sábado, 16 de julio de 2011

Producto español

Estoy convencido de que España como marca funciona. O funcionaría si le sacásemos partido como los italianos hacen de forma natural. La unión y el orgullo que tienen por Italia - a pesar la vergüenza que pasan en estos últimos años por su primer ministro - marca la diferencia entre ellos y nosotros. Todo lo que venga del sur se vende “solo” en el norte de Europa En lugar de aprovecharlo nos limitamos a recibir aviones llenos de gente rubia y pálida en las costas del Levante.

Últimamente trato de ver un rato la televisión todos los días mientras ceno. Así puedo pillar algunas palabras en holandés leyendo los subtítulos. Un día de esta semana, mientras zapeaba, me detuve por casualidad en la BBC Two al ver algunas imágenes de España - siempre pica la curiosidad por saber que se ve desde fuera. El canal británico ofrecía un programa que constará de seis episodios en el que su presentador - Rick Stein - se mueve en su furgoneta por la geografía de nuestro país descubriendo los platos típicos de cada región.

La introducción durante los primeros minutos me pareció patética. Procesiones de Semana Santa, duelos a caballo, sevillanas, bailes en tablao flamenco, paellas en la playa y demás estereotipos. Los mismos que me hierven la sangre cuando alguien los menciona y tengo que desmentir que esas no son las labores en las que los españoles ocupan sus vidas cada día. Lo dejé unos minutos más. Le di una oportunidad, y valió la pena.

El inicio de este primer episodio fue Galicia. Metido en la cocina de un restaurante, a Stein le explicaban como hacían el cocido galego. Él comentaba que hay algo parecido en Gales, pero en ese caso lo cuecen todo junto. A diferencia del cocido galego en el que van cociendo grelos, patatas, garbanzos, cabeza y rabo de cerdo, lacón y chorizos de forma separada, aunque aprovechando el agua de todas las cocciones para recoger el sabor de todos los ingredientes. En su segunda parada, en Santiago de Compostela disfrutaba con dos jóvenes, al cargo de un pequeño bar, de la compra en el mercado del pescado. Éstos prepararon unas navajas a la plancha – que yo casi podía oler a través del televisor. Únicamente con aceite, ajo y perejil. Otra sorpresa para el inglés, que admira los platos simples. Las referencias al marisco, en especial al pulpo; y a las empanadas eran constantes en cada uno de los bares que visitaba.

Para mi sorpresa este episodio también cubría Asturias. Comenzando con una espicha en Gijón, donde además de ver como se escancia la sidra, Stein prueba la fabada, los callos, el Queso de Cabrales y el chorizo a la sidra. Hacía una visita a las cuevas de un productor de Queso de Cabrales, donde se dejan los quesos curando. Se sorprende de lo rústico del lugar, oscuro, húmedo, sin instalación de luz, todo hecho en madera como hace años. Él esperaba las baldas de acero inoxidable. En las visitas a dos restaurantes asturianos le enseñan de forma breve como se prepara, como no, la fabada. Y un plato que me encanta: la merluza a la sidra. Al ver como el cocinero prepara la salsa para la merluza, comenta que la cocina de las regiones del norte de España se ayuda mucho de las salsas para sus platos. ¡Somos unos salseros!

Algo que me chocó fue que mostrase la Semana Santa de Oviedo. Sin menospreciarla en absoluto, creo que Andalucía sería mejor escenario para esas fechas. Sentado en la escalera de la Iglesia de San Isidoro, Stein notaba la diferencia entre las ciudades italianas y las españolas por el ambiente más relajado de las nuestras. Sin carteles en cada restaurante anunciando que se sirve el mejor plato de la ciudad. Aquí no se compite - decía -, cada uno hace las cosas lo mejor que se sabe. Hay que probar varios restaurantes para encontrar la especialidad de cada uno.

Tanto en los minutos dedicados a Galicia como a Asturias me gustó el montaje de la serie, mezclando paisajes y explicaciones históricas con el verdadero objetivo de la serie, que es la gastronomía. En Santiago explicó la historia del Camino, que ha sido destino turístico desde la edad media. En la introducción de Asturias se le veía subir con la furgoneta a los Lagos de Covadonga, mientras explicaba porque ese lugar es tan especial.

Más breve fue el tiempo dedicado a Cantabria. Donde una señora le enseñaba como hacía las morcillas con arroz, cebolla, pimentón, tripas y sangre de cerdo, en su casa. El presentador lamentaba que estas costumbres se pierdan con el paso del tiempo. La última parada fue la ciudad de San Sebastián. Desde la antigüedad los pescadores vascos se reúnen de forma esporádica para cocinar e intercambiar recetas. Eran los hombres quienes cocinaban en estas reuniones, no sus mujeres que no asistían. Pues esto es algo que ha llegado hasta nuestros días, donde grupos de hombres se reúnen en locales privados para cantar, beber, cocinar y comer. Sentado a la mesa con uno de estos grupos, se explicaba la historia de las cocochas mientras los hombres entonaban canciones. Yo ya he comido cocochas alguna vez, pero no sabía que las cocochas son la garganta de las merluzas. Stein decía que tiempo atrás, los marineros comían las cocochas antes de vender el pescado, al estar dentro del cuerpo del pescado se puede quitar sin que el comprador se de cuenta.

Siento envidia al ver que este hombre - extranjero en mi país - es capaz de meterse tan a fondo en nuestra cultura. Tendrá un buen equipo detrás que le prepara las visitas y contacta con la gente que explica las tradiciones gastronómicas españolas. Pero aún así, es una pena ver que nosotros tenemos a mano todo lo que se vio en el programa y lo ignoramos inconscientemente sin explotarlo.

lunes, 11 de julio de 2011

Un año

Hoy es el último cabo de año de todo lo acontecido en mi etapa alemana. Un día imposible de olvidar. Nos acordaremos de ello toda la vida. No hay mejor droga que el fútbol para olvidarse de los problemas que tenemos en España, pero vamos a sonreír por un día cohoneh.

"Memorable, celestial, divino, eterno, INIESTA!
Al once de juego, llegó diabólico Iniesta para el remate de una vida,
el beso de la gloria, la caricia de la eternidad.
Y a Dios pongo por testigo, al mundo entero,
quiero llorar, quiero gritar, quiero abrazar a España entera
que grande es nacer español,
al fin, al fin, al fin lo conseguiremos...
España 1, serás eterno Iniesta, serás inmortal Iniesta, Holanda 0
viva, viva, viva España"



[Alfredo Martínez, Onda Cero Radio]

El Mundial de Sudáfrica 2010 fue el primero al que le saqué partido - nunca mejor dicho -. El camino hasta la final discurría paralelo al camino que me llevaría a mi final en Alemania. Donde cada partido del equipo nacional se mapeaba con fiestas, viajes y noches de fiesta que cada vez costaba más paladear por su sabor angustioso a despedida. ¡Vaya palo el primer partido! Era un día soleado y salí del trabajo más temprano de lo normal para encontrar a mi gente en la Wagnergasse. Días después vimos como ganamos a Honduras el compadre Lapresta y un servidor, en una terraza mientras decidíamos no planear nada e improvisar la noche berlinesa que nos esperaba tras el partido. De vuelta a Jena por fin recibo la camiseta que Jaime me envió desde Pola - la de Iniesta, después del tira y afloja de mis amigos por las camisetas de todos los "mega cracks" -. Empezaban los partidos de verdad, primero el temor a Portugal. Menos mal que CR no nos indigestó las costillas del Cheers aquella noche. Los nervios del partido ante Paraguay, que se complicó cosa mala. Llegué corriendo para ver la segunda parte entre amigos, Becks Lemon y una terraza llena de gente apoyando al equipo paraguayo y celebrando el fallo del penalti de Villa. Aún me acuerdo del alemán que el día antes me había dicho que nos íbamos para casa en ese partido.

Mención aparte merece el enfrentamiento contra Alemania. ¿Os acordáis del pulpo Paul? Que miedo tenía cuando supimos que nos enfrentábamos a ellos. Pero el día anterior al partido, de paseo por la montaña jenense lo vi claro, estaba confiado y seguro de que ganaríamos, ¿por qué no? ¡Cómo me gustan las sandías! Y por fin llegó la final, para mí no más tensa que el partido jugado cuatro días antes. De nuevo en el Café Rossi. Este último duelo estaba ganado desde el principio, de verdad, solo podíamos perderlo. Holanda no tiene nada aparte de Robben y Sneijder. Había visto otros dos partidos suyos y jugaban lo justo. Supieron crecerse para la ocasión, cierto, pero era cuestión de tiempo, de que surgiese la ocasión. Me sorprendí por lo que tardó en aparecer - minuto 116 -, pero no por el resultado.

Grupo de españoles se reúnen para ver la seminifinal.
Foto de archivo del periódico local de Jena.

Tras diez o quince minutos de suspiros, miradas de complicidad con los amigos sin decir nada, alivio, satisfacción y sentir como un dique aguanta alguna que otra lágrima en los ojos empezaba mi propia final. había el tiempo justo para celebrar y despedir en la terraza de Guille donde nos reunimos para tomar unas cervezas - como ya habíamos hecho para celebrar su cumpleaños y el triunfo contra Alemania -. Mensajes y llamadas a amigos y familiares. ¿Tendría que picar a los holandeses que conozco? No, seamos serios. Somos campeones del mundo y no nos hace falta aguijonear al rival. Me acuerdo en concreto de tres mensajes que recibí. Noé diciendo "En tu vida tuviste más guapu" sabiendo la camiseta que llevaba puesta. Mi primo Chele, tan conciso como claro "Acojonante". Y Pedro describiendo la locura en las calles de Madrid. Subiendo la larga calle Magdelstieg, acompañado, cuatro o cinco personas me paran para felicitarme y darme la mano. En casa ver el gol una y otra y otra y otra vez. Disfruto las narraciones de todas las emisoras de radio. ¡Qué emoción! Si me dejaba llevar podía advertir que la vista se me iba volviendo borrosa de abajo a arriba.

Las aspiraciones infinitas que me llenaban los pulmones y producían un cosquilleo en el estómago desaparecieron la mañana siguiente haciendo la maleta para dejar la ciudad que había sido mi casa durante seis meses. Ese día el dique se rompió tras el último transbordo en Dresden, por un motivo diferente. Cuando llegaba al hostal de Praga lo primero que me dijeron al hacer el registro fue Congratulations y después de pensar un par de segundos solo pude dibujar una minúscula sonrisa forzada sin separar los labios y dar las gracias.

domingo, 10 de julio de 2011

El Tour de Francia

El forastero de la programación de sobremesa. Y por ello motivo de discusiones a lo largo de tres semanas ya está aquí de nuevo. ¡Qué bonito volver a ver las auto caravanas a los lados de la carrera, las pintadas en el suelo y las banderas francesas, holandesas, vascas o españolas en manos de aficionados! Hace unos días trataba de explicar a algunos compañeros de trabajo el placer que me produce ir al sofá después de comer, encender la televisión y escuchar las voces de Perico Delgado y Carlos de Andrés comentando las etapas. Las bromas, la información de los pueblos que atraviesa la carrera, de los paisajes y los castillos a su paso, las anécdotas de Perico, mezcladas con el silbido de los helicópteros, las bocinas de los coches, los gritos y el aplaudir de la gente en cada curva. Todos esos elementos forman una dulce y cálida melodía de la que es difícil escapar. Junto con el sopor de las temperaturas del verano, mantener los ojos abiertos se te hace imposible. Poco a poco todos esos sonidos se alejan. Cada vez más lejos, cada vez se escuchan menos, poco a poco, cada vez más lejos. Con un poco de suerte si nadie cambia el canal de la televisión – cosa rara –, minutos más tarde se acercan otra vez, esta vez un poco más aprisa pero también de forma gradual. Así sales del sueño justo a tiempo para los kilómetros finales, los ataques, las neutralizaciones de las fugas y los sprints desde la cámara de meta.

Ambiente el puerto de Coto bello en la Vuelta a España 2010.


Expresiones como “parece que se está cortando el grupo en la bajada...”, “...el viento de costado ahora puede ayudar...”, “...se está guardando para el final...”, “...le ha cogido el hombre del mazo...”, “en estos momentos es cuando sientes como se te rajan los muslos...”, “...sacando fuerzas de cualquier parte...”, “...hay ser paciente y esperar el mejor momento...”, “¡Vamos! ¡Qué valiente! ¡Qué valiente Carlos ahora en solitario...!”, “...tremendo el esfuerzo de estos cuatro hombres en fuga durante tantos kilómetros...” son tan familiares que me vienen solas a la mente cuando practico cualquier deporte que requiera esfuerzo. Inconscientemente me las repito una y otra vez corriendo o pedaleando. No puedo evitar acordarme del Camino de Santiago.

El ciclismo me llegó tarde. Más tarde que el fútbol incluso. No hace ni diez años que me declaro un entusiasta del deporte de la bicicleta. Ahora pienso que me habría gustado ver los últimos Tours de Indurain con mi abuelo, que cada verano se sentaba delante del televisor de la cocina por las tardes en la casa del pueblo – también era de los de toursiesta –, pero de aquella me parecía una cosa aburrida. En estos años he pasado del más amplio desconocimiento, como era enterarme del paso de la Vuelta a Asturias por mi pueblo solo unas horas antes, a hacerme un espectador fijo cada tarde siempre que no tuviese otras obligaciones. Desplazarme para ver las etapas de montaña en la Vuelta a España y pasar el día entero con amigos esperando en la Cobertoria o San Isidro. Subir los Lagos de Covadonga horas antes de la Vuelta. E incluso ver una etapa final en los Campos Elíseos – de casualidad aprovechando unas vacaciones en París con mis padres y mi hermana.

Jaime, Noé Chous y yo en la meta de los Lagos de Covadonga.


Para mí el Tour no es solo un compañero de siesta. Es parte del verano, de mis veranos pasados. Sonido de fondo mientras estudiaba la teoría del carnet de conducir – me acuerdo de la caída de Joseba Beloki aquel año. Tema de conversación en el coche de camino a la playa o a la compra para preparar fiestes de prau o viajes. Una tarde con Charli y Costales en un bar del muro de Gijón mientras Sastre escalaba el Alpe d'Huez en solitario en 2008, tras un día de playa. Presente también en el chiringuito de Rodiles en otra ocasión, creo que con Chous, Jaime y Pedro. Aquel día ninguno de los cuatro tenía coche y a pesar del Sol en el interior cuando llegamos a la costa descubrimos el cielo con un manto gris. Pasamos el día esperando el autobús de vuelta a La Pola en el chiringuito rodeados de gente de una excursión de Valladolid que no dejaban de hablar del miedo que le tenían a las medusas.

Este es el primer año que no puedo sentarme a verlo cada tarde, aunque en la página de RTVE se puede escuchar el sonido de la retransmisión. Eso si, corro el riesgo de quedarme traspuesto en el trabajo. Así que aprovecharé los fines de semana, como ayer que fue mi primera etapa de Tour con la imagen de la televisión holandesa y las voces de Perico y Carlos a través de internet. Es también el primer año que no puedo compartir alguna de sus etapas con nadie – a ser posible con algo de arena entre los dedos de los pies –, y para eso de momento no tengo ningún apaño. 

Sirva esta entrada para mostrar la admiración por los profesionales del ciclismo. Muy a pesar de lo turbio que se está volviendo su deporte en los últimos años, cada día que se pasan en la bicicleta en la Vuelta a Mallorca, Suiza, España, Giro o Tour se merecen un aplauso tan grande como su esfuerzo porque tiene mucho mérito lo que hacen. ¡Qué grande es el ciclismo!