sábado, 11 de septiembre de 2010

Camino de Santiago V


Etapa 5 (viernes 13 de Agosto de 2010): Cádavo – Palas de Rei.

¡Un nuevo día nos espera! A ver que nos pasa hoy... Esto es lo que piensas los primeros minutos cada día cuando estás haciendo el Camino de Santiago. Luego, a lo largo del día se te van olvidando los incidentes, detalles y todo lo acontecido el día anterior, pero mientras desayunas, te duchas y preparas la salida le das vueltas a lo ocurrido, bien comentándolo con los compañeros o pensando en ello tu mismo.

Para César, y un poco también para Chous, la mayor de las preocupaciones esa mañana era si la ropa que habían tendido el día anterior estaría seca por la mañana o no. Por suerte, estaba seca y pudieron meter toda la ropa en la alforja sabiendo que no era necesario volver a lavar ropa en los dos días de Camino que quedaban por delante.

Hoy, nos despertamos a las nueve de la mañana. Cuando César y Chous llegaron al polideportivo de Cádavo solo estaban Jaime y Noé terminando de recoger. Viendo el polideportivo por la mañana era difícil creer que habían pasado la noche allí 20 o 30 personas, como así había sido. Cuando Jaime y Noé terminan de recoger y montamos todo el equipaje en las bicis, el grupo se dirige a desayunar. Queríamos un desayuno fuerte, contundente, no queríamos más pájaras; así que fuimos al restaurante – bar – cafetería donde habíamos cenado la noche anterior.


Cuatro cafés con leche, dos croissants a la plancha, dos tostadas y otras dos tostadas en pan de hogaza cayeron antes de pedir un bocadillo de pechuga de pollo que lo comimos pasándolo en rondo hasta terminarlo. Coincidimos desayunando con un grupo de peregrinos (a pie) que llegaban a esa hora a Cádavo. Hablando con una de las peregrinas nos comentó que ella había hecho la etapa Fonsagrada – Cádavo en autobús porque tenía una tendinitis y el médico le recomendó no forzar un par de días al menos. El grupo era de Gijón, y la situación cómica se produjo cuando estábamos terminando el desayuno (sobre las 11 y media de la mañana) y ellos nos preguntan que desde dónde habíamos salido ese día. Nuestra respuesta: no, hoy no hemos salido todavía, estamos desayunando y marchamos ahora; es que siempre salimos bastante tarde...

Apuntar que justo antes de partir, cuando estábamos ya montando en las bicicletas aparece el bicigrino que habíamos visto un par de días antes en La Mesa, por el que habíamos discutido sobre su procedencia, si andaluz, argentino, extremeño, murciano... Esta fue la última vez que lo vimos. Quizás este sea un apunte sin importancia, pero me gusta meter los personajes secundarios en la historia de nuestro Camino.

Antes del medio día empezaba nuestra quinta jornada. Como era habitual las primeras conversaciones sobre la bici se referían a las molestias en las manos, provocadas por el manillar, en las piernas por el cansancio y el las posaderas por el sillín. A parte de la procedencia del argentino – andaluz.

Como era tarde, estábamos cansados y aún nos acordábamos de la factura que habíamos pagado el día anterior para reparar las bicicletas tras el descenso mortal hasta el embalse de Grandas de Salime; decidimos empezar a rodar por carretera. Noé y César habían sido, durante todo el viaje, bastante reticentes a abandonar el Camino “real” en favor de una mayor comodidad; al contrario que Jaime y Chous que preferían rodar por carretera y dejarse de complicaciones. El caso es que esa mañana hicimos cerca de 35 kilómetros, sino más, en dos horas gracias a rodar por carretera. Chous ya lo había advertido desde el principio del viaje, que las etapas de Galicia no eran tan rompepiernas como las asturianas; y esa mañana recuerdo ver pasar los hitos kilométricos a una velocidad sorprendente. No obstante el comienzo fue bastante duro, con una subida de tres o cuatro kilómetros nada más empezar, que si bien no tenía un desnivel muy exigente no parece la mejor forma de empezar el día. Durante toda la mañana íbamos viendo peregrinos caminar en sendas contiguas a la carretera por la que nosotros circulábamos, así que a falta de cinco o siete kilómetros para alcanzar la ciudad de Lugo decidimos volver al Camino “real”, el de verdad, el de grava, polvo y piedras. Estos últimos kilómetros nos llevaron más tiempo que todos los que habíamos hecho previamente esa mañana, pero eran mucho más entretenidos.

La zona antigua de Lugo no le tiene nada que envidiar a Oviedo.

Así fue como antes de la una y media de la tarde, entrábamos en la ciudad de Lugo dónde haríamos el avituayamiento. Recuerdo, que justo antes de entrar en la ciudad, sobre uno de los puentes que salvan el cauce de uno de los ríos que rodea la ciudad estuvimos hablando con una lugareña muy amigable, que nos comentaba que a ella le gustaba hablar con los peregrinos. Nos contó que pocos días antes había hablado con un grupo de holandeses, y que abundaban también los alemanes. Lo sorprendente es que cuando nos preguntó de dónde veníamos y le enseñamos la bandera de Asturias que llevábamos en tres de las cuatro bicicletas nos dijo que no sabía como era la bandera de Asturias, para decirnos a continuación que “gallegos y asturianos son como hermanos”, y ésta no sería la última vez en oír la frase durante el viaje. Y no le faltaba razón a la señora cuando dijo que pasaban multitud de extranjeros por Lugo haciendo el camino, de hecho cuando subiamos hacia el centro de la ciudad nos encontramos a una chica alemana con la que César puso en práctica sus nociones de Deutsch...

César: Ich spreche Deutsch.
Mädchen: Alles klar!
César: Tschüs.
Mädchen: Tschüs.

La travesía por Lugo fue más fácil de lo esperado, bien es cierto que no entrañaba tanta complicación como la travesía de Oviedo, que salvamos sin problemas por jugar en casa. Para llegar hasta el ayuntamiento rodamos primero por calles transitables hasta adentrarnos en la parte antigua de la ciudad, atravesando la muralla, donde las calles eran peatonales y rodar con la bicicleta no era tan fácil debido a los viandantes caminando en cualquier dirección.

En Lugo nos dividimos, Chous y Noé a comprar comida, Jaime y César a sellar las credenciales (en la Catedral de Lugo). Después de comer unos bocadillos de jamón serrano, queso y tomate en el parque; Noé, Chous y Jaime prefieren quedarse sentados en los bancos a la sombra descansando mientras César da una vuelta por la ciudad con la cámara de fotos.




El día anterior, tras ver que los albergues de peregrinos estaban cada vez más concurridos a medida que nos acercábamos a Santiago de Compostela, habíamos buscado en las Páginas Amarillas números de teléfono de los hostales que hay en Palas de Rei, que sería el final de nuestra etapa. Antes de salir de Lugo llamamos a dos de ellos, estando el primero completo pero consiguiendo dos habitaciones dobles en nuestra segunda llamada por 50€ cada una de ellas con desayunos incluidos. ¡Hoy todos dormiríamos en cama!

Poco después de las tres de la tarde, el convoy de polesos arranca de nuevo para cubrir la segunda parte de la etapa que los llevaría hasta Palas de Rei, no sin antes hacerse una fotografía en la famosa muralla de la ciudad. Al poco de abandonar Lugo, pasábamos el hito kilométrico que marcaba los cien kilómetros restantes hasta Santiago de Compostela. Empezábamos a superar barreras psicológicas.


Sería injusto decir que el paisaje gallego, que hasta este momento habíamos visto, no se diferencia demasiado del paisaje asturiano. Pero éste, cambiaría aún más si cabe después de Lugo. El perfil de la etapa se mostraba más o menos llano, con pequeñas subidas y bajadas uniformes, siempre con un desnivel casi inapreciable. Prácticamente todo el Camino que hicimos de tarde discurría por carreteras provinciales con un asfalto viejo y áspero, en los que cambiábamos de dirección casi en cada cruce, y los carteles de “Bienvenido a Concello de ...”, “Parroquia de ...” se sucedían continuamente, muchos de ellos casi ininteligibles por esa capa de musgo que aparece en las señales de tráfico cuando éstas se encuentran en zonas boscosas. Y es que había curvas y cruces oscuros, completamente a la sombra de los árboles; de entre los cuales parecía que nos iba a aparecer un gnomo o una meiga en cualquier momento. Las carreteras por las que circulábamos solían estar delimitadas por pequeños muros de piedra con vegetación, como no, adherida a ellos; o por arbustos. Hacía falta muy poco para imaginarse que estábamos en el mundo de los cuentos de Shrek en vez de en la Provincia de Lugo.


La tarde era calurosa y soleada, lo que hacía más cómodo el viaje, y siempre es preferible a la lluvia y al frío. Kilómetro a kilómetro yo pensaba que ese paisaje por el que estábamos pasando sería mucho más digno de ver en un día verdaderamente otoñal, nublado, con lluvia, respirando la humedad de los árboles que a veces envolvían la carretera como si fuesen auténticos túneles naturales, con una niebla que nos impidiese ver más allá de diez metros... El paisaje y los entornos que vimos y por los que pasamos nos encantaron, pero a mi me gustaría verlos en su estado más habitual, aunque quizás sea mejor disfrutar del paisaje gallego y las condiciones meteorológicas gallegas cuando viaje en coche.

En un par de ocasiones que el Camino abandonaba éstas, nos veíamos rodando por una extraña senda hecha a base de baldosas de un metro de largo por medio metro de ancho, separadas por dos o tres centímetros. Y fue en una de estas zonas, que nosotros llamamos “calzada romana”, donde con el traqueteo de las baldosas el portabultos de la bicicleta de César se desprendió de la fijación al sillín. Por suerte nada grave, apretar un par de tornillos, reírse unos minutos y a pedalear de nuevo al lado de campos de maíz, pasando entre edificios de granjas, por el medio de pueblos y equivocándonos en algún que otro cruce (en estas ocasiones es el último del grupo el que ve bien la indicación).


En la etapa de hoy la frase de Chous no fue dirigida al grupo, sino a una señora que estaba sentada en el pórtico de su casa. Sobre las cinco de la tarde, pasamos un cruce que indicaba hacia la localidad de Chousa. Obviamente no podíamos dejar pasar esta coincidencia, Chous tapó la letra a con la mano y mientras le hacíamos una fotografía una señora que estaba sentada a la entrada de su casa, delante del cruce...

Señora: Chousa son unas casas que están ahí para arriba.
Chous: ah, vale, vale.
César: que amable eres Chous
Chous: toy cansau tio, ¿qué quies que haga? ¿Le explico que yo me llamo Chous? Pues no.

Así fue como Chous se encontró a si mismo en el Camino de Santiago.

Es curioso como al ir en bicicleta y hacer dos etapas (pensadas para ir a pie) cada día, solo vemos a otros peregrinos a última hora de la mañana, cuando ellos finalizan su etapa. Este día solo vimos algunos peregrinos cuando ya estábamos muy cerca de Lugo. A eso de las seis de la tarde, y de acuerdo a nuestros cálculos hechos sobre la guía del Camino que llevábamos impresa y los kilómetros marcados en el cuentakilómetros de Jaime, pensábamos que estaríamos a punto de llegar a Palas de Rei. Además ya empezábamos a adelantar a algún que otro peregrino, que suponíamos que habría hecho la etapa Lugo – Palas de Rei y estaría a punto de llegar al final. En esta situación Noé y César se escapan de Jaime y Chous y empiezan a jugarse la etapa. Los kilómetros van pasando y no hay nada que indique una proximidad a Palas de Rei, preguntan en un pueblo por el que pasan y les comentan que quedan todavía diez u once kilómetros. Así que se paran y esperan a Jaime y a Chous para comer algo de fruta, unas barritas energéticas y descansan antes del verdadero final de etapa. Alguno kilómetros antes habíamos visto y fotografiado un hórreo gallego, que sospechábamos que era un hórreo pero no estábamos seguros. Entonces aprovechando esta parada le preguntamos a una señora que venía con un caldero de patatas...

César: Hola.
Señora: Hola.
César: oiga, ¿usted podría decirnos que es esto? (portando la cámara de fotos en la mano para enseñarle la fotografía del hórreo)
[A estas alturas César se aproximaba a la señora con la cámara de fotos en la mano aún sin encender]
Señora: Hay no, no, no tengo ni idea de que es eso...
[La señora piensa que le preguntamos si sabía lo que era la cámara de fotos]
César: no, no, espere que es una fotografía...
Señora: ¿Eso? Eso parece un hórreo, no se. Debe ser un hórreo.
César: Ah, eso nos parecía pero en Asturias los hóreos son cuadrados y más grandes.
Señora: Ah.

Hórreo gallego.

Si esta etapa se lleva la palma en cuanto a paisajes y entornos, se la lleva también en cuanto a emoción, y es que desde este punto hasta Palas de Rei, Noé, César y Jaime se jugaron el final de la etapa como si de una etapa real de La Vuelta se tratase. Tras unos kilómetros rodando los tres juntos, primero fue César el que lanzó un ataque aprovechando un desnivel favorable aunque poco duraba su fuga y tanto Noé como Jaime lo pasaban en la siguiente subida. Si bien hasta aquí el terreno no había presentado grandes desniveles, no vamos a decir que nos enfrentásemos a puertos de primera categoría, pero si a tres o cuatro subidas de entre trescientos y medio kilómetro de longitud con un desnivel considerable que nos dieron pie a que cada uno de nosotros planificara donde guardar energías y donde atacar. Fue en la penúltima de esas subidas dónde Noé emprende su fuga, que se extendería hasta la llegada a Palas de Rei; y César vuelve a pasar a Jaime, que se queda sin fuerzas para ir a neutralizar la fuga de Noé.

Llegada a Palas de Rei apoteósica. Tanto a César como a Noé no les quedó nada por dar en los últimos kilómetros y comentan...

Noé: buf, que final de etapa...
César: Dios mio, ¡que grande es el ciclismo!

Poco después llega Jaime y mientras esperan a Chous, que venía solo desde la última parada, César entra en una confitería a comprar un pastel. Un pastel como nunca lo había saboreado en toda su vida, una bomba de nata (y que solo costó 0,55€). Una vez que todo el grupo está junto de nuevo, se dirigen al hostal, que se encuentra a la salida del pueblo, en la parte más baja de éste, por lo que hay que volver a subir para cenar en alguno de los restaurantes que había en Palas de Rei.

Las fotografías no hacen justicia a los paisajes.

Nada más llegar al hostal, vamos a las habitaciones, nos duchamos y volvemos a Palas de Rei para cenar. Digo volvemos a Palas de Rei porque realmente el hostal estaba ya fuera de la localidad, y justo enfrente del mismo había una señal indicando “N-547 Santiago 60”. ¡Ya no quedaba nada!

Cual es nuestra sorpresa cuando vemos, en una de las terrazas del pueblo a “la parejina”. Un día más se habían adelantado a nosotros en el final de etapa. Y un día más que volvíamos a comentar lo bobos que fuimos poniendo en duda la valía de “la parejina” y la osadía del chaval de la pareja por querer hacer el Camino de Santiago en bicicleta con su novia. Durante la cena también se comentó que el hostal tenía una pinta un poco rara. Debatieron y deliberaron largo y tendido sobre los orígenes de aquel edificio, situado a un lado de una carretera nacional. Algunos decían que era un restaurante comedor, para bodas y banquetes; otros decían que se trataba del típico Club de carretera rehabilitado para hacer caja gracias al Camino de Santiago. Aún a día de hoy este debate sigue abierto entre los ciclistas del grupo.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Camino de Santiago IV


Etapa 4 (jueves 12 de Agosto de 2010): Grandas de Salime – Cádavo.

8:55 – Justo a punto de despertar, empiezan a escucharse unos ligeros gemidos que vienen de la habitación de al lado. César y Chous, cada uno sin saber que el otro era consciente de lo que oía, se extrañan hasta que se miran uno a otro con un gesto de cara que pregunta “¿Tu estás oyendo eso?” y al mismo tiempo responde “Si, claro que lo estoy oyendo”. Poco a poco se oyen de manera más fuerte hasta que Chous dice “¡¡Tira el bote guaje!!” (a un nivel adecuado para que solo se oiga en nuestra habitación). Noé todavía estaba dormido y Jaime preguntando que hora era. Nuestros vecinos de habitación estaban haciendo el calentamiento para subir al Puerto del Acebo.

Empezamos nuestro cuarto día de camino con un buen desayuno a base de Cola Cao y pinchos de pollo y lomo en el mismo bar donde habíamos cenado la noche anterior. Tras el desayuno, nos dirigimos a la ferretería de Grandas para reparar los pinchazos en las bicis de Jaime y de César. Jaime tuvo que comprar una cubierta nueva, y cambiar la cámara. Por su parte, César tuvo que comprar una llave hexagonal para poder desmontar la rueda y cambiar la cámara. La dependienta de la ferretería nos ofrecía la posibilidad de utilizar la llave hexagonal para hacer la reparación, sin coste alguno; pero decidimos comprarla por si nos hiciese falta para futuros pinchazos.
Últimos retoques en las bicis antes de salir.

Tras cambiar las ruedas e hincharlas en un taller de coches volvemos al hostal para poner las alforjas a las dos bicicletas averiadas y emprender por fin la etapa que nos llevaría a tierras gallegas.

Con todo este trajín, no salimos de Grandas hasta pasadas las once de la mañana. El tiempo, al contrario que en días anteriores había escondido el Sol tras un espeso manto de nubes grises que se irían convirtiendo en niebla a medida que ganábamos altura al subir el Puerto del Acebo. Y fue precisamente esta etapa la que nos hizo sentirnos profesionales, sentirnos como ciclistas de verdad, con una niebla que no dejaba ver a más de diez metros parecía que estábamos subiendo una de las grandes etapas alpinas del Tour de Francia. A pesar de salir agrupados, a medida que pasaban los kilómetros, cada uno de los integrantes del grupo adoptó el ritmo más cómodo para el. Esta vez no podíamos mirar atrás o adelante para ver dónde estaban los compañeros, cada uno de nosotros estaba solo con su bici pedaleando cuesta arriba rodeado de niebla. Intentábamos adivinar el recorrido de la carretera siguiendo las luces de los coches que nos adelantaban pero era inútil.

La llegada al Puerto del Acebo la recuerdo con niebla, viento y frío. Noé y César esperaron lo justo para reagrupar y hacer la típica fotografía con la señal del puerto y la altitud. Después de diez kilómetros en subida bastante intensos que nos hicieron sudar, pararse en el alto para descansar no apetecía nada a causa del frío.
El Puerto del Acebo nos supo a poco.

Desde el Puerto del Acebo, comienza una pequeña bajada de un par de kilómetros antes de entrar en la provincia de Lugo. Dos kilómetros después de esta encontramos el Alto del Acebo, ya en la provincia gallega. Desde ahí, casi sin darnos cuenta porque la inclinación de la carretera era muy cambiante comenzamos un descenso que nos llevaba hasta la localidad de Fonsagrada. A medida que descendíamos salíamos de la niebla y en algunos momentos soleados incluso teníamos calor con la chaqueta.
Abandonábamos Asturias.

El ritmo hasta Fonsagrada lo marcaron Noé y César, fugados desde poco después del Alto del Acebo y haciendo relevos, llegaron a Fonsagrada a eso de las dos de la tarde. Minutos después llegaron Jaime y Chous. Mientras los primeros esperaban tuvieron tiempo de encontrar un restaurante para comer y un taller de coches en el que también reparaban bicicletas.
Lo primero que vemos al entrar al restaurante es a la parejina que habíamos visto ya en Salas y el día anterior entrando en Grandas de Salime al atardecer. Toda una sorpresa, que no debiera serlo porque habíamos salido muy tarde por la mañana. Tras comer dejamos las bicicletas en el taller de reparación, para ajustar o cambiar la llanta trasera a la bicicleta de Chous, ajustar el cambio a la de César y el freno trasero a la de Jaime. El encargado nos pidió una hora y media, en la que dimos un paseo por Fonsagrada y tomamos un café.
El taller de Luis.

Cuando volvimos al taller solo estaba lista la bicicleta de César, y el jefe del taller insistió el ajustar la dirección de Jaime; que hasta el momento se movía de forma brusca en 3 posiciones de forma que era imposible hacer pequeñas variaciones de dirección, lo cual es peligroso cuando se rueda por caminos de piedras. Mientras tanto otro empleado del taller se encargaba de la llanta de Chous, a la que nosotros ya habíamos diagnosticado como insalvable desde primera hora del día. Tras mirar la llanta girar en vacío severos minutos, y decirle a Chous “pues va a haber que cambiarla eh”, escuchar a Chous decir “si si, pues a cambiarla...” dos o tres veces; finalmente cambiaron la llanta a la bicicleta. Mientras el empleado cambiaba la llanta, nosotros hablábamos con el dueño del taller (Luis) sobre el camino, los tramos que se podía hacer el bicicleta y los que eran convenientes hacer por carretera. Ante la cordialidad de éste, y después del buen trato que habíamos tenido por la mañana en la ferretería de Grandas de Salime; César calcula que la factura estará entorno a 20€ o 25€, y sugiere que si el importe es menor que ésta última cantidad paguemos 25€ por el buen trato que Luis nos había dado. Noé y Chous se quedan sin palabras ante esta sugerencia, se muestran cautos, con cara de tener una idea en mente pero sin decirla. Al final Chous le da la cartera a César y le dice que pague él. En la oficina del taller...

César: bueno, ¿me dices cuánto te debemos?
Luis: si, a ver...
Luis: 62€
Luis: ¿Quieres una notina?
[César piensa: ¿Qué? El precio de la llanta esta mañana en la ferretería de Grandas eran 10€. ¿Cómo puede cobrarnos 62€? Y pensar que yo estaba dispuesto a dejarle una propina...]
César: ehm, ¿62€ eh? (realmente esperando que fuese la típica broma que se hace cuando alguien presta un servicio de forma gratuita antes de decir “no hombre no, deja...”)
César: a ver un momento que igual tengo que ir a pedirles dinero a mis compañeros... (había poco más de 30€ en la cartera que utilizábamos para pagar los gastos comunes)
Luis: si, vale vale.
[Finalmente César paga con dinero que tenía en su cartera]
César: ¿me puedes dar una nota? (para justificar tal gasto ante Noé, Jaime y Chous)
Luis: si, si claro
[Luis coge un papel y escribe en el...]
Luis: ¡Toma!
[Luis entrega un trozo de papel en el que se ve escrito llanta, ajuste rueda, ajuste cambio, una llave agrupando las tres líneas y 62€ a la derecha de la llave]
César: vale, venga hasta luego.
Luis: Y acordaros, podéis coger el camino hasta la tercera vez que se cruza con la carretera, luego ya seguid por ella porque el camino está muy malo para ir en bicicleta.
César: si, gracias.
Al salir de la oficina del taller y verle la cara a César los demás preguntan que había pasado, y el los invita a adivinar la factura mientras pedalean poniéndose ya en la ruta. Tras las bromas correspondientes, y las caras de sorpresa nos ponemos de nuevo en ruta siguiendo las instrucciones de Luis (desde ese momento Luisín),

Con todos los retrasos acarreados, no teníamos claro cual era el final de nuestra etapa así que simplemente pedaleamos por la carretera buscando llegar a alguna población en un momento del día que no nos invitase a seguir el viaje.

Las subidas y las bajadas se sucedían en aquella carretera con buen firme y arcenes anchos. En una de las bajadas nos adelantaron dos motocicletas de alta cilindrada, en la siguiente subida una de ellas estaba metida debajo del guarda raíl del carril contrario y afortunadamente el conductor estaba llamando al seguro sin lesiones aparentes. Noé les pregunta si están bien, los moteros afirman y dan las gracias por preguntar, y pocos metros más adelante Chous se burla diciendo “¿tais bien? Por que sino sacamos de aquí el maletín de primeros auxilios y llevamos al herido al hospital en bicicleta...”.

En la tercera o cuarta subida, que tenía carril para vehículos lentos la pájara que César llevaba sufriendo durante toda la tarde se acentúa y se viene abajo. Posiblemente estaba pagando el esfuerzo de los kilómetros de fuga hechos por la mañana. Y es en este contexto cuando se produce la conversación estúpida de la jornada:

César: Oye, ¿habrá que parar donde termina el carril de vehículos lentos ho?
Chous: No se, ¿quies parar?
César: Buf, si si tío.
[Llegando ya al final del carril de vehículos lentos, donde la pendiente de la carretera era menor]
Chous: ¿Entos paramos no? A mi me va a venir bien también.
César: Na, tira, tira que recupero.
[Unos metros más arriba]
Chous: ¿Entonces paro o no paro?
César: Como quieras Chous.
[En el final del carril]
Chous: ¿No paramos entonces?
[César con la lengua fuera]
César: Na, si, para, para.
Chous: [risas]

Entorno a las ocho de la tarde entramos en la localidad de Cádavo y todo apunta a que ese sería nuestro punto final por hoy. Cabe destacar que la llegada a Cádavo la hicimos al sprint, no había fuerzas para subir las últimas tres colinas pero si para pegar una sprintada de muerte de camino al albergue con los consecuentes comentarios de Chous “ya se ve lo cansao que estás, en la subida de antes no pedaleabas así...”

Cuando llegamos al albergue, una peregrina que estaba allí nos dice que estaba lleno y en estos casos los peregrinos son acogidos en el polideportivo municipal. De camino al polideportivo, vemos en el centro del pueblo diversos tenderetes, juegos hinchables, puestos de tiro, coches de choque, feriantes, dos escenarios de orquestas y una caravana churrería; ¡por fin habíamos encontrado un pueblo en fiestas! En el gimnasio vemos que no hay ninguna colchoneta ni nada para hacer el suelo menos incómodo, con las mismas volvemos al albergue a buscar cartones o cualquier cosa que ablande el suelo para poder dormir. A estas alturas, los ánimos estaban por los suelos después del día que habíamos tenido; y pensar en dormir en el suelo no ayudaba precisamente.

De camino al albergue Noé recuerda que hay otro hostal, en el que preguntamos por habitaciones y nos ofertan la última, una doble por 35€. Noé le pregunta a la hostelera si es una habitación doble dónde puedan entrar cuatro personas haciendo un esfuerzo, recibiendo como respuesta “no, no, y no; ya se lo que quieres intentar pero no”. Ante la desesperación de César por intentar no dormir en el suelo, propone sortear la habitación de este modo al menos dos de nosotros dormiríamos “bien”. Al final, Jaime y Noé declinan la oferta y dejan a Chous y a César el placer de dormir en una cama.

Al entrar al hostal, nos damos cuenta de que llevamos ropa húmeda en las alforjas. Hoy no habíamos podido secarla al Sol como el día anterior. La hostelera no se mostraba tan amable como la gente que habíamos encontrado hasta ahora (incluso Luisín fue amable).

César: ¿Hay una lavadora que podamos usar?
Hostelera: No.
César: ¿Secadora?
Hostelera: No.
César: ¿No puedes poner un programa de secado en la lavadora y dejar nuestra ropa secando esta noche?
Hostelera: No, ando muy liada y no tengo tiempo para ocuparme de más cosas.
César: Bueno, solo es meter la ropa y poner el programa de secado...
Hostelera: No.
De camino a la habitación se ve un radiador en el pasillo del hostal...
César: una pregunta, si por la noche tenemos frío, ¿podemos coger ese radiador?
Hostelera: ¿de verdad crees que vais a tener frío por la noche?
César: bueno, hizo mal día...
La hostelera lo interrumpe.
Hostelera: ¿O lo que quieres es secar la ropa en el radiador?
César entiende esa pregunta como una pregunta retórica con una respuesta positiva.
César: Bueno, eso también jeje
Hostelera: Pues no, no lo podéis coger. La instalación eléctrica no aguanta tantas cosas enchufadas.
César: Vale.

Una vez en la habitación César y Chous buscan la manera de colgar la ropa húmeda, y buscando perchas en el armario encuentran un abrigo de invierno (también conocido como el abrigo de la tía Antonia) y un montón de maletas que sirven para hacer el tonto mientras se instalaban.

Antes de salir Noé llama por teléfono y pide algo de ropa de abrigo, la noche estaba nublada y bastante desagradable. No había duda alguna de que prenda debía vestir Noé esa noche. Y no lo olvidemos, eran las fiestas del pueblo.

Esta noche hicimos la primera gran cena de nuestro camino, con pulpo, calamares, lacón, croquetas, vino, chupitos de licor de café y pan mojado en Cola Cao de postre. ¿La cuenta? Menos de 40€, ¡sorprendente!

Después de cenar hacemos una vuelta de reconocimiento por la verbena. A la mínima le preguntamos a unas cadavesas por un bar o un pub para tomar algo, y nos llevan al pub del pueblo. Cuando nos dimos cuenta, estábamos en “el pub” de Cádavo, vestidos con ropa deportiva (algunas de ellas sudadas), calzando zapatillas, camiseta del Oviedo y del Sporting de Gijón y el abrigo de la tía Antonia, tomando unas cervezas entre la chavalería local que hacía gala de sus mejores prendas para la ocasión. Dicho de otra manera, había un postureo en Cádavo esa noche equiparable al que se puede encontrar en cualquier ciudad un sábado noche. A estas alturas el abrigo de la tía Antonia sobraba y ante la negativa de César, el grupo (principalmente Noé y Chous) deciden abandonar el abrigo a su suerte sobre un muro. Al terminar la cerveza fuimos directos a saldar la siguiente deuda que había en la verbena; los coches de choque. Y después a la orquesta Pays de Noia, de la que vimos el primer pase completo. En general todos nos animamos, tomamos unas copas y movimos el culucu en la primera fila de gente; pero en particular fueron, como no, Jaime y Noé los que disfrutaron de la orquesta. A las dos de la madrugada termina el primer pase de de Paris de Noia y ponemos punto final a este cuarto y agotador día.
De fiesta por Cádavo.

Solo un último apunte, la ventana de la habitación de Chous y César daba a un patio interno, típico sitio que se utiliza a modo de desagüe por la gente que está disfrutando de la fiesta local. Al dejar la ventana abierta (ciertamente la hostelera sabía que no tendríamos frío) pudieron escuchar a dos parejas de chicas ir a hacer sus necesidades a un par de metros de su ventana antes de caer dormidos. Por supuesto que se les pasó por la cabeza darles un susto, pero faltaron huevos y sobraron ganas de meterse en problemas, después de todo al día siguiente teníamos que madrugar.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Camino de Santiago III


Etapa 3 (miércoles 11 de Agosto de 2010): Pola de Allande – Grandas de Salime.

9:15 – Acabamos de despertar en el albergue y no podemos con los huevos. Al salir de la casa podemos ver un paisaje idílico, dos sierras a cada lado y un riachuelito en el medio que no pudimos ver el día anterior por llegar de noche.

Hicimos el ascenso al Puerto del Palo sin problemas aparentes, aunque creemos que nos pasó factura al final de la etapa. El descenso desde el Puerto del Palo por carretera fue una pasada, carretera de montaña, sin tráfico a penas, unas vistas de primera, tragando mosquitos, un día soleado y una sensación de bienestar, satisfacción, relax y libertad que no se sienten todos los días.

La subida al Puerto del Palo fue el menor de los males del día.

Mucho peor que el Puerto del Palo, o eso parecía fue la subida de La Mesa con un desnivel increíble en apenas 2 Km. Cuando hicimos la parada pertinente para recuperarnos de La Mesa nos encontramos a otro bicigrino que venía detrás de nosotros, por el que discutimos si era andaluz o argentino.

Jaime al final de la subida de La Mesa, Chous venía a más de 3 minutos.

Cuando ya estábamos empezando la parte final de la etapa, al comenzar el descenso al embalse de Salime, cuando creíamos que llegaríamos a nuestro destino a una hora prudente (entre las seis y las siete de la tarde), nos equivocamos en un cruce, muy mal señalizado y hacemos un descenso erróneo de más de 3 Km antes de preguntarle a una lugareña. Así que nos tocó hacer 3 Km extras en subida, aunque por fortuna el piso era de tierra y grava, por el que se podía rodar bien. A estas alturas del camino ya apreciábamos los diferentes tipos de suelos. Gracias a este error pudimos ver el embalse de Salime en dos ocasiones, y al otro lado del embalse la subida que aún nos quedaba hasta llegar a Grandas de Salime.


Tras volver a encontrar el camino, comenzamos un descenso mortal con un suelo de pizarra y otras piedras, pero principalmente trozos de pizarra suelta. Una bajada de 8 Km zigzagueando por la ladera de la montaña, en los que teníamos que hacer paradas para descansar las manos y los brazos que es donde se apoya todo el peso del cuerpo en bajada. En este momento, tras haberse quejado durante todo el día en cada subida que se nos presentaba, Chous declaraba lo siguiente “nunca pensé que iba a decir esto, pero estoy hasta los _______ bajar”.

Si bien la bajada era dura, se prestaba a hacer todo tipo de diabluras.

Durante todo el descenso podíamos ver la subida que nos esperaba a continuación para llegar a Grandas de Salime.

Cuando parece que la bajada se vuelve un poco más negociable; y el camino deja de ser una senda que desciende por la ladera de la montaña sin a penas vegetación, para convertirse en una pista que nos lleva a través de los bosques de esa ladera, Jaime raja la cubierta trasera de la bicicleta y manda parar a Chous y César que iba unos metros más adelante. Es justo al parar cuando César también oye que tiene una fuga de aire en la rueda trasera de su bicicleta, aunque por suerte este es solo un pinchazo y la cubierta no presenta desperfectos.

La cubierta de Jaime.

Parece que hoy tampoco íbamos a poder disfrutar del pueblo en el que pasamos la noche, las cosas se tuercen cada vez más y el parar a reparar los dos pinchazos nos quita casi una hora. Además la llanta de la bicicleta de César no se puede desmontar sin una llave exagonal, por lo que intentamos repararla con un parche sin desmontar la llanta. Cuando estábamos en plena reparación pasa un matrimonio con su hijo y nos dicen que podemos reparar en Grandas en la tienda de Luisin. A pesar de los dos parches en la cámara de César, el pinchazo sigue perdiendo aire poco a poco. Mientras tanto en la bicicleta de Jaime se cambia la cámara del neumático pero con la cubierta rajada no iba a llegar muy lejos antes de volver a pinchar. César y Jaime terminan el descenso de la ladera sin montarse en las bicicletas, uno por ir sin presión en la rueda y otro por miedo a pinchar otra vez. Además, hay que decir que esas dos bicicletas eran las bicicletas con las alforjas.

Reparación en la misma ruta.

Cuando tomamos la carretera que nos llevaría finalmente a Grandes pensamos en hacer unos cambios que nos permitan subir los últimos 5 Km de la etapa de la manera más cómoda posible. Así justo en la pared de la presa de Salime, mientras Chous hacía la merienda (bocadillos de jamón y queso), Jaime, Noé y César reorganizaban el convoy. La bicicleta de César podía rodar durante un tiempo sin mayores problemas porque el pinchazo reparado no perdía aire de forma severa. Así que pensamos en mover las alforjas de la bici de César a la bici de Chous, y que Chous y César subiesen cada uno en su bici o se cambiasen las bicis para que Chous no llevase más peso del que había llevado hasta ahora.

César: Chous, que prefieres, ¿alforjas o bici pinchada?
Chous: buf vaya pregunta tío...

Al final decidimos que Noé subiese con la bicicleta de César sin alforja, y con una bomba de hinchar en la mano por si necesitaba hinchar la rueda a medio camino. César subiría con la alforja que tenía su bicicleta, montada en la bicicleta de Chous. Esto permite a Chous subir sin un peso extra utilizando la bicicleta de Noé. Y Jaime subiría con su bici, con cuidado para no pinchar la cámara con nada.

Jaime es el primero que sale, a continuación salé Noé y detrás César y Chous. El ascenso a Grandas se hace mucho más largo de lo que pensábamos (y muy duro según Chous), aquí fue donde notamos el Puerto del Palo, y el palo que nos llevamos al pinchar las dos bicicletas bajando al embalse. A media subida César se va de Chous y poco más arriba se encuentra a Jaime pinchado. Noé llega al pueblo de Pepe el Ferreiro el primero, habiendo hinchado la rueda de la bici de César una vez durante la subida. A continuación llega César y ambos van a buscar alojamiento. Hoy directamente pasamos del albergue de peregrinos y vamos a buscar hostales porque nos merecemos dormir como Dios manda, sin ronquidos y sin oler los pies de nadie más que los nuestros. Preguntamos en un primer hostal en el que solo había una habitación doble.

Cuando César está reservando la habitación en el segundo (y último) hostal de Grandas, hablando con el polaco que atendía el hostal llega Chous. Al menos hoy teníamos habitación (conseguida después de preguntar en 2 sitios), para dormir los 4 en una misma habitación por 45€. En ese momento llama Jaime por teléfono y Noé va en su ayuda. Mientras tanto Chous pregunta a gente de Grandas si había tienda de bicicletas, pensando en repararlas al día siguiente por la mañana y los lugareños nos aconsejan la ferretería o el relojero. Entre tanto, César había visto entrar en Grandas de Salime a la pareja que el grupo se había encontrado a la entrada de Salas. Si, si, la pareja que todos pensamos que no llegarían lejos; o que en caso de llegar tardarían una vida entera.

Cosa de media hora más tarde, Noé vuelve a llamar diciendo que estaban a la entrada de Grandas con la bici de Jaime “parada” y que si podíamos ir Chous y yo a echarles una mano. El problema es que la rueda de atrás de Jaime estaba tan tan baja que ni siquiera podía rodar empujando. Noé y Jaime tuvieron que subir los últimos dos Km uno agarrando el manillar de la bici y el otro levantando la rueda de atrás- Además, como Noé había bajado en su bici, tenían que hacerlo y cada 10 o 20 metros echar una carrera para mover la bici de Noé. Así que César y Chous llevaron la bici de Jaime los últimos metros antes de llegar al hostal. Lo primero que dice Noé después de explicar lo que había pasado y como había que sujetar la bicicleta para que llevarla fuese lo más cómodo posible, fue “¿A qué no sabéis a quien acabo de ver pasar por aquí?” (la parejina).

Entrada triunfal de Jaime en Grandas de Salime.

Nada más llegar, una ducha y a cenar de restaurante. Para Noé cabritu con patates, para Chous y César escalopines al cabrales y para Jaime chuleta de ternera. Nos pusimos como deficientes, la verdad sea dicha; mientras pensábamos que al día siguiente había que cambiar la cámara de la bici de César y cambiar la cubierta y la cámara a la bici de Jaime. Después de cenar tomamos algo en el bar del hostal y Jaime y Noé incluso jugaron al futbolín con la chavalería local.

La cena nos alegró un amargo día.