miércoles, 30 de septiembre de 2015

Le Mans, La France

La pequeña población de Le Mans, a dos horas de París, es de sobra conocida para cualquier aficionado al automovilismo.

Desde un café francés que hace esquina, frente a la Gare du Mans, espero la salida del tren a Nantes después de mi tercera visita a Le Mans. Hoy es un lunes que sabe a viernes después de haber estado trabajando los últimos cinco días. Hace sol, calorcito, el cielo está azul, no hay ni una nube y el desayuno a base de zumo de naranja, un pain au chocolate y un cortado confirman que los pequeños placeres son los que hacen de la vida algo maravilloso.


Place du 8 Mai 1945 desde la Gare du Mans.

Mi primer Le Mans, mi primera carrera de 24 horas, era también la primera carrera en la que tenía la oportunidad de trabajar con un equipo de competición profesional. Era Junio de 2012, hace solo tres años aunque parezca una eternidad.

Si un mes antes el Lola LMP2 del equipo no hubiese acabado contra las barreras de protección de Raidillon durante los entrenamientos libres de las 6 horas de Spa, no habría perdido mi virginidad profesional en la carrera de resistencia más dura del mundo.

La semana anterior a la carrera Le Mans se llena de gente. Personal de equipos, prensa, turistas... Todas las tiendas y comercios de la ciudad se engalanan para celebrar el principal evento de la localidad. No hablo sólo de los puestos y tiendas con fotos antiguas, pósters, banderas, memorabiblia varia, gorras y camisetas. También hablo de la charcutería o la óptica que decoran su estantería o escaparate con banderas de cuadros negros y blancos, y figuras de coches de competición. 

Siempre hay demasiadas cosas que preparar de cara al fin de semana, que ya comienza con los entrenamientos diurnos y nocturnos en la jornada del miércoles, como para disfrutar del ambiente local. Pero el jueves, después de las verificaciones técnicas y administrativas en la Place de la Republique, es el único momento de toda la estancia en el que uno puede recoger un saborcito del entorno que lo rodea. Las terrazas abarrotan las calles, los bares se llenan por las noches, pilotos, personal y mecánicos de distintos equipos se encuentran cenando en los restaurantes locales, uno descubre el pastis, las calles se llenan de deportivos de lujo, hace sol, calor, y parece que todo el mundo sonríe.


Legión de aficionados holandeses clamando por Yelmer Buurman.

Las 24 horas de carrera, se convierten en un día de más de 36 horas para los equipos. Sobre las nueve de la mañana comienza la sesión de Warm Up, lo que supone salir de la cama antes de las siete. Recuerdo que aquel año había llovido a cántaros la noche anterior, la pista estaba empapada y lo único que queríamos era mantener el coche en una pieza, como los mecánicos suelen decir "que vuelva con las cuatro ruedas".

A las dos y media de la tarde los coches salen de boxes para colocarse en la parrilla. La salida de la carrera es a las cuatro de la tarde, la ceremonia de salida con las banderas y los himnos de los países de los equipos participantes llenan una hora y media de tensión y emoción. Es un verdadero espectáculo estar en la recta de salida en ese momento, poder ver las gradas llenas, los helicópteros de TV sobrevolando la zona, cámaras y periodistas caminando de un lado a otro para captar declaraciones de pilotos, jefes de equipo y gente relevante, guiños a conocidos deseándoles buena suerte y unos nervios que se intentan calmar bromeando con los compañeros.


Ceremonia de salida.

La noche llega enseguida, y resulta incluso aburrida una vez que tenemos claro que podemos hacer trece vueltas con un tanque de gasolina. A diferencia de los coches de calle, nuestro coche no tenía un sensor de nivel en el depósito, sino en el colector. El colector es un acumulador que se llena continuamente desde el depósito con unas bombas de baja presión, y desde aquí con unas bombas de alta presión se alimentan los inyectores del motor. Con el sensor de nivel del colector sabemos que el depósito está seco porque el nivel del colector disminuye. La capacidad del colector es de unos cinco o seis litros, más que suficiente para cubrir una vuelta en cualquier circuito. El circuito de las 24 horas tiene catorce kilómetros de longitud, y se consumen alrededor de siete litros por vuelta. Por lo tanto, en cualquier circuito es seguro conducir hasta que la alarma del nivel del colector dispara las luces del volante, The Christmas Tree como mi ingeniero solía referirse a ella. Pero en Le Mans se puede dar el caso de que el árbol de Navidad se encienda según has pasado la entrada a boxes, y en ese caso la gasolina restante en el colector no será suficiente para traerte de vuelta.

Estimamos el consumo por vuelta a partir de los pulsos de inyección de la centralita del coche y calculamos la diferencia con respecto al volumen indicado desde el surtidor que se utiliza para repostar. Comenzamos la carrera haciendo stints de doce vueltas, algo que no había sido posible por un motivo u otro durante los entrenamientos y clasificación esa semana, pero que las matemáticas daban como algo seguro. Después de ver que en repetidas ocasiones el volumen de gasolina cargado en cada parada era menor que la capacidad total del depósito, y que la diferencia entre ambos volúmenes era mayor que los siete litros necesarios para completar una vuelta, decidimos probar suerte con las trece vueltas.

Nuestro plan de emergencia, si la alarma se disparaba antes del punto de no retorno - la segunda chicane de la recta Mulsanne -, era decirle al piloto por radio que volviese a boxes conduciendo lo más despacio posible. Fue en la curva de Arnage cuando el colector empezó a vaciarse. Por suerte ahí comenzaba la sección del circuito desde donde recibíamos telemetría, antes de perder la comunicación al entrar en Mulsanne. El minuto y medio, o quizás dos minutos que el coche tardó en llegar a boxes, a pesar de tenerlo todo comprobado una y mil veces, tuvimos que aguantar la respiración. 

Así va pasando la carrera, hasta que el coche se va fuera de pista sobre las cuatro de la mañana. El piloto consigue traerlo a boxes sin el frontal, conduciendo a oscuras - parte del circuito de las 24 horas son normalmente carreteras públicas, con poca iluminación, que se cierran al tráfico para la carrera. Tuvo que bajarse del coche, arrancar las partes rotas de fibra de carbono que colgaban y hacer una inspección visual en el punto donde se salió antes de volver a pista. Cuando el coche entra en el pit lane, la realización de televisión lo muestra en pantalla. Se hacia raro verlo sin frontal, parecía un Batmobile. En cuanto que entra en el garaje, todos los mecánicos se tiran de cabeza a él. Cada uno sabe lo que tiene que hacer y que tiene que comprobar. Suspensiones, líneas de fluido de freno, cableado eléctrico, conductos de refrigeración, sensores de velocidad... Los mensajes por radio se suceden uno tras otro, el piloto sigue dentro del cockpit disculpándose y lamentando lo ocurrido. En menos de quince minutos, que recuerdo como horas, el coche vuelve a pista para engancharse a la cola del tren que lidera el Safety Car mientras los comisarios de pista limpian el aceite de otro accidente.


Mapa del circuito permanente y la extensión para las 24 horas.

Cuando el cielo comienza a clarear por el horizonte, y vas a hacerse un café con una excusa inventada "porque ya se va haciendo de día, y todos los otros cafés que habías tomado antes eran cafés de noche", por un breve lapso de tiempo a uno le invade la sensación de que ya va quedando menos. Pero basta una rápida mirada al reloj para recordar que acabamos de pasar la mitad de la carrera. Unas horas más tarde los familiares de los pilotos, sponsors, periodistas y otros conocidos vuelven a aparecer por el garaje. No los habíamos visto desde el principio de la noche, y su vuelta, con ropa limpia sí nos indica que ya hemos entrado de lleno en la mañana. Poco tiempo después Yelmer, que pilotaba en ese momento, comunica por radio que el coche ha muerto. La carcasa del alternador se rompió al golpear algo, posiblemente un piano, llevándose por delante uno de los cables que alimentaba la batería.


Mural en la estación de tren de Le Mans.

Así terminaron mis primeras 24 horas y termino esta pequeña memoria cuando el tren se aleja de la ciudad en este soleado lunes de finales de septiembre.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Utrecht Centraal

Utrecht Centraal me vio entrar en los Países Bajos hace ya tres años. Un medio día a finales de Diciembre del 2008. Hizo Sol durante las escasas horas que el día duró.

Allí estaba yo, apoyado en una fuente apagada que había junto a unas taquillas que ya no existen. Acababa de llegar de España. Despegué de Madrid a las 6 de la mañana. Había llegado al aeropuerto en un ALSA Valladolid - Barajas, que salía a media noche, escuchando entre otras canciones del maestro Sabina 'Tan joven y tan viejo'. Antes de partir había pasado un par de días en mi piso de estudiantes de Valladolid, - ¡ay mi pisito de estudiantes! Eso da para otra historia... - después de celebrar las Fiestas de Navidad en casa de mis tíos en León. El viaje había sido estudiado y premeditado.

En la estación, en mí estación, medio cansado, medio nervioso, sorprendido por este país, con los trenes amarillos - sí, trenes amarillos -, la apariencia elegante de la gente y cualquier otra cosa que no resultase familiar esperaba a encontrarme con una chica excepcional que había conocido apenas seis meses antes en una locura de viaje estudiantil en Rumanía. De repente esa cara conocida apareció sonriendo entre el tumulto de la estación con mas trafico de pasajeros de Holanda.

Fue como un año más tarde, cuando la misma cara me volvía a encontrar, apoyado en la misma fuente, aunque esta vez no estaba tan radiante. Justo había terminado la universidad y ante mí tenia un oscuro y difícil camino que perseguía el claro objetivo de irme de España. Desde esa misma estación comenzaría el viaje a mi querida Jena, que marcó no se sí mi entrada en la adultez o el inicio de esta inquietud que me persigue desde entones.

Así es que Utrecht Centraal también es la estación de uno de los viajes de mi vida. Creo que fueron 10 horas de trenes, con cambios en Hannover, Gothenburg y otras estaciones que no recuerdo. Mientras hubo luz podía ver las casas nevadas desaparecer de forma fugaz por la ventanilla. Recuerdo esperar emocionado el cambio de frontera, que nos llevo más de dos horas porque la locomotora de la red alemana de trenes estaba averiada. Este retraso rompió todo mi viaje. Desde entonces aseguraba la ruta preguntando en la oficina de información de cada una de las estaciones donde paraba. La actividad en las estaciones de tren de la DB no se puede comparar con el uso del ferrocarril en ningún otro país que yo haya visto. El bullicio de gente subiendo y bajando de unos andenes a otros, cafeterías, librerías, tiendas, panaderías vendiendo bollos y pretzels, todos ellos envueltos en un microclima tropical que te hace olvidar el invierno del centro de Europa que espera de puertas afuera. Una imagen, de esas que se quedan grabadas en la retina como decíamos en Jena, es la ligerísima nube de polvo de nieve que los ICE levantaban al partir.
Antiguo panel de horarios (foto de www.ho0sier.com)

Desde mi regreso a los Países Bajos, Utrecht Centraal me ha visto haciendo transbordos para ir a entrevistas de trabajo, volviendo de un viaje a Copenhague con un pequeño equipo de competición - que fue de algún modo el inicio de mi actual profesión -, haciendo el walk of shame una fría mañana de febrero después de una noche de tonteo con Lisette - una de las becarias de mi trabajo - que comenzó con una cena en Amsterdam y terminó en Utrecht, en la misma estación me reunía meses más tarde con la persona que me puso en el buen camino para llegar a donde hoy me encuentro laboralmente. Como ven, está estación... ¡No! Me corrijo a mi mismo, está fea estación - aunque ahora la están renovando - ha sido un punto de inflexión en varios momentos de mi vida, y me ha regalado otro montón de recuerdos inolvidables.

Como guinda, el fin de semana pasado me despedía de esta ciudad con una doble visita el sábado y el domingo. El primero de los días acompañaba a Bonnie - ¡qué brillo tienen sus clarísimos ojos azules a la luz blanquecina de las farolas de la plaza de la gran torre! - en uno de sus días de descanso entre exámenes. Pasamos el día sin hacer nada especial, que es como mejor se pasan estos días. Dando largos paseos con algunas pausas para entrar en calor en los típicos y marrones cafés holandeses. El domingo volvía a Utrecht con la pandilla de Leiden con plan, de esos que no se ha planeado, pensando únicamente en disfrutar de la compañía con algunas cervezas, un café y un concierto.


Leiden, 22 de Noviembre 2011

lunes, 26 de enero de 2015

Una de taxis en Buenos Aires (y II)

Después de registrarnos, dejar las cosas en nuestras habitaciones y cambiarnos de ropa, nos reencontramos en el vestíbulo del hotel para ir a comer. Justo cuando salíamos hacia un restaurante próximo llegaba el resto del pasaje de nuestro vuelo. Todos juntos en dos autobuses. Un conocido, que viajaba en el mismo vuelo me dice al pasar:

- ¿Y vuestro equipaje?
- Vinimos en taxi. Ya llegamos hace un rato.
- Bien jugado. Yo es la primera carrera de estas a la que vengo. ¡Y si lo se no vengo coño!

La cena en el hotel no era gran cosa. En realidad era bastante malo. Pero con el último medio kilo de carne que había comido en el almuerzo no necesitaba más que la macedonia servida de postre. En la sala que habían habilitado a modo de comedor provisional se podía ver la amargura del pasaje. Nosotros no podíamos quejarnos. Al no tener casi obligaciones en casa, un día más de "vacaciones" a coste cero se agradece. La siesta en la piscina después de comer es algo que recordaré en los próximos tres meses de invierno que me quedan por delante en centro Europa.

Habitación con vistas a la Estación Retiro de Buenos Aires.

Tras la cena, tomando algo en el bar del hotel decidimos repetir la operación taxi para la mañana siguiente.

- Do you want to call your friend and arrange our transportation for tomorrow morning?
- Sure!
- He will make another four hundred pesos and we avoid qeueing for the check in of our luggage.


- Fernando máquina, soy César. El español de esta tarde.
- Sí, dime dime César. Ya pensaba que eras tú por el número de teléfono.
- Mañana por la mañana tenemos que volver al aeropuerto, ¿cómo lo tienes?
- ¿A qué hora?
- Para salir del hotel a las ocho menos cuarto.
- Vale, sin problema. Yo os voy a buscar. Dime el número de tu habitación por si te duermes o pasa algo hago que te llamen.
- 1916.
- Muy bien, pues a las ocho menos cuarto.
- Oye, ¿todavía estás trabajando?
- No que va tío, acabo de llegar a casa.
- Vaya, queríamos salir. Pillaremos otro taxi entonces.
- Si, mejor yo hoy ya he hecho suficiente.
- Vale, gracias.
- Venga hasta mañana.

Al final Jules y yo cogimos un taxi que otros dos huéspedes del hotel habían acabado de dejar. Le dimos nuestro destino: Mandarine Terrazas en Punta Carrasco.

Después de diez minutos hablando de cosas varias del trabajo en el asiento de atrás, nos damos cuenta de que estamos abandonando la zona más cortés de la ciudad. La distancia entre farolas cada vez es más grande. Las aceras de las calles pasan a ser pedruscos y arenales, empiezan a verse coches desguazados aparcados, grupos de gente rebuscando en la basura y el taxi gira a la derecha en una oscura calle desierta.

- Perdona, ¿a dónde vamos?
- Where the fuck are we going?
- Aquí a Punta Carrasco, dónde me han dicho. - responde el taxista con más miedo que nosotros.
- Sí, pero te habíamos dicho a las Terrazas del Mandarine o algo así.
- Mira, esta calle lleva a Punta Carrasco y yo aquí he traído gente a recitales.

El taxi parado en medio de la nada, Jules mirando hacia atrás por la luna trasera mientras el taxista me daba su teléfono móvil para buscar el destino. El lugar era el perfecto para volver al hotel hasta sin calzoncillos. Asumimos que el Mandarine Terrazas estaba cerrado, algo bastante probable en un lunes de verano, así que pedimos que nos llevase a la Plaza Serrano, que ya conocíamos de la noche anterior.

Al esperar en un semáforo para incorporarnos a la venida vi a la derecha la típica casa fantasma de El Cabo del Miedo. El taxista explicó que era un refugio de pescadores, y que en esa zona se había estrellado un avión hace unos diez años cuando se quedó sin pista para aterrizar. Ya en la avenida, dejando Punta Carrasco a nuestras espaldas un avión de LAN pasa a no más de treinta metros de altura sobre nosotros.

Plaza Serrano

Plaza Serrano presenta el mismo ambiente que la noche anterior, aunque quizás haya algo menos de gente. Varios bares y restaurantes situados alrededor de la plaza, cada uno con su terraza. Todas llenas. Buscamos una mesa y la encontramos al lado de otra donde dos chicas hablaban medio inglés y medio español. La primera hora seguimos hablando del trabajo, principalmente de lo caótico del fin de semana. Después les preguntamos a nuestras vecinas si sabían donde ir un lunes de noche. Ellas también estaban de visita. Eran mexicanas, aunque estudiaban en Texas y cruzaban todos los días la frontera para ir a clase. Su pueblo, Laredo, dividido por el Río Bravo era un pueblo fronterizo. Ellas se consideraban mexicanas, pero tenían pasaporte americano porque sus padres las habían nacido al otro lado de la frontera. Por lo que contaban la gente cruzaba libremente de un lado a otro cada día. Una imagen bastante diferente de las imágenes con la que la televisión nos ceba casi a diario. Llevaban cuatro días en Argentina, y antes habían estado en Chile. Decían que Buenos Aires les gustaba, pero Santiago es donde se quedarían si pudiesen. Estaban haciendo un estudio de las diferencias culturales en países de Sur América. Antes de acercarse a Plaza Serrano se habían encontrado inmersas en un espectáculo de percusión que se llama La Bomba del Tiempo. Demasiados melenudos, cerveza y marihuana las hicieron salirse del grupo horrorizadas decían.

Rematamos la noche en otro bar de la plaza. No recuerdo el nombre, pero creo que es el único que tiene una terraza en la azotea y está decorado con cosas dispares, como un retrete, una silla de barbero antigua, una bicicleta y otros. ¡Mojito aquí!

Se me hacía extraño que de todos los trayectos en taxi que teníamos hechos hasta el momento, en las radios de los taxis siempre sonaba música comercial. No esperaba que todos los taxistas estuviesen sintonizados a Radio Tango, pero si escuchar algo de música nacional. Y fue entonces, cuando a las cuatro de la mañana, surcando los badenes de la Avenida Santa Fe comencé a escuchar los primeros acordes de Flaca, de Calamaro. Sin dudarlo pedí que la subiese. Ventanilla abierta, brazo colgando y cantando mano a mano con "el chofer" una de las más grandes canciones del rock latino. ¡Qué despedida me brindaba Buenos Aires!

Imagen de archivo de la Avenida Santa Fe. Fuente: La Nación.

- La verdad es que tiene una voz particular. - decía el taxista cuando la canción terminaba.
- Sí... Que grande es Calamaro.

La mañana siguiente se despertó lluviosa, con gotas frías y plomizas. Todavía se podía sentir algo de bochorno, aunque no tanto como el día anterior. En frente de la puerta del hotel estaba Fernando esperándonos.

- Buenos días César. ¿Saliste ayer?
- Si, salimos.. - me interrumpe.
- ¿Follaste o no follaste?
- No, no follamos pero estuvo bien la noche. Volvimos a Plaza Serrano porque Terrazas estaba cerrado.
- ¿Ah sí? No, pues no me lo esperaba, no - respondía sorprendido.

Saliendo de la ciudad pensaba que de verdad quería aprovechar los últimos minutos con un auténtico personaje local. Salir de fiesta con este tío tiene que ser como visitar una ciudad distinta.

- ¡Ey!, conocimos ayer por la noche a dos chavalas que habían estado en algo que se llama La Bomba del Tiempo, ¿te suena?
- ¡Ay sí hombre! Claro, como no se me ocurrió decírtelo. Perdona.
- No pasa nada, si con tal de salir, nos vale todo. Dijeron que era un espectáculo de percusión o algo así.
- Sí, se celebra en una sala multiusos del gobierno que cada día se llena con una actividad. Música, teatro, conferencias. Los lunes es la Bomba del Tiempo que está buenísimo. De los mejores espectáculos de la ciudad. Pero empieza temprano eh, a las siete u ocho, una cosa así.

- ¿Cuánto tiempo llevas con el taxi?
- Ahora cuatro años. Antes trabajaba en un supermercado y tenía un chofer para el taxi. Hasta que llegó el momento en que ganaba más el chofer que yo.
- Estoy pensando en vender el departamento que tengo ahí al lado de Plaza Serrano y comprar cuatro o cinco coches con el dinero que saque. Ahí si que puedo hacer dinero.

- Oye vi en tu tarjeta que tu nombre de usuario de Skype es Mrloboo. Como el de Pulp Fiction, ¿o qué?
- Sí, me lo hice ya hace un tiempo... Bueno.

Si el viaje del día anterior les había puesto los pelos de punta a mis compañeros ingleses, esta mañana les oíamos suspirar en el asiento de atrás cuando nos incorporábamos a la autopista cruzando dos carriles y con no más de medio metro al coche de delante. La autopista estaba encharcada. El cabrón de Fernando me miraba mientras se reían.

- ¿Qué son? ¿Americanos?
- No, ingleses. Pero tu dale dale, que les gusta - le dije con un guiño.
- Vale bien.
- The worst thing is that most of them are running almost on slick tyres, you know? - oí decir a Rob en el asiento de atrás abrazado a su mochila.

- ¿Y cómo dices que se llama el pueblo ese donde se come tan bien?
- Illas.
- Ese, ese. Me estaba acordando yo ahora de aquella comida.

Choca que mientras uno piensa en cuánto le gustaría quedarse más tiempo en Buenos Aires, alguien de allí se acuerde en una calurosa y húmeda mañana de verano de sus vacaciones en mi tierra.

Al llegar a uno de los peajes que hay en la autopista que conduce al aeropuerto nos situamos detrás de una furgoneta Mercedes Benz blanca. Destartalada. Con cortinas, o cristales tintados no se, pero opaca a cualquier mirón del exterior.

- Este se va a saltar el peaje ahora ya verás.
- ¿Cómo?
- Estos son transportes ilegales. Llevan gente desde la ciudad a las regiones.
- ¿En plan pirata?
- Sí, claro. Piensa que este tío igual hace diez viajes de ida y diez de vuelta en el día de hoy. Si no paga los cuarenta o cuarenta y dos pesos a la ida y a la vuelta, mira tú lo que se ahora.

Al momento la furgoneta sale pegada al coche que la precedía. La barrera tiene algún tipo de mecanismo elástico de tal forma que vence la fuerza del vehículo y se abre en posición horizontal. Lo ví bien cuando nosotros hicimos lo mismo detrás de la furgoneta. Las caras de Rob, Lofty y Jules eran un poema.

- ¿Se ha saltado el peaje? Esto es increíble - decían entre carcajada y carcajada.
- ¿Se piensan que yo me lo salté también?
- Sí - contesté entre risas.
- No, no. Yo no me lo salté. A mi me cobran por la placa. - explicaba mirándolos por el retrovisor - Díselo tú anda.

Igualmente, ver la barrera golpear la luna del taxi y pensar que nos habíamos saltado el peaje era mejor que la verdadera historia.

- Claro que estas furgonetas no tienen seguro ni nada. Si les pasa algo los ocupantes no están cubiertos.
- También hay furgonetas así en Europa llevando gente de los países del este al centro. Y en España, me acuerdo de ver este tipo de furgoneta blanca con cortinas en la frontera con Francia, en Irún. ¿Pero no les para la policía por saltarse el peaje?
- ¿La policía? La policía aquí está comprada. Mira, esta otra sí es una furgoneta que se dedica a lo mismo pero es legal - me señalaba otra furgoneta más moderna, bien cuidad y rotulada con el nombre de una compañía de transportes.
- ¿Y por qué el dueño de esta compañía de transportes no paga a alguien para extorsionar a la furgoneta pirata?
- No lo dudes. Pero si no lo hace es porque el de esta otra furgoneta conoce a alguien más artero todavía.

Como toda historia, mi visita a Buenos Aires también tiene su final. Y termina el la misma puerta de la terminal donde el día anterior cargábamos nuestro equipaje al taxi.

- Buenos espero que se puedan ir hoy.
- La verdad que preferiríamos quedarnos. ¿Son trescientos cincuenta otra vez?
- Sí.
- Alright mate. One, two, three and four. It´s fine. - Rob contaba los billetes de cien pesos según los entregaba.
- Thank you. Gracias. Bueno César, cuídense. Que les vaya bien.
- Igualmente Fernando. Si vuelves por Asturias avisas. - Le dije dándole mi tarjeta.
- Mirar que no os dejéis nada en el auto.
- Cuando vuelva a Buenos Aires ya tengo taxi, ¿no?
- Si claro, no lo "dudés".

- Guys have a good trip! - gritaba a Jules y Lofty levantando la mano mientras se subía al taxi.

Volvieron a retrasar el vuelo ese día, aunque solo por unas horas durante las cuales Jules y yo mantuvimos la esperanza de tener otra noche en Buenos Aires. Y esta vez sí habríamos llamado a Mr Lobo para salir.