martes, 19 de abril de 2011

Piragüismo 3.0

El piragüismo apareció en mi vida en la primavera de 1996 o 1997, cuando algunos compañeros del colegio propusieron ir al Club Kayak Siero. Confieso que aquella vez no lo practiqué por más de tres semanas, creo que me puse enfermo o tuve algún problema de alergia que me "apartó" del deporte, sin mucho pesar por mi parte.

Años más tarde, en 2008 me quité el óxido de encima y el remo volvió a sacarme el callo en el dedo pulgar de la mano izquierda. Esa vez en la Universidad de Valladolid, el río era un poco más grande que el Nora en el que había practicado más de 10 años antes, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid... ¡Cómo olvidar al monitor! Ya llegará un texto que tengo escrito de aquellos días a las órdenes del gran Pío en las próximas entradas.

Hasta en Holanda se conoce el descenso del Sella

Ahora, tres años después llega mi tercera experiencia en el mundo del piragüismo. Una de las cosas que tenía en mente cuando llegué aquí fue volver a coger el remo. Con un 18% de la superficie del país cubierta por agua, es un buen lugar. Además lo abiertos y activos que son los holandeses hace que haya clubs o asociaciones de todo tipo entre los que están los de piragüismo y remo.

Esta vez también practico con un instructor amateur, un más bien mayor, más que amable y más que paciente, cordial, amigable, que le gusta contarte las cosas que vas viendo y hablar de diques, molinos, lagos, canales y barcos. Bob no te apura, no te mete prisas, gasta bromas y siempre tiene una sonrisa en la cara. Supongo que Manu y yo le caímos en gracia el primer día después de cenar en el club, mientras nos contaba su viaje de 1 año y una semana desde Holanda hasta Ciudad el Cabo en bicicleta.

La primera sesión fue fácil, empezamos en una piragua de kayak polo que es imposible de inestabilizar. Por cierto, la primera vez que vi el kayak polo fue en Sevilla hace un mes, no sabía ni que existía y aquí es más que popular. Bueno, estuvo bien como toma de contacto, y también para conocer a los compañeros de la asociación Levitas, compartiendo la cena con ellos después de entrenar. Desde el primer día te hacen sentir tan en casa que hasta se te hace extraño.

El segundo y tercer día ya remamos en una piragua de verdad (touring), tras sentarme en una K1 y bajarme inmediatamente al tener claro que no iba a dar más de dos paladas sin probar el agua. Aún así, con la touring me fui al agua ambas veces. El agua está un pelín fría sí, pero entrar de golpe ayuda y da más miedo la suciedad y pisar en el fondo que la temperatura. No se que me pasa, no encuentro el ritmo, en Valladolid solo me caía cuando iba sobre mi límite y por lo general me sentía cómodo en la piragua. Será que con la edad se le coge miedo al agua porque voy agarrotadísimo. Al más mínimo estímulo que me altere lo que es mirar al frente y remar me hace perder el equilibrio y noto literalmente como se me ponen los huevos de corbata. Que vergüenza para el piragüismo asturiano, ¿verdad?


Visto lo visto, hoy directamente me compré un bañador que quieras que no, cuando se moja siempre es más cómodo que los boxer y el pantalón corto. Con esto queda claro la confianza que tenía para este cuarto día, ¿no? Pues finalmente hoy, a pesar de cruzarnos con cuatro o cinco barcos que dejan el agua rizada durante un par de minutos - suficiente para poner los pelos de punta -, en nuestro camino de vuelta a las instalaciones encontré mi ritmo, el equilibrio o a mi mismo en el agua, no lo se pero por fin me sentí cómodo.

Y mañana volvemos, porque "todo buen asturiano no sabe de rendición...".

martes, 12 de abril de 2011

Mamá: "¿Estás comiendo bien?"

Con el día tan estupendo que hizo ayer, me dio por salir a correr aunque sin mucha gana. Aguanté no más de quince minutos, cuando normalmente puedo correr casi una hora. No se que pasó, tuve que parar en seco y volver caminando a casa. ¿Tendrá algo que ver el que solo haya comido un wrap de pollo comprado en una gasolinera? Ya en casa, ducha y cena, ¿cena? Frigorífico con dos cervezas, un Reb Bull, dos limones, mantequilla, queso, mermelada, mostaza y leche. A ver el congelador... ¡Premio! Un tupperware con pasta bolognesa me saca del apuro porque son las ocho, el supermercado está cerrado y aunque estuviese abierto las ganas que tengo de cocinar tienden a cero por la izquierda.

Por fin un día consigo meterme en la cama antes de medianoche, ¿y total para qué? Hasta las tres sin dormir, vueltas en la cama, un ligero dolor de cabeza como un zumbido y malestar general sin saber de que quejarme, sin molestias o dolores concretas en ninguna parte del cuerpo. ¿Qué pasa? ¿Cuánto hace que no como algo "con chicha"? Ah si, ya me acuerdo, fue el jueves. El viernes la comida en el trabajo era especialmente mala y cené en un Pizza Hut, el fin de semana en Bélgica me lo pasé a base de sándwiches, chocolate, galletas y fruta; y ayer lunes el triste wrap de pollo.

Durmiéndome a las tres a ver quien se despierta a las siete... Así que hoy a trabajar con la hora pegada al culo, sin desayunar más que un Pan au Chocolat y un zumito de naranja (pero natural eh). La comida de hoy en el trabajo merecía la pena, algo que no ocurre muy a menudo. ¿Os podéis creer que media hora después de comer una minúscula pechuga de pollo con puré de verduras y patatas desaparece el malestar? Me apetece levantarme, tontear con compañeros, hacer bromas, hablar... Y vengo a casa con una clara convicción: pegarme una cena de esas que te echan para atrás al terminar. ¡Así acaban de caer dos filetes de ternera, al queso (amago de) Cabrales con patatas fritas y me siento de p*** madre!




Reconozco que esta sensación no es nueva y ya ocurrió el año pasado, por estas mismas fechas además. Tropiezo varias veces en la misma piedra, sí. En aquella ocasión Bea ejerció de madre - amiga y me dio el toque para que volviese a mi vida organizada, cocinando, comiendo decentemente y no perdiendo los papeles para aprovechar las horas de luz. Aunque peor fue aquel domingo de barbacoa, también en Alemania, cuando me di cuenta de que llevaba sin beber un vaso de agua desde el jueves.

Pero es que llega la primavera y no quieres parar en casa, necesitas días de 28 horas, el lunes tienes tal cosa, el martes quedas con fulano, el miércoles juegas al fútbol, llegas tarde y compras cualquier basura en la estación, el jueves no tienes tiempo para cocinar y malcenas porque hay que hacer la colada y planchar. 

No es hasta que te vas de casa cuando te das cuenta de la programación completamente organizada y natural que tus padres (generalmente las madres) tienen en casa para que no nos de el bajonazo a todos porque tenemos la semana ocupada. Cuando esteis fuera y vuestro padre o madre os pregunten si estáis comiendo bien, no penséis que es pregunta comodín como las conversaciones del tiempo en el ascensor; es una pregunta de peso.

Pd: a veces hay tantas cosas que hacer que se me olvida mamá :)

viernes, 1 de abril de 2011

Sevilla tiene un color especial

¡Pues sí! ¿Quién me lo iba a decir? Me encantó Sevilla. A mí que nunca tuve una especial admiración por la idiosincrasia andaluza a pesar de tener ascendencia de la tierra. Si, la última vez que alguien me recordó que soy un intolerante fue hace cuatro días como quien dice...

La Maestranza de Sevilla al otro lado del Guadalquivir


Ingenuo de mí que pensaba que esa frase tan repetida de "Sevilla huele a azahar o a primavera" era una exageración. Pues no, no lo es. Y desde el primer minuto que empiezas a caminar lo hueles, hay naranjos por todas partes que en primavera dan un olor a la ciudad distinto a todo. Por cierto, esas naranjas se utilizan para hacer mermelada de naranja agria que gusta en el Reino Unido.

Llevaba unas semanas echando la cuenta atrás para volver a sentir lo que es estar de vacaciones, buen tiempo, gafitas de sol, cámara de fotos y a caminar. El propósito del viaje no era solo ir a Sevilla, era reencontrarse con el compadre Lapresta con todo lo que ello conlleva, que además de tratarme como un rey, hacer de guía y traductor andaluz - no andaluz, cuando le das las gracias te dice que las gracias las dejamos para los curas y los santos. Qué tío más grande mi compadre, ¡si es que es un señor! No se me olvida el café y la copa en la terraza del Hotel Doña María, casi tocando la Giralda con la mano. Ya de paso quedé con Helena, que me dio pie a recordar lo bien que lo pasamos en aquella clase del instituto (y lo mucho que nos tuvo que aguantar). No hubo más remedio que comentar también otras aventuras y desventuras de nuestro pueblín y sus diversas gentes. Cómo presta hablar con alguien después de tanto tiempo y ver que si, que eso, que se puede hablar con la otra persona casi como si no haya pasado el tiempo.


Como les dije a ambos dos cuando íbamos de camino al tablao flamenco el lunes por la noche, el centro de Sevilla parece un parque de atracciones, es como el Far West de Disney World, solo que esta vez hay gente y vidas detrás de cada pared y cada ventana. Como puntos obligados de paso me quedo con la Plaza de España que es indescriptible, la Alameda de Hércules, las callejuelas de Santa Cruz son un encanto, perderse en los jardines del Real Alcázar por un par de horas está más que justificado mientras disfrutas de la compañía o tomarse una servesita en la calle Betis depués de caminar hasta allí desde la Torre del Oro y cruzar el Guadalquivir en el puente de Isabel II para entrar en Triana. Y como no la catedral, con su Giralda y con los coches de caballos a sus pies que te hacen preguntarte donde está tu sombrero cordobés.


Aunque lo parezca, los camareros y la gente en la calle no actúan, ellos son así, a los "forasteros" nos parece estar en una película al oír sus comentarios y discusiones o ver como toman confianza y entran en detalles a la mínima, como el camarero que tras dos minutos de conversación sobre las multas de tráfico decía "hombreeee por trehsientoh euroh me voy con mi señiora y mih niñios a comer gambah a Huelva, ¿sabe uhte?", o una niña discutiendo con su hermano en la calle "mmm Pedro mira tu me ehtáh tocando musho la morá(l) hoy eh, luego no digah que no hah hesho na"

Patio andalúz

Lo de forasteros lo digo para definirme de alguna manera dentro de un entorno donde te sientes como un extranjero aunque estés en tu propio país. Alfonso, el cantaor de flamenco decía a esto que "no digan uhtedeh que zoih forahteroh viniendo de Ahturiah que de ezo nada eh", además de contarnos su visita a nuestra región de la que recordaba el arroz con leche con azúcar requemada. Alfonso, que respondía diciendo "¿yo maeztro?¿yo maeztro de qué hombre? Uhte me dirá..." cuando Lapre le pidió que nos hiciéramos una fotografía con el, empezó haciendo un programa de radio con el cual conoció a los míticos cantaores pero no se decidió a cantar hasta hace quince años. Nos decía que con el flamenco puedes estar de gira todo el año por Europa, Japón, Estados Unidos, Australia, y que los cantaores de flamenco son los artistas a nivel amateur que más viajan; pero a el lo de volar no le hace mucha gracia. No pudo contenerse las ganas de decir que no le gustan los grupos de nueva creación que se hacen llamar grupos de flamenco-pop, flamenco-rock, flamenco-fussion o flamenco lo que sea: "no oigan, ponerle uhtedeh el nombre que queráis pero ezo no eh flamenco".

Dos asturianos, un granaino y el maestro

Reconozco que también volví a España pensando en comida, ¿cómo no? Lo hicimos bien; chuletón de buey a la parrilla para empezar, y luego las tapitas en esas tascas de toda la vida donde te apuntan la cuenta con una tiza en la barra de madera, calamares, croquetas, solomillo al whisky, tortillita de camarones, piripi, mantecaitos, pringá, tortilla de papas, pescaito frito, jamón serrano ¡y olé!

Mantecaitos

Dos apuntes para no olvidar:
  • La bofetada de sevillanía que recibí el viernes de madrugada, de camino a casa al ver a un hombre tocando la guitarra con ocho o diez personas alrededor cantando, en una de esas calles estrechas y empedradas que riegan con agua por las noches, cuando yo aún no estaba inmunizado al olor del azahar y lo sentía cada vez que respiraba.
  • El olor a hierba buena y lima que venía de algún mojito al tiempo que empezaba a soñar la canción El Kilo de Orishas mientras Helena y yo esperábamos por nuestra tosta con queso provolone, salmorejo y jamón. Esa sensación es la guinda de un gran pastel que fue el lunes de terraceo, paseos, cervezas, tapas y cafés.
Ahí te dejo Sevilla, nos volveremos a ver.