Debe haber algún español o hispano en el vecindario, es lo primero que pensé cuando ayer por la noche vi que una de las redes Wi-Fi que recibía mi portatil se llamaba así.
Había comprado un módem USB de Vodafone, que no terminaba de conectar. Mañana tengo que ir a la tienda a ver si me lo ponen en funcionamiento.
Esta tarde llegué a casa y tenía que conectarme a internet si o si. ¿Qué iba a hacer sino en casa desde la siete de la tarde hasta que me durmiese aparte de mirar el catálogo de IKEA para elegir que comprar mañana?
Al final le eché un par y fui a llamar a mi vecino de enfrente para pedirle compartir su conexión de internet. Mira que hasta me daba vergüenza preguntarlo, y cuando por fin lo suelto, después de preguntar donde estában los contenedores de la basura y dos chorradas más, veo que el vecino se queda como trabado, tartamudea... Le digo que si no quiere, lo entiendo perfectamente. Y me comenta que la red que el utiliza no es suya, sino que el también la tiene re-contratada con otro vecino, que vive en el primer piso del edificio contíguo. Me indica a que botón llamar, solo llamar, porque el interfono no es un interfono, solo suena un timbre en la casa a la que se llama y el dueño o quien viva allí se asoma a la ventana para ver quien es.
Cuando llamo veo que en la etiqueta del timbre el nombre es Maartin. Ya se cuál es la red a la que voy a conectarme. Llamo, y un señor mayor se asoma en el primer piso y me pregunta que quiero. Quería hablar de su conexión de internet. Un momento, ahora bajo.
Un minuto más tarde el señor Maartin aparece por la puerta. Un hombre altísimo, con el pelo completamente canoso y ojos azules. Le explico mi situación, solo voy a estar en este apartamento dos meses (o eso espero), y mi modem USB no funciona, ¿podría conectarme a su red? Dice, con voz de fumador, que no hay problema siempre y cuando la señal llegue adecuadamente a mi casa. Me dice que antes de las ocho de la tarde se pasa por mi casa porque está esperando una llamada importante.
Entre tanto aprovecho para ir a hacer la compra, y antes de las ocho Maartin golpea mi ventana - no, yo no tengo timbre. Cuando ve mi bicicleta en el pasillo de entrada me dice que le gusta, y yo le respondo que quiero pintarla para cambiarle el color. Ya dentro de casa nos vamos a mi portátil, seleccionamos su red, la señal es alta, metemos el código y ¡ya estoy conectado!
Después, una conversación larga, de esas que parece que no van a durar nada y te quedas de pie. De todos modos tampoco tengo sillas ni nada en lo que sentarse a excepción de mi colchón en el suelo. El señor Maartin había estado trabajando de gerente de una cadena hotelera toda su vida. Es holandés, pero dejó el país cuando tenía 20 años para ir a trabajar a Suiza. Luego volvió a Holanda a trabajar dos años, y después a Portugal (Lisboa, Madeira y Azores). Con la revolución portuguesa se tuvo que marchar "forzado", para aprovechar el portugués que sabía se fue a Brasil. En este momento le ofrezco una cerveza que rechaza porque desde que hacer tres años su médico le dijo que era diabético y no bebe alcohol. Tres años atrás la hubiese aceptado gustosamente, decía.
Después de Brasil, se movió a Aruba hasta que por algún problema que no quiso explicar, fue arrestado, estuvo en prisión y perdió su permiso de trabajo allí. Yo sabía que entre las Antillas Neerlandesas y los Países Bajos no hay problemas de papeleo, porque a efectos es el mismo país, es decir que todos los ciudadanos son iguales y pueden trabajar tanto en las Antillas como en los Países Bajos. El me contaba que la gente que le hizo la puñeta eran white dutch, como él y por tanto con la misma documentación. El caso es que hasta hace cuatro años no pudo volver a las Antillas por este problema. Tras Aruba se fue a Hispanoamérica; Perú, Chile, Paraguay, Guatemala, Panamá. Cada vez que volaba desde Holanda a uno de esos países su vuelo solía tener escala en las Antillas, mientras todo el pasaje salía del avión mientras repostaba, el tenía que quedarse en la terminal del aeropuerto vigilado por guardas de seguridad. El motivo por el cual su red se llamaba Don Martin es que cuando estaba en todos esos países la gente no pronunciaba bien su nombre Maartin, y lo llamaban Don Martín. A su vuelta a los Países Bajos, pensó que sería fácil encontrar trabajo a la edad de 57 años, con toda la experiencia que tenía y hablando seis idiomas. Hizo varias entrevistas, y siempre le dijeron que lo llamarían... Los últimos años había estado trabajando para una organización de voluntariado que le permitía seguir viajando que es lo que le gustaba, aunque no recibía un sueldo real. Hasta que cierto día, ya cumplidos los 70 años la organización tuvo que prescindir de sus servicios porque ya no podía trabajar a esa edad.
Después de este repaso a su vida me pregunta si yo toco algún instrumento musical. Cuando le digo que no, me dice que es una pena porque entre el guitarrista que vive a mi lado, el pianista que vive encima de éste, el vecino de enfrente que toca la batería, y la chica que vive encima suyo que es violinista profesional; podríamos montar una orquesta.
Al final me pide solo 10€ por engancharme a su conexión durante estos dos meses, ya caminando hacia la puerta para salir a la calle se queja de haber estado con la calefacción y el agua caliente estropeados desde hace un año. Justo antes de irse me vuelve a repetir que le gusta mi bicicleta, y que hago bien guardándola dentro de casa.
Qué historia más buena. En un par de años vas a poder escribir un libro, vete pensándolo.
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