No es lo habitual pero a veces los domingos también se ponen el traje de gala y nos alegran el final de la semana. Sale ese plan tonto, improvisado, que lo mismo te lleva a ti y a cuatro amigos a un concierto a la ciudad de al lado.
Al bajarnos del tren nos reíamos de las macabras historias que se te pueden ocurrir a raíz de la niebla que nos rodea, presente desde hace días, y que no deja ver a más de un puñado de metros. La forma de las calles se atisba siguiendo el halo de luz de las farolas, él es lo único capaz de mantener un pulso con esa humedad que se te pega en el cuerpo al caminar. De camino al concierto más discusiones, más increpadas amigables, más miradas diciendo "te voy a matar", más confusiones, más conversaciones bochornosas, más sinceridad a raudales y más cumplidos para las niñas por traernos ese poquito de gracia que le faltaba al grupo.
Alguien quiere fumar un último cigarrillo antes de entrar al concierto. En la puerta del local le damos otra vuelta de tuerca a lo bonitas que son las calles holandesas, aunque haga frío y nos quejemos, el escenario es de película. Canales, puentes, calles llenas de casas de ladrillo rojo con chimeneas humeantes, bicicletas aparcadas en todas partes, casi no hay coches... A mí me parece un parque temático. Mónica presta atención a una cascada de agua cayendo al canal - probablemente se encuentre tras las vallas que cubren una obra -, y eso le da aún más encanto a la escena. Se ven las luces de las bicicletas pasar fugazmente al otro lado del canal. Unas pisadas se nos aproximan por la derecha, pero la silueta de esa pareja de mediana edad tarda un tiempo en aparecer. En ese momento, con voz de hada consejera, Fani contaba que los momentos especiales hay que guardarlos, escribirlos en un papel y leerlos de vez en cuando para que no se olviden. Porque esos momentos no abundan, tienen que darse tres condiciones, estar en un lugar especial, con las circunstancias especiales y con la gente especial.
Somos unos privilegiados. Unos privilegiados que se han conocido de casualidad. "No cambiaríamos nuestras vidas por las de nadie", habíamos concluido mientras tomábamos unas cervezas en un bar belga al principio de la tarde, al mismo tiempo que intercambiábamos las copas: "¿Habéis probado esta?" "A mi esa me encanta pero hoy no me apetecía..." "Mira prueba esta" "Yo creo que me voy a pedir la misma eh...". Poco antes, mientras nos servían, discutíamos si el camarero le había coqueteado a una de las chicas o no.
No es fácil no acostumbrarse a lo bueno, para apreciarlo tenemos que pararnos, echar una ojeada alrededor y congelar lo que vemos. Lo familiar, lo que hacemos a diario, los planes en los que empleamos nuestro tiempo, la manera en la que vivimos dejaría boquiabierto a quien se lo contásemos.
