domingo, 10 de julio de 2011

El Tour de Francia

El forastero de la programación de sobremesa. Y por ello motivo de discusiones a lo largo de tres semanas ya está aquí de nuevo. ¡Qué bonito volver a ver las auto caravanas a los lados de la carrera, las pintadas en el suelo y las banderas francesas, holandesas, vascas o españolas en manos de aficionados! Hace unos días trataba de explicar a algunos compañeros de trabajo el placer que me produce ir al sofá después de comer, encender la televisión y escuchar las voces de Perico Delgado y Carlos de Andrés comentando las etapas. Las bromas, la información de los pueblos que atraviesa la carrera, de los paisajes y los castillos a su paso, las anécdotas de Perico, mezcladas con el silbido de los helicópteros, las bocinas de los coches, los gritos y el aplaudir de la gente en cada curva. Todos esos elementos forman una dulce y cálida melodía de la que es difícil escapar. Junto con el sopor de las temperaturas del verano, mantener los ojos abiertos se te hace imposible. Poco a poco todos esos sonidos se alejan. Cada vez más lejos, cada vez se escuchan menos, poco a poco, cada vez más lejos. Con un poco de suerte si nadie cambia el canal de la televisión – cosa rara –, minutos más tarde se acercan otra vez, esta vez un poco más aprisa pero también de forma gradual. Así sales del sueño justo a tiempo para los kilómetros finales, los ataques, las neutralizaciones de las fugas y los sprints desde la cámara de meta.

Ambiente el puerto de Coto bello en la Vuelta a España 2010.


Expresiones como “parece que se está cortando el grupo en la bajada...”, “...el viento de costado ahora puede ayudar...”, “...se está guardando para el final...”, “...le ha cogido el hombre del mazo...”, “en estos momentos es cuando sientes como se te rajan los muslos...”, “...sacando fuerzas de cualquier parte...”, “...hay ser paciente y esperar el mejor momento...”, “¡Vamos! ¡Qué valiente! ¡Qué valiente Carlos ahora en solitario...!”, “...tremendo el esfuerzo de estos cuatro hombres en fuga durante tantos kilómetros...” son tan familiares que me vienen solas a la mente cuando practico cualquier deporte que requiera esfuerzo. Inconscientemente me las repito una y otra vez corriendo o pedaleando. No puedo evitar acordarme del Camino de Santiago.

El ciclismo me llegó tarde. Más tarde que el fútbol incluso. No hace ni diez años que me declaro un entusiasta del deporte de la bicicleta. Ahora pienso que me habría gustado ver los últimos Tours de Indurain con mi abuelo, que cada verano se sentaba delante del televisor de la cocina por las tardes en la casa del pueblo – también era de los de toursiesta –, pero de aquella me parecía una cosa aburrida. En estos años he pasado del más amplio desconocimiento, como era enterarme del paso de la Vuelta a Asturias por mi pueblo solo unas horas antes, a hacerme un espectador fijo cada tarde siempre que no tuviese otras obligaciones. Desplazarme para ver las etapas de montaña en la Vuelta a España y pasar el día entero con amigos esperando en la Cobertoria o San Isidro. Subir los Lagos de Covadonga horas antes de la Vuelta. E incluso ver una etapa final en los Campos Elíseos – de casualidad aprovechando unas vacaciones en París con mis padres y mi hermana.

Jaime, Noé Chous y yo en la meta de los Lagos de Covadonga.


Para mí el Tour no es solo un compañero de siesta. Es parte del verano, de mis veranos pasados. Sonido de fondo mientras estudiaba la teoría del carnet de conducir – me acuerdo de la caída de Joseba Beloki aquel año. Tema de conversación en el coche de camino a la playa o a la compra para preparar fiestes de prau o viajes. Una tarde con Charli y Costales en un bar del muro de Gijón mientras Sastre escalaba el Alpe d'Huez en solitario en 2008, tras un día de playa. Presente también en el chiringuito de Rodiles en otra ocasión, creo que con Chous, Jaime y Pedro. Aquel día ninguno de los cuatro tenía coche y a pesar del Sol en el interior cuando llegamos a la costa descubrimos el cielo con un manto gris. Pasamos el día esperando el autobús de vuelta a La Pola en el chiringuito rodeados de gente de una excursión de Valladolid que no dejaban de hablar del miedo que le tenían a las medusas.

Este es el primer año que no puedo sentarme a verlo cada tarde, aunque en la página de RTVE se puede escuchar el sonido de la retransmisión. Eso si, corro el riesgo de quedarme traspuesto en el trabajo. Así que aprovecharé los fines de semana, como ayer que fue mi primera etapa de Tour con la imagen de la televisión holandesa y las voces de Perico y Carlos a través de internet. Es también el primer año que no puedo compartir alguna de sus etapas con nadie – a ser posible con algo de arena entre los dedos de los pies –, y para eso de momento no tengo ningún apaño. 

Sirva esta entrada para mostrar la admiración por los profesionales del ciclismo. Muy a pesar de lo turbio que se está volviendo su deporte en los últimos años, cada día que se pasan en la bicicleta en la Vuelta a Mallorca, Suiza, España, Giro o Tour se merecen un aplauso tan grande como su esfuerzo porque tiene mucho mérito lo que hacen. ¡Qué grande es el ciclismo!

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