de cambios y del diferencial, purgar el circuito de los frenos, limpiar y revisar los discos y los tambores de éstos, comprobar el nivel de aceite, ver que ningún tornillo, tuerca o brida este suelto en suspensión, dirección o chasis y cambiar la gasolina del depósito nos lleva casi todo el tiempo entre una manga y otra. Cualquiera que sepa algo de mecánica verá que estas operaciones son de lo mas básico.

Al final del día ves aficionados que se acercan a la carpa a felicitar a los pilotos y simplemente decirles "eres el mejor" o "gracias por el espectáculo", para hacer preguntas a los mecánicos, explicar sus propios proyectos personales, contarte que recuerdan haber visto tal o cual coche corriendo hace décadas... El mundo de de "la competi" es inigualable.


Ahora que puedo decir que tengo algo de experiencia en un equipo de carreras, lo que más me sorprende es lo mucho que cansa un fin de semana. Sarna con gusto no pica, ya saben. No se que tiene pero me siento vivo metido en ello, a pesar de que hay muchas más cosas para hacer que lo que hecho hasta ahora. A diferencia del trabajo diario en la oficina todos los días de la semana, nunca es muy temprano ni estoy demasiado cansado para levantarme de la cama y ponerme a hacer cosas, preguntas o pedir tareas.

Termino de escribir la entrada justo a tiempo para darle la tarjeta de crédito del equipo al Mack I que ya esta parado en el peaje del puente Storebaeltsforbindelsen.

Domingo 7 de Agosto de 2011, 23:14 horas.



Me siento plenamente feliz cuando veo que tenemos la oportunidad de dirigir nuestras vidas por el camino que queramos, para intentar llegar al destino deseado y que además le sacamos todo el jugo al recorrido. ¡La vida es un juego!


Notas al margen:
  • Cómo presta subir y bajar de la cabina cada vez que paramos a comer o repostar. Ver a la gente sacando fotos a los camiones, apuntándonos con el dedo o pidiendo que usemos la bocina.
  • Qué incómodo y largo se hizo el viaje por el calor en la cabina, el ruido del motor y el aire y la música techno que llevaba el conductor.
  • El sentimiento de libertad cuando salimos de la base de Soest (Países Bajos). Las gafas de sol y las chanclas ayudan siempre a tener la sensación de vacaciones, viaje y aventura.
  • Salir con los compañeros del equipo por la noche y pasar tiempo con ellos me recuerda en algunos momentos a los días en el instituto diez años.
  • No cambio la impresión que me dejó Copenhague después de la visita en Semana Santa. Sucio y feo, no te sientes en casa en ningún momento. Por otra parte allí parece que el verano es verano de verdad, ni hace frío ni hay viento aunque llueva.

miércoles, 20 de julio de 2011

El Asedio

Comparo la lectura a la comida. No a todos nos gustan los mismos platos, ni nos gusta de adultos lo mismo que cuando éramos niños. Desde hace unos meses quería empezar a leer y fue al regreso del fin de semana que pasé en Madrid con mis polesinos, principios de Mayo, cuando vi en una de las librerías de Barajas la última novela de Arturo Pérez-Reverte, El Asedio. Conozco a Reverte por leer su blog cada lunes al llegar a la oficina desde hace casi un año. Y aunque también vi la película del Capitán Alatriste, no leí ninguna de esas historias (aún), ni de aquella sabía nada sobre el autor.

Me llevó cosa de un mes abrir el libro por primera vez. Y es que si no leo, en parte es por la falta de tiempo. Si quiero leer tengo que reservar tiempo para dedicarlo a la lectura. A primeros de Junio, cuando fui a reunirme con los jenaers en Münster, metí el libro en la maleta por si acaso. Ahora leo en el tren casi todos los días, ya sea libro o periódico, pero aquel primer viaje en tren con el libro en las manos me sentía extraño. A mi ritmo, sin prisas, leía un párrafo, miraba el paisaje y los pueblos alemanes pasar por la ventanilla. El inicio de cualquier novela es la parte “fría”, no sabes de qué va la historia, ni tienes familiaridad con los personajes. Supongo que las primeras páginas de una novela son las más duras para el autor también, es donde tiene que lucirse y darle buen color a la historia para engancharnos cuanto antes.

En las primeras páginas de El Asedio encontramos un plano de la bahía de Cádiz y otro de la propia ciudad de Cádiz con los nombres de los lugares que serán protagonistas de la historia. ¡Qué curioso! Hasta ese momento no sabía que Cádiz se encuentra en un capricho de la naturaleza. Durante cinco semanas los personajes me acompañaron en el tren al trabajo, en algunas tardes en terrazas, en viajes, durante noches sin ganas de dormir, cafés en las mañanas de los fines de semana, tardes lluviosas de domingo en algún bar…


Tengo un recuerdo especial de la mañana del sábado en Münster. Desperté muy temprano, sobre las siete. Hacía calor y parecía que el día iba a ser soleado. Mientras mis amigos dormían a pierna suelta, cogí el libro y estuve leyendo en un banco frente a la iglesia del pueblecito de Catha. Allí, – interrumpido por las campanas de la iglesia cada cierto tiempo, viendo a los vecinos salir de sus casas a comprar, correr, pasear con los niños... – fue donde me enganché a la historia. En el tercer o cuarto capítulo, que describe como sería la mañana de un día cualquiera en el Cádiz de 1811, me vi dentro de la historia – ayudado en gran parte por los recuerdos que tengo de mi visita a Sevilla. Bueno, no me vi dentro de la historia, qué más quisiera yo que verme en esas calles, a la sombra de los balcones, oliendo las flores en las ventanas de las casas, viendo como los comerciantes abren sus tiendas y compartiendo cafés o partidas de ajedrez con alguien que bien podría ser un diputado las Cortes. Tras leer el libro se que tengo pendiente una visita a Cádiz.

Se me hace extraño cuando un personaje encuentra por primera vez a otro de los protagonistas que tú ya conoces. El autor vuelve a describir al protagonista, aunque esta vez desde el punto de vista del nuevo personaje. Eso y el transcurso del tiempo en la novela son los dos detalles que me sorprendieron en esta lectura. Comparado con una película, donde no hay descripciones porque todo lo que haya que describir se muestra en pantalla, cuando lees una novela tienes que congelar la progresión de la historia durante unos minutos mientras se presenta a un personaje, se le describe dando algún matiz de su pasado, hablando de su familia y se cuentan como las demás figuras alrededor del personaje descrito perciben a éste o ésta. En cierto momento les pones caras a los protagonistas, caras de gente que conoces y crees que pegan con sus caracteres. Y poco a poco van convirtiéndose en conocidos, hasta el punto de que al final de la novela no quieres que termine porque no encontrarás otros iguales o tan especiales.

El Cádiz de las Cortes.

El Asedio tiene infinitas referencias al mar, la navegación y terminología bélica. De hecho la Guerra de Independencia le da cuerpo a la trama. Personalmente echo en falta tener más conocimientos de esos elementos para aprovechar la novela al máximo. Me sorprendió la modernidad con la que se muestra el principio del siglo XIX, no tan diferente a nuestro días como me cabía esperar. De acuerdo que es una novela y no un libro de Historia; pero aún así me sorprenden los trajes de diseño de algunas protagonistas traídos de París o Londres, todo el comercio internacional con América y Europa que se movía en Cádiz y otras ciudades costeras. No menos curiosa es la cantidad de personajes de origen extranjero que llegaron a España como emigrantes o esclavos  ingleses, irlandeses, italianos, sudamericanos , algo que no debería ser sorprendente pero nunca me había parado a pensar. Que el inspector de policía sea capaz de hablar francés  y otros personajes también se defiendan y estudien francés e inglés, da a entender que Cádiz era uno de los puntos calientes del mundo. No esperaba una España tan avanzada hace doscientos años, lástima que en algún punto perdiésemos esa progresión.

Difícil no sentirse identificado parcialmente con el siguiente extracto:
El capitán Desfosseux reflexiona una vez más sobre los dos rasgos que considera propios de los españoles: desorden y crueldad. Los españoles le siguen pareciendo un misterio hecho de paradojas: coraje contradictorio, cobardía resignada, tenacidad inconstante. Como si estuvieran atávicamente acostumbrados al desastre y a la desconfianza en quienes los mandan, flaquean al primer choque y se derrumban como ejército organizado desde el principio de cada batalla. Mostrando después de cada derrota una extraordinaria perseverancia y facilidad para reorganizarse y volver a pelear, siempre resignados y vengativos, sin manifestar nunca humillación ni desánimo. Como si combatir, ser destrozados, huir y reagruparse para combatir y ser destrozados de nuevo, fuese lo más natural del mundo.
El Asedio, A.P-R.