miércoles, 20 de julio de 2011

El Asedio

Comparo la lectura a la comida. No a todos nos gustan los mismos platos, ni nos gusta de adultos lo mismo que cuando éramos niños. Desde hace unos meses quería empezar a leer y fue al regreso del fin de semana que pasé en Madrid con mis polesinos, principios de Mayo, cuando vi en una de las librerías de Barajas la última novela de Arturo Pérez-Reverte, El Asedio. Conozco a Reverte por leer su blog cada lunes al llegar a la oficina desde hace casi un año. Y aunque también vi la película del Capitán Alatriste, no leí ninguna de esas historias (aún), ni de aquella sabía nada sobre el autor.

Me llevó cosa de un mes abrir el libro por primera vez. Y es que si no leo, en parte es por la falta de tiempo. Si quiero leer tengo que reservar tiempo para dedicarlo a la lectura. A primeros de Junio, cuando fui a reunirme con los jenaers en Münster, metí el libro en la maleta por si acaso. Ahora leo en el tren casi todos los días, ya sea libro o periódico, pero aquel primer viaje en tren con el libro en las manos me sentía extraño. A mi ritmo, sin prisas, leía un párrafo, miraba el paisaje y los pueblos alemanes pasar por la ventanilla. El inicio de cualquier novela es la parte “fría”, no sabes de qué va la historia, ni tienes familiaridad con los personajes. Supongo que las primeras páginas de una novela son las más duras para el autor también, es donde tiene que lucirse y darle buen color a la historia para engancharnos cuanto antes.

En las primeras páginas de El Asedio encontramos un plano de la bahía de Cádiz y otro de la propia ciudad de Cádiz con los nombres de los lugares que serán protagonistas de la historia. ¡Qué curioso! Hasta ese momento no sabía que Cádiz se encuentra en un capricho de la naturaleza. Durante cinco semanas los personajes me acompañaron en el tren al trabajo, en algunas tardes en terrazas, en viajes, durante noches sin ganas de dormir, cafés en las mañanas de los fines de semana, tardes lluviosas de domingo en algún bar…


Tengo un recuerdo especial de la mañana del sábado en Münster. Desperté muy temprano, sobre las siete. Hacía calor y parecía que el día iba a ser soleado. Mientras mis amigos dormían a pierna suelta, cogí el libro y estuve leyendo en un banco frente a la iglesia del pueblecito de Catha. Allí, – interrumpido por las campanas de la iglesia cada cierto tiempo, viendo a los vecinos salir de sus casas a comprar, correr, pasear con los niños... – fue donde me enganché a la historia. En el tercer o cuarto capítulo, que describe como sería la mañana de un día cualquiera en el Cádiz de 1811, me vi dentro de la historia – ayudado en gran parte por los recuerdos que tengo de mi visita a Sevilla. Bueno, no me vi dentro de la historia, qué más quisiera yo que verme en esas calles, a la sombra de los balcones, oliendo las flores en las ventanas de las casas, viendo como los comerciantes abren sus tiendas y compartiendo cafés o partidas de ajedrez con alguien que bien podría ser un diputado las Cortes. Tras leer el libro se que tengo pendiente una visita a Cádiz.

Se me hace extraño cuando un personaje encuentra por primera vez a otro de los protagonistas que tú ya conoces. El autor vuelve a describir al protagonista, aunque esta vez desde el punto de vista del nuevo personaje. Eso y el transcurso del tiempo en la novela son los dos detalles que me sorprendieron en esta lectura. Comparado con una película, donde no hay descripciones porque todo lo que haya que describir se muestra en pantalla, cuando lees una novela tienes que congelar la progresión de la historia durante unos minutos mientras se presenta a un personaje, se le describe dando algún matiz de su pasado, hablando de su familia y se cuentan como las demás figuras alrededor del personaje descrito perciben a éste o ésta. En cierto momento les pones caras a los protagonistas, caras de gente que conoces y crees que pegan con sus caracteres. Y poco a poco van convirtiéndose en conocidos, hasta el punto de que al final de la novela no quieres que termine porque no encontrarás otros iguales o tan especiales.

El Cádiz de las Cortes.

El Asedio tiene infinitas referencias al mar, la navegación y terminología bélica. De hecho la Guerra de Independencia le da cuerpo a la trama. Personalmente echo en falta tener más conocimientos de esos elementos para aprovechar la novela al máximo. Me sorprendió la modernidad con la que se muestra el principio del siglo XIX, no tan diferente a nuestro días como me cabía esperar. De acuerdo que es una novela y no un libro de Historia; pero aún así me sorprenden los trajes de diseño de algunas protagonistas traídos de París o Londres, todo el comercio internacional con América y Europa que se movía en Cádiz y otras ciudades costeras. No menos curiosa es la cantidad de personajes de origen extranjero que llegaron a España como emigrantes o esclavos  ingleses, irlandeses, italianos, sudamericanos , algo que no debería ser sorprendente pero nunca me había parado a pensar. Que el inspector de policía sea capaz de hablar francés  y otros personajes también se defiendan y estudien francés e inglés, da a entender que Cádiz era uno de los puntos calientes del mundo. No esperaba una España tan avanzada hace doscientos años, lástima que en algún punto perdiésemos esa progresión.

Difícil no sentirse identificado parcialmente con el siguiente extracto:
El capitán Desfosseux reflexiona una vez más sobre los dos rasgos que considera propios de los españoles: desorden y crueldad. Los españoles le siguen pareciendo un misterio hecho de paradojas: coraje contradictorio, cobardía resignada, tenacidad inconstante. Como si estuvieran atávicamente acostumbrados al desastre y a la desconfianza en quienes los mandan, flaquean al primer choque y se derrumban como ejército organizado desde el principio de cada batalla. Mostrando después de cada derrota una extraordinaria perseverancia y facilidad para reorganizarse y volver a pelear, siempre resignados y vengativos, sin manifestar nunca humillación ni desánimo. Como si combatir, ser destrozados, huir y reagruparse para combatir y ser destrozados de nuevo, fuese lo más natural del mundo.
El Asedio, A.P-R.

sábado, 16 de julio de 2011

Producto español

Estoy convencido de que España como marca funciona. O funcionaría si le sacásemos partido como los italianos hacen de forma natural. La unión y el orgullo que tienen por Italia - a pesar la vergüenza que pasan en estos últimos años por su primer ministro - marca la diferencia entre ellos y nosotros. Todo lo que venga del sur se vende “solo” en el norte de Europa En lugar de aprovecharlo nos limitamos a recibir aviones llenos de gente rubia y pálida en las costas del Levante.

Últimamente trato de ver un rato la televisión todos los días mientras ceno. Así puedo pillar algunas palabras en holandés leyendo los subtítulos. Un día de esta semana, mientras zapeaba, me detuve por casualidad en la BBC Two al ver algunas imágenes de España - siempre pica la curiosidad por saber que se ve desde fuera. El canal británico ofrecía un programa que constará de seis episodios en el que su presentador - Rick Stein - se mueve en su furgoneta por la geografía de nuestro país descubriendo los platos típicos de cada región.

La introducción durante los primeros minutos me pareció patética. Procesiones de Semana Santa, duelos a caballo, sevillanas, bailes en tablao flamenco, paellas en la playa y demás estereotipos. Los mismos que me hierven la sangre cuando alguien los menciona y tengo que desmentir que esas no son las labores en las que los españoles ocupan sus vidas cada día. Lo dejé unos minutos más. Le di una oportunidad, y valió la pena.

El inicio de este primer episodio fue Galicia. Metido en la cocina de un restaurante, a Stein le explicaban como hacían el cocido galego. Él comentaba que hay algo parecido en Gales, pero en ese caso lo cuecen todo junto. A diferencia del cocido galego en el que van cociendo grelos, patatas, garbanzos, cabeza y rabo de cerdo, lacón y chorizos de forma separada, aunque aprovechando el agua de todas las cocciones para recoger el sabor de todos los ingredientes. En su segunda parada, en Santiago de Compostela disfrutaba con dos jóvenes, al cargo de un pequeño bar, de la compra en el mercado del pescado. Éstos prepararon unas navajas a la plancha – que yo casi podía oler a través del televisor. Únicamente con aceite, ajo y perejil. Otra sorpresa para el inglés, que admira los platos simples. Las referencias al marisco, en especial al pulpo; y a las empanadas eran constantes en cada uno de los bares que visitaba.

Para mi sorpresa este episodio también cubría Asturias. Comenzando con una espicha en Gijón, donde además de ver como se escancia la sidra, Stein prueba la fabada, los callos, el Queso de Cabrales y el chorizo a la sidra. Hacía una visita a las cuevas de un productor de Queso de Cabrales, donde se dejan los quesos curando. Se sorprende de lo rústico del lugar, oscuro, húmedo, sin instalación de luz, todo hecho en madera como hace años. Él esperaba las baldas de acero inoxidable. En las visitas a dos restaurantes asturianos le enseñan de forma breve como se prepara, como no, la fabada. Y un plato que me encanta: la merluza a la sidra. Al ver como el cocinero prepara la salsa para la merluza, comenta que la cocina de las regiones del norte de España se ayuda mucho de las salsas para sus platos. ¡Somos unos salseros!

Algo que me chocó fue que mostrase la Semana Santa de Oviedo. Sin menospreciarla en absoluto, creo que Andalucía sería mejor escenario para esas fechas. Sentado en la escalera de la Iglesia de San Isidoro, Stein notaba la diferencia entre las ciudades italianas y las españolas por el ambiente más relajado de las nuestras. Sin carteles en cada restaurante anunciando que se sirve el mejor plato de la ciudad. Aquí no se compite - decía -, cada uno hace las cosas lo mejor que se sabe. Hay que probar varios restaurantes para encontrar la especialidad de cada uno.

Tanto en los minutos dedicados a Galicia como a Asturias me gustó el montaje de la serie, mezclando paisajes y explicaciones históricas con el verdadero objetivo de la serie, que es la gastronomía. En Santiago explicó la historia del Camino, que ha sido destino turístico desde la edad media. En la introducción de Asturias se le veía subir con la furgoneta a los Lagos de Covadonga, mientras explicaba porque ese lugar es tan especial.

Más breve fue el tiempo dedicado a Cantabria. Donde una señora le enseñaba como hacía las morcillas con arroz, cebolla, pimentón, tripas y sangre de cerdo, en su casa. El presentador lamentaba que estas costumbres se pierdan con el paso del tiempo. La última parada fue la ciudad de San Sebastián. Desde la antigüedad los pescadores vascos se reúnen de forma esporádica para cocinar e intercambiar recetas. Eran los hombres quienes cocinaban en estas reuniones, no sus mujeres que no asistían. Pues esto es algo que ha llegado hasta nuestros días, donde grupos de hombres se reúnen en locales privados para cantar, beber, cocinar y comer. Sentado a la mesa con uno de estos grupos, se explicaba la historia de las cocochas mientras los hombres entonaban canciones. Yo ya he comido cocochas alguna vez, pero no sabía que las cocochas son la garganta de las merluzas. Stein decía que tiempo atrás, los marineros comían las cocochas antes de vender el pescado, al estar dentro del cuerpo del pescado se puede quitar sin que el comprador se de cuenta.

Siento envidia al ver que este hombre - extranjero en mi país - es capaz de meterse tan a fondo en nuestra cultura. Tendrá un buen equipo detrás que le prepara las visitas y contacta con la gente que explica las tradiciones gastronómicas españolas. Pero aún así, es una pena ver que nosotros tenemos a mano todo lo que se vio en el programa y lo ignoramos inconscientemente sin explotarlo.

lunes, 11 de julio de 2011

Un año

Hoy es el último cabo de año de todo lo acontecido en mi etapa alemana. Un día imposible de olvidar. Nos acordaremos de ello toda la vida. No hay mejor droga que el fútbol para olvidarse de los problemas que tenemos en España, pero vamos a sonreír por un día cohoneh.

"Memorable, celestial, divino, eterno, INIESTA!
Al once de juego, llegó diabólico Iniesta para el remate de una vida,
el beso de la gloria, la caricia de la eternidad.
Y a Dios pongo por testigo, al mundo entero,
quiero llorar, quiero gritar, quiero abrazar a España entera
que grande es nacer español,
al fin, al fin, al fin lo conseguiremos...
España 1, serás eterno Iniesta, serás inmortal Iniesta, Holanda 0
viva, viva, viva España"



[Alfredo Martínez, Onda Cero Radio]

El Mundial de Sudáfrica 2010 fue el primero al que le saqué partido - nunca mejor dicho -. El camino hasta la final discurría paralelo al camino que me llevaría a mi final en Alemania. Donde cada partido del equipo nacional se mapeaba con fiestas, viajes y noches de fiesta que cada vez costaba más paladear por su sabor angustioso a despedida. ¡Vaya palo el primer partido! Era un día soleado y salí del trabajo más temprano de lo normal para encontrar a mi gente en la Wagnergasse. Días después vimos como ganamos a Honduras el compadre Lapresta y un servidor, en una terraza mientras decidíamos no planear nada e improvisar la noche berlinesa que nos esperaba tras el partido. De vuelta a Jena por fin recibo la camiseta que Jaime me envió desde Pola - la de Iniesta, después del tira y afloja de mis amigos por las camisetas de todos los "mega cracks" -. Empezaban los partidos de verdad, primero el temor a Portugal. Menos mal que CR no nos indigestó las costillas del Cheers aquella noche. Los nervios del partido ante Paraguay, que se complicó cosa mala. Llegué corriendo para ver la segunda parte entre amigos, Becks Lemon y una terraza llena de gente apoyando al equipo paraguayo y celebrando el fallo del penalti de Villa. Aún me acuerdo del alemán que el día antes me había dicho que nos íbamos para casa en ese partido.

Mención aparte merece el enfrentamiento contra Alemania. ¿Os acordáis del pulpo Paul? Que miedo tenía cuando supimos que nos enfrentábamos a ellos. Pero el día anterior al partido, de paseo por la montaña jenense lo vi claro, estaba confiado y seguro de que ganaríamos, ¿por qué no? ¡Cómo me gustan las sandías! Y por fin llegó la final, para mí no más tensa que el partido jugado cuatro días antes. De nuevo en el Café Rossi. Este último duelo estaba ganado desde el principio, de verdad, solo podíamos perderlo. Holanda no tiene nada aparte de Robben y Sneijder. Había visto otros dos partidos suyos y jugaban lo justo. Supieron crecerse para la ocasión, cierto, pero era cuestión de tiempo, de que surgiese la ocasión. Me sorprendí por lo que tardó en aparecer - minuto 116 -, pero no por el resultado.

Grupo de españoles se reúnen para ver la seminifinal.
Foto de archivo del periódico local de Jena.

Tras diez o quince minutos de suspiros, miradas de complicidad con los amigos sin decir nada, alivio, satisfacción y sentir como un dique aguanta alguna que otra lágrima en los ojos empezaba mi propia final. había el tiempo justo para celebrar y despedir en la terraza de Guille donde nos reunimos para tomar unas cervezas - como ya habíamos hecho para celebrar su cumpleaños y el triunfo contra Alemania -. Mensajes y llamadas a amigos y familiares. ¿Tendría que picar a los holandeses que conozco? No, seamos serios. Somos campeones del mundo y no nos hace falta aguijonear al rival. Me acuerdo en concreto de tres mensajes que recibí. Noé diciendo "En tu vida tuviste más guapu" sabiendo la camiseta que llevaba puesta. Mi primo Chele, tan conciso como claro "Acojonante". Y Pedro describiendo la locura en las calles de Madrid. Subiendo la larga calle Magdelstieg, acompañado, cuatro o cinco personas me paran para felicitarme y darme la mano. En casa ver el gol una y otra y otra y otra vez. Disfruto las narraciones de todas las emisoras de radio. ¡Qué emoción! Si me dejaba llevar podía advertir que la vista se me iba volviendo borrosa de abajo a arriba.

Las aspiraciones infinitas que me llenaban los pulmones y producían un cosquilleo en el estómago desaparecieron la mañana siguiente haciendo la maleta para dejar la ciudad que había sido mi casa durante seis meses. Ese día el dique se rompió tras el último transbordo en Dresden, por un motivo diferente. Cuando llegaba al hostal de Praga lo primero que me dijeron al hacer el registro fue Congratulations y después de pensar un par de segundos solo pude dibujar una minúscula sonrisa forzada sin separar los labios y dar las gracias.